PostBafici2022 – Panorama de cortos

Por Varios Autores

Por Sergio Monsalve

Ida ganó el premio de mejor cortometraje en la competencia internacional de Bafici 2022. Lo obtuvo por su sensibilidad y creatividad a la hora de juntar material de archivo, para contar la historia de una muerte, según la perspectiva del director y del propio hombre en proceso de despedirse del plano terrenal. Desde “Relámpago sobre el Agua”, incluso antes, el documental sirve de registro poético para mostrar el declive de unos seres, como metáfora de la defunción del séptimo arte. Ignacio Ragone, el realizador del relato breve, descubre un material análogo al de Win Wenders con Nicolas Ray, cuando le propone a un amigo, de un taller de escritura, filmar su último viaje en el mundo, a modo de Caro Diario. Surge así una redacción audiovisual a cuatro manos, en forma de espontáneo intercambio epistolar. El género de las cartas entre grandes autores, me luce un poco agotado y narcisista, llegando a un límite difícil de alcanzar cuando Kiarostami montó su individual con Erice en el Centro Pompidou. Después todos se han colgado al colectivo, porque rinde frutos en certámenes de culto. No he visto el nuevo ensayo de Godard, pero entiendo que va por ahí. Lo que me resulta fascinante de “Ida” es la voz reflexiva y autocrítica del cineasta, que huye de la autoindulgencia y se permite una aguda toma de conciencia, que no es frecuente en mi gremio de documentalistas engreídos y falsamente modestos. Ragone reencuentra su película en un archivo que se le antoja problemático, que expone con una notable afirmación de la vida y la comunicación a distancia, que reivindica las historias intimas que merecen ser contadas y reconocidas en un Festival independiente. “Ida” pertenece a un lugar único y necesario de la creación estética del nuevo cine argentino. 

We Love Life es un terrorífico documental de archivo, que recrea el uso del deporte y de los eventos masivos en Checoslovaquia, con fines de manipulación política e ideológica. Un espejo del fascismo ordinario que nos oprime. En We Love Life se presienten los ecos de Olympia y El Triunfo de la Voluntad a través de las técnicas de manipulación que instrumentó el nazismo, a partir de la filmación intimidante de grandes concentraciones coreográficas. En mi país Venezuela suelen realizar eventos así cada cierto tiempo, con orquestas musicales reunidas en cuarteles de las fuerzas armadas, a efecto de bajarnos línea y exaltar el paradigma de un ciudadano modelo que sea solo un bloque en la pared, un tornillo del engranaje, una abeja obrera en el panal del realismo socialista del siglo XXI. Viendo “We love Life”, detecto coincidencias ingratas entre el vano ayer del comunismo de la Europa del Este y el presente distópico de los populismos en Latam. Por eso un filme imprescindible que refleja nuestro temor por la solución colectivista, en desmedro de la libertad individual, ahogada en el río mecánico de las piruetas infantilizadas, al servicio de la hipocresía de los rituales de estado. 

La verdadera historia del juego de escondidas más grande del mundo es un homenaje. De cómo los italianos celebran a la resistencia, que se escondió de los ocupantes, para lograr echarlos del país. Reza la nota de prensa que “desde hace 70 años, en Serravalle Langhe, Italia, se lleva a cabo el partido de Escondidas más grande del mundo. Todos se esconden para honrar la memoria de los partisanos que, durante la Resistencia, se vieron forzados a resguardarse en el bosque”. El corto se ubica en la geografía mediterránea, hilándose con los testimonios de los que honran el juego, como una cuestión de lúdica elaboración de la historia. Los juegos no son casuales en los países, y esconden parábolas que se nos olvidan con el ruido del odio y de las barras bravas. En mi país el béisbol se juega en todos lados, y por ello tenemos un coeficiente enorme de peloteros excelsos en grandes ligas, así como ustedes en Argentina son orgullo del fútbol para Suramérica. En ambos casos, siempre se trata más que de balompié o béisbol, de una historia secreta de nuestros países en su fase de defensa de soberanía. Igual los italianos al conmemorar su juego de las escondidas. De ahí que sea ejemplo para lo que sucede actualmente con la invasión de Ucrania. Todavía hay que resistir a las ocupaciones salvajes de los territorios que sueñan con emanciparse en paz.  

Por Amilcar Boetto

Dentro de los cortos que pude ver en BAFICI se encuentra Rosca, un cortometraje que construye  un ejercicio de tensión que va acumulándose a lo largo de su metraje para terminar en unos  últimos 5 minutos de un crescendo logrado. Es correcto pensar al corto como un ejercicio y no  mucho más que eso. Casi como si el director hubiera tenido la intensión de generar esa tensión y  no mucho más. Construye un tiempo fragmentado por unas elipsis de inentendible duración y un  espacio puesto en servicio de la tensión entre ambos vecinos y no mucho más. Es un espacio  que no se siente habitado por esos personajes (aunque tampoco hay mucho que caracterice a  esos personajes, salvo al vecino-matón-) ni se siente realmente pensado como un espacio digno  de una diégesis. Lo que termina resultando curioso de este corto es que contando con una  construcción tan torpe del espacio y del tiempo (quizás con la excepción de esos cinco minutos  finales), habiendo planos que no se entiende como quedaron en el corte final, igualmente haya  podido construir la tensión que construyo. Misterios del montaje. 

Otro corto que es un ejercicio (en este caso bastante más literalmente: los directores dijeron que  fue un ejercicio para la facultad que quedó bien y lo mandaron a BAFICI) es Los Cuadrados. Un  corto que cuenta con un chiste (básicamente uno de los protagonistas le copia la ropa, los gustos  -en particular el musical: su tema favorito, El Baile del Cuadrado que es la banda sonora  constante del corto- y los intereses al otro) que se desarrolla durante los escasos 3 minutos de  duración, pero al ser un chiste tan limitado, la narración no puede sostenerlo ni siquiera en ese  poco tiempo, por lo que el punchline final más que un punchline es una repetición del mismo  chiste del cual increíblemente ya está uno harto como espectador.  

También pude ver Casting, un corto que se propone la siempre atractiva tarea de representar el  universo de los perdedores, de los que no llegan. En este caso de los actores que no quedan en  castings. Protagonizado por una de los directores, lo que supone una declaración: sino quedo en  castings voy a digirir mi propio corto y poder explotar mi potencial actoral. Ese potencial está  ciertamente explotado tanto por ella como por la coprotagonista, su némesis idealizada. Todo  esto supone un acto de sinceridad del corto que se puede apreciar en el material. Pareciera  incluso tratarse de un autorretrato. Y ese acto de sinceridad, de auto representación, está  acompañado con una auto ridiculización que vuelve al corto muy gracioso por momentos. 

Muy alejado a la sinceridad de Casting, se encuentra La Luz que Entra, un corto cuyo juego  constante con el fuera de campo (tanto visual como narrativo) lejos de generar la suposición de  un universo del cual se representa apenas una parte, lo que genera es una sensación de que del  mundo encuadrado es muy vago para poder concentrar todo lo que ese fuera de campo supone.  Existe la idea de generar la decadencia de una actriz, pero el corto insiste en evitar mostrar su  corporalidad, cuando justamente eso nos hubiera ayudado mucho más a construir un fuera de  campo interesante, nos hubiera ayudado a pensar su vida, esos personajes de los que tanto se  queja e incluso su personalidad antes de ser devastada. 

Por último, pude ver Qué hacer con todas estas cosas, un corto sobre un joven que vuelve a  Argentina para velar a su padre y que se tiene que enfrentar con como su familia se lo está  tomando, pero más particularmente tiene que enfrentarse con cómo el mismo se lo toma y cómo  puede llegar a enfrentar un duelo que no estaba preparado para afrontar. En un principio el no  llorar y parece no estar conmovido por el asunto, por lo que es un rostro sin expresiones vagando  y contrastando con las escenas de su abuela y las entrevistas policiales (llegando a un tono  deadpan que me hizo acordar a Bill Murray). Sin embargo, sobre el final, el protagonista y el corto  se rompen en una muy bella escena que involucra a una empleada de un lavadero que es la  última apersona que vio a su padre con vida. Es algo digno de apreciar como el corto puede  abordar esos dos tonos tan distintos en tan poco tiempo de duración y hacerlos parecer el  desarrollo natural de la narración.

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