Last Flag Flying
EEUU, 2107, 125´
Dirigida por Richard Linklater
Con Steve Carrell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne.

El mundo real (o casi)

Por Hernán Schell

Last Flag Flying es, como varias películas de Richard Linklater, un largometraje de largas conversaciones entre personajes, ese tipo de cine que alguna vez Quentin Tarantino definió sabiamente como “hang out movies”, es decir, ese tipo de cine en donde uno parece estar “pasando un rato” con los personajes hasta sentir que se hacen amigos de uno. Por otro lado, también es, como tantas otras de Linklater, una película fuertemente marcada por lo generacional, aunque esta vez la generación no sea la juventud actual sino una que pasó el medio siglo de vida y que tuvo la desgracia de vivir el conflicto de Vietnam. Desde este punto de vista, a diferencia de películas como Rebeldes y confundidos o Boyhood, la mirada del director no sólo será melancólica sino también especialmente sombría y furiosamente (a veces demasiado furiosamente incluso, al punto tal de volver a sus personajes en ciertas escenas meros receptores de un discurso) política.

La historia de Last Flag Flying es sencilla: un ex combatiente de unos cincuenta años llamado Larry (un Steve Carrell perfecto en su sobriedad y en las antípodas de su interpretación caricaturesca de Bobby Riggs en La Batalla de los Sexos) pierde a su hijo marine en la guerra de Medio Oriente. A partir de esto decide reunirse con dos amigos que combatieron con él en Vietnam (Sal y Richard, interpretados por Cranston y Fishburne respectivamente) para que ayuden a trasladar el cadáver desde el aeropuerto hasta un lugar específico donde quiere enterrarlo.

Desde ahí se construye una suerte de road movie, en la cual, como suele suceder en estas películas, el viaje externo de los personajes termina siendo también un viaje interno de cambios personales. Sin embargo, a diferencia del común de las road movies, Last Flag Flying no quiere ser precisamente una película esperanzadora o especialmente tranquilizadora. Es una película con una cualidad rara, o mejor dicho con cierto espíritu fatalista y melancólico basado no tanto en lo que se ve sino en lo que se esconde: una de esas cosas es la guerra. En la película se habla de ella más de una vez y de todas las tragedias que la rodearon (tanto a la guerra de Vietnam como a las de Medio Oriente), no obstante la película sabiamente nunca muestra un solo flashback de la batalla o una sola foto que aluda a conflicto alguno. Más aún, en el único momento en que podría mostrar un cadáver lo deja fuera de campo. Esta reticencia, o mejor dicho este pudor hacia la figura de la tragedia tiene un efecto raro: en vez de producir un efecto de alivio produce una mayor sensación de melancolía y hasta ocasionalmente angustia, como si la figura trágica de la guerra tuviera más peso por su ausencia. Pero hay otra cosa que más que hace a la película de Linklater más melancólica y desesperada: su propia reflexión sobre la necesidad de la mentira.

Esto ocurre en uno de los momentos más emocionales de toda la película. Se trata de una escena en la cual los tres protagonistas, convencidos de que decir la verdad es la salida lógica para todas las cosas, deciden ir a contarle a una madre que su hijo muerto en Vietnam falleció accidentalmente a causa de que una negligencia de los tres. Cuando ellos entran en la casa se encuentran con una mujer mayor que durante toda su vida creyó que su hijo había sido un héroe. Ante esa situación ninguno de los tres puede hacer otra cosa que seguir construyéndole la ilusión que hace feliz a la señora. Escenas después, dos de estos mismos ex soldados, que durante toda la película habían despreciado cuanto rango militar había en la película (y que además despotricaron varias veces contra la política internacional de su país y el ejército), terminarán vestidos de militares para despedir en el funeral al hijo de Larry, llevando a cabo de nuevo una puesta escena y una mentira para poder tranquilizar un poco la angustia.

En medio de toda esta tristeza hay, sin embargo, cierta luminosidad. La misma consiste en la posibilidad de encontrar en conversaciones banales (sobre celulares, sobre la bebida, sobre anécdotas graciosas del pasado) la posibilidad de un momento agradable, un remanso, una meseta. Son varias las escenas así en la película de Linklater, y saben irrumpir en la película de manera inesperada, pudiendo hacer que aparezca el humor segundos después de que hayamos escuchado algún relato tristísimo (los cambios de registro abrupto en Last Flag Flying son de un virtuosismo tan discreto como admirable). Son momentos además que nos parecen decir que frente a un pasado traumático y un futuro no muy auspicioso, puede existir sin embargo un presente en el que aún puede encontrarse vitalidad y un genuino momento de placer. El resto, si, será material para la melancolía y la expresión de un cine tan relajado en su tono como brutalmente político en su contenido.

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