Vendrán lluvias suaves
Argentina, 2018, 81′
Dirigida por Iván Fund.
Con Alma Bozzo Kloster, Simona Sieben, Florencia Canavesio, Emilia Izaguirre y Massimo Canavesio.

Donde viven los monstruos (III)

Por Federico Karstulovich

Inicialmente iba a formar parte de una serie de diarios sobre las películas de la competencia argentina que me tocó ver en Mar del Plata como jurado de Fipresci en el año que corre. Por una diversidad de motivos la escritura se fue estirando y sobrevino el estreno comercial de la película en cuestión de la que a mi modesto entender terminó siendo lo más interesante de la competencia argentina. Creo que en todo caso sus modestas aspiraciones se contraponen a sus logros determinantes, ya que hablamos de una película que con lo justo y necesario, apelando a una economía de recursos superlativa pero a su vez jugando todas sus cartas en el marco de la ambigüedad de la mejor clase B logra un híbrido entre las formas de cierto nuevo cine argentino a la vez que habilita una lectura desde los códigos de los géneros que en general el cine local no siempre sabe aprovechar. Ahí hay que tomarse el tiempo de repasar la filmografía del director, Iván Fund, quien en sus largometrajes mas recientes ha sabido ir delineando un estilo detrás de la oscilación entre el registro cuasi-documental y el orden de la ficción más plena de los géneros, que en este caso incluyen la aventura, el fantástico y hasta cierto punto algo del orden del terror.

Uno de los aspectos mas interesantes de la película de Fund es el modo en el que logra articular los dos registros, habilitando de esta manera una doble lectura. O la versión bucólica y figurativa de un grupo de niños aprovechando la hora de la siesta, jugando a las aventuras en un pueblo quieto, detenido, en el que nada hay que hacer mas que lograr que el tiempo pase, que las horas lleguen y que los adultos finalmente despierten y vuelvan a sus tareas habituales. O la versión en clave terrorífica, en donde un pueblo ha sido afectado por una clase de ataque que mantiene a los adultos en estado de sueño y en donde los niños deben sobrevivir sin la presencia (al menos productiva, ya que los adultos no están muertos, sino dormidos) de los primeros. De ahí que esta combinatoria saque lo mejor de cada uno de esos mundos: hay, en los recorridos por el espacio, en la búsqueda de supervivencia mediada por el juego, una vitalidad que el cine argentino pocas veces se permite y que menos que menos ofrece con niños de por medio, en general utilizados en función del mundo adulto. Aquí los niños no solo protagonizan, sino que piensan, deciden, actúan, se emocionan, corren, juegan. Esa libertad es la que permite que la película pendule entre los momentos de goce y los que nos introducen a un costado mas perturbador y claramente mas difícil de tolerar, que es el que tiene que ver con el mundo de la orfandad, del abandono, del final del juego y de la entrada dolorosa el mundo adulto en el que nadie te cuida. Es funcional, en el sentido de la oscilación de los registros, el modo en el que la película propone registrar la cotidianeidad suspendida. De ahí que el plano fijo de unos platos usados sin levantar sobre una mesa de cocina sea algo mas que un plano costumbrista. Quizás en esa capacidad de encontrar siempre una segunda posibilidad, un retorno al plano como si en el fondo nunca se mostrara solamente eso que vemos sea uno de los aspectos más fascinantes de una película que no se propone un horizonte formalista, pero que es plenamente consciente de sus recursos.

Hacia el final es factible que el costado mas genérico termine por imponerse (aunque siempre cuestionado el orden de la mirada y quien mira, ojo: siempre el registro de lo extraordinario en la película está dado por la intermediación de reflejos previos, como si la misma película nos recordara que nada de lo que nos muestra pretende ser lo real, sino que siempre media alguien o algo que percibe), y por eso la aparición de cierto ser extraño -si bien es funcional a las necesidades dramáticas de los niños angustiados por la situación hasta ese momento- parece hacer ruido, como si en el fondo la película optara por dejar de lado su capacidad de construir ambigüedad y eligiera una resolución casi mística (que recuerda a El Abismo, de James Cameron, película con la que tiene mas de un punto de contacto). Es en ese momento, el del quiebre, el de la aparición de lo sobrenatural, que la película opta por un camino sin retorno, que marca algo que podría ser irreversible como lectura. No obstante la sorpresa no se queda ahí, sino que sobreviene con el plano final, que en alguna medida parece invertir algo de lo que veníamos viendo previamente. Y a partir de cuya introducción se nos obliga a repensar todo el esquema de opciones de interpretación: los niños han crecido? estamos frente a un sueño colectivo?

El final abierto de Vendrán lluvias suaves, asi y todo, recupera algo de ese espíritu bucólico inicial, ese aire de cuento de provincia a la hora de dormir la siesta. Y logra, con muy poco, reestablecerse con respecto al punto al que se nos había llevado acaso tentada por las maneras de los géneros. El cine argentino, con marchas y contramarchas, con errores y aciertos, viene intentando cada vez mas y mejor un acercamiento pleno a los géneros pero frente a los cuales ha encontrado la manera de pararse con identidad. Es un hecho mas que bienvenido. En un festival. Y en las salas comerciales.

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