Baronesa
Brasil, 2017, 71′
Dirigida por Juliana Antunes
Con Andreia Pereira De Sousa, Leid Ferreira, Felipe Rangel

El reino de los cielos no existe

Por Federico Karstulovich

Filmar y explotar (a quien fuera, pero especialmente a los pobres, porque en ese juego de registro se juega una ética mayor, ya que el amparo moral suele flexibilizar la tolerancia de los espectadores ante los horrores, y la corrección política y el morbo a veces conviven demasiado cómodamente) son actividades muy cercanas. Lo sabían los neorrealistas, lo sabían los primeros documentalistas sociales de la historia, lo supieron los inglesitos del free cinema  y los directores latinoamericanos no quedan fuera.

En Agarrando pueblo (Luis Ospina y Carlos Mayolo, 1978), acaso la película con la visión más clara, contundente y explícita sobre la pornomiseria y el cine latinoamericano, este problema se resolvía desde el costado mockumentary. Es una opción. En la saga de películas de Pedro Costa sobre Fontainhas (OssosLa habitación de VandaJuventud en Marcha Cavalho Dineiro) la alternativa era otra: exacerbar tanto los registros contradictorios (un gran nivel de estilización con una cruda realidad, sostenidos actoralmente desde la más extrema parquedad, casi bressoniana) generaba un resultado fantasmagórico, que a la vez podía permitirse mostrar sin explotar, conmover sin buscar la empatía fácil.

En definitiva, los recursos están siempre. La pregunta es si hay trabajo detrás para encontrarlos o no.

La ópera prima de Juliana Antunes se encuentra a mitad de camino en cuanto a pensar en esos recursos para no caer en los lugares comunes de la pornomiseria a la hora de narrar la vida de unos personajes (y de una en particular) en el contexto de vida en una favela particularmente violenta. Cuando la directora elige como criterio como dejar los horrores fuera de campo es cuando la película se impone a su realidad circundante y puede posicionarse encima de ella, haciendo que sus personajes sean luminosos y tristes a la vez, pero nunca abandonados. En esos momentos sobrevuela una extraña mezcla entre el cine de Costa y el registro neorrealista más tradicional, cuando confía en los cuerpos, en los modos de registrarlos en su cotidianeidad, cuando da a los personajes el espacio para respirar incluso el mismo aire de un infierno cercano pero sin por ello condenarlos (la película no naturaliza pero si muestra la habitualidad de un contexto en donde las drogas, el uso de armas, las violaciones, los asesinatos, la violencia como moneda corriente y la pobreza constante como único horizonte de posibilidad son moneda corriente).

El mayor problema de Baronesa aparece cuando la directora deja hablar a sus personajes, por momentos demasiado explicativos de sus propios contextos de situación. Sin ir más lejos, el artificio de una posible intervención o estímulo de esas “confesiones” demasiado útiles para informar al espectador se da en paralelo al uso del corte en plano como sistema de captura. El abandono del plano fijo sustituido por el insert o el contraplano en medio de una confesión resulta la evidencia manifiesta. Ya no del artificio (como en Costa) sino de la pretensión de transparencia (como en los documentales televisivos que muestran el plano y contraoplano del entrevistador y el entrevistado viéndose por primera vez…pero con la cámara esperando al primero en el interior de la casa).

En esa oscilación radican los mayores logros y problemas de una película cuyos personajes iluminan todo lo iluminable (afortunadamente la película no es un panegírico de la pobreza, sino de la necesidad de poder cambiar de vida hacia un lugar más tranquilo, vivible y menos violento para uno y su familia), pero a la que las cosas que muestra quizás le queden un poco chicas, precisamente por la limitación ética del fuera de campo como sistema compositivo. Son riesgos posibles. Y la película los asume

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