Camorra 
Italia, 2018, 70′
Dirigida por Francesco Patierno

Material encontrado

Por Federico Karstulovich

Allá lejos y hace tiempo, en la argentina alfonsinista, en los videoclubes se podía conseguir una película cuyo nombre exacto no recuerdo, pero que en su título reconocía la leyenda DROGA: UN FLAGELO DE NUESTRO TIEMPO. Si, en mayúscula e imprenta, como para que la letra con sangre entre. Con el tiempo, ese video, que presumo tenía una función didáctica, se filtró a internet. Y el mismo, como era de preverse, no hacía otra cosa más que mostrar el inevitable proceso de degradación de los adictos que retrataba. Lo impresentable de ese documental amarillista era que mezclaba con una impunidad feroz todo tipo de documentos encontrados: gente durmiendo en la calle en Bolivia, junkies en Holanda, borrachos en Pakistán. Cualquier material servía (como suele suceder con la información que tiene un fin de adoctrinamiento) para la causa. Incluso recuerdo que se proyectaba en las escuelas, con el fin de aterrorizar niños para que no nos acercáramos al mundo de esos reventados (recuerdo que una profesora se refería a ellos de esa forma). Esa clase de documentales era, si se quiere, una versión legitimada de los shockumentaries más rastreros que se habían puesto de moda en las décadas anteriores, fundamentalmente en Italia.

Una de las cosas más curiosas que me trajo a la cabeza el visionado del largometraje de Francesco Patierno fue el retorno de esa tradición poco feliz de los docu-sensacionalistas. Un segundo aspecto fue un poco más perturbador: había detrás de ellos una innegable serie de puntos de contacto con la cultura argentina. Lo que más impresiona de Camorra es cómo, mediante los recursos menos felices, mediante las estrategias que bien podrían confundirnos y llevarnos a otro terreno, termina por construir un universo voluminoso, sólido, sensible, íntimo pero a la vez público. Esto es clave, entonces: lo que se nos cuenta es la historia pública de la Camorra, pero no su costado policial. La película no busca ser la historia íntima, sino la historia audiovisual y popular de esa organización delictiva paraestatal. De hecho, si no le prestáramos demasiada atención bien podríamos confundirla con uno de esos shockumentaries de los 60s/70s pero en su versión arty. La pregunta en todo caso es otra: cómo hacer para diferenciarlos?

Yo creo que la respuesta pasa por el extrañamiento de los recursos. Todo, absolutamente todo lo que vemos en Camorra es found-footage, pero como hiciera Andrej Ujica en Autobiografía de Nicolae Ceausescu, así como conjuntamente con Harun Farocki en Videogramas de una revolución, el gran logro de Camorra es lograr acceder a esa intimidad social desde la mayor de las impersonalidades, algo propio del discurso periodístico propio de los noticieros televisivos. No deja de ser, desde esa perspectiva, un pequeño milagro lo que construye paso a paso: la película no parece necesitar dar cuenta de las mil y una tramoyas que usa la mafia para configurar un mapa del delito naturalizado, como si se tratara de un organigrama urbano del crimen. Se limita, por el contrario, a testimoniar esa para-estatalidad, esa micro-criminalidad como si fuera lo más natural del mundo. Y ahí donde los noticieros de la época (al final de cuentas son las fuentes de donde proviene el material original) señalan, marcan el punto a destacar, horrorizados por los hechos descritos, Camorra logra una cosa nueva: no construye una visión demagógica de esa micro-criminalidad pero tampoco la moraliza, sino que logra hacer que ese material, que se seguro tenía un fin original pura y exclusivamente sensacionalista, se convierta en un sismógrafo perfecto de aquella época. La distancia, por lo tanto, opera como un acto de ternura y consideración (que no condescendencia) para con esos pibes que se la pasan viviendo en la calle para hacerse de unos mangos robando, incluso lastimando a terceros.

Pero también esa distancia es un acto reflexivo con una época llena de desbordes, a la que la película se niega a caracterizar como si se tratara de uno de esos tratados rápidos propios de un estudiante de sociología de primer año. No, en la película de Patierno hay un acercamiento casi extraterrestre, distante pero afectivo a la vez, a una época en la que una organización criminal había logrado convertirse en un estado paralelo perfecto y acerado. Pero, nuevamente, quizás ese sea el menos de los aspectos a considerar en Camorra, una película personal y colectiva a la vez como pocas hayamos visto en este Bafici.

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