Mariana
Colombia, 2017, 64′
Dirigida por Chris Gude
Con Jorge Gaviria, Edward Duigenan, Mago Cayory, Yair Mejía, Marcos Maldonado, Efraín González

Sin nada que perder

Por Federico Karstulovich

Cuando empezaron a aparecer las primeras imágenes se me vinieron a la cabeza dos momentos: uno que conectaba con el cine del hoy casi olvidado y relegado Raya Martin -de quien en 2007 descubrí A short film about the indio nacional Autohystoria – y otro con la más reciente El auge del humano (Eduardo Williams, 2016). En ambas y en Mariana se manifestaba un problema que las hermanaba: la tendencia a trabajar el cine como misterio haciendo de la paradoja un organizador sensorial. En las tres se producía este problema que yo podría llamar abstracción materialista y que tiene que ver con un cine contemporáneo por un lado radicalmente alejado de las connotaciones fáciles (las difíciles también) a la vez que estrechamente vinculado a un mundo sensorial, erótico, táctil, en donde las imágenes son un centro material pero a la vez un centro vacío. Ese artilugio es una vía de entrada consolidada a las formas más aceptadas del cine contemporáneo en el mundo. Y es un medio que permite tener cubículos vacíos rellenables con lo que se nos plazca. No es casual que el registro formal que predomina en ellas sea el plano secuencia extendido y virtuoso.

Si, Mariana tiene una historia breve, minúscula. Y toma como punto de partida a dos hombres que se dedican al contrabando en la frontera entre Colombia y Venezuela. En sus viajes reconocemos el audio off (como un sonido radial y diegético) una serie de discursos que adquieren el rol de comentario más o menos lateral de lo que estamos mirando (a la vez que comenta lo que queda fuera de campo). No obstante esa abstracción deja paso, cerca del segundo tercio de la película, a un código que se reconoce en otra influencia visible, la de Pedro Costa, la de la descripción del mundo de los que están en la lona. Ahí la marcación actoral es deliberadamente artificiosa, la puesta aún más estática. No obstante la lectura abandona la ambigüedad del inicio para convertirse en comentario político explícito (la escena del mago y el teatro y los animales que cagan en el lugar es paradigmática)

En el último tercio los registros se mezclan. Entre el vagabundeo inicial, la descripción artificiosa de la interacción entre personajes pobres que deben sobrevivir en el día a día gracias al contrabando y el estatismo de planos fijos que construyen espacios vacíos y abstractos la película de Gude ingresa en el pantanoso ejercicio de un manierismo formal que no tiene otra cara que el de la más profunda despolitización, que es la que provee el juego de texturas de una contemporaneidad cada vez más confundida (o quizás sea agente directo de la confusión).

Hacia el final de Mariana poco importa el lugar asumido frente a los actores que pululan en imagen y sonido (fundamentalmente Chávez) sino la sustentación de una escritura ambivalente y hueca por dentro, si, pero también por fuera.

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