Liberté 
Francia, 2019, 133′
Dirigida por Albert Serra
Con Helmut Berger,  Marc Susini,  Baptiste Pinteaux,  Iliana Zabeth,  Lluís Serrat, Laura Poulvet,  Théodora Marcadé,  Catalin Jugravu,  Francesc Daranas, Xavier Pérez,  Alexander García Düttmann,  Montse Triola,  Safira Robens

El Rey Sol

Por Sebastián Rosal

Filólogo de profesión, arrogante por vocación, ninguna empresa parece quedarle chica al catalán Albert Serra: del Quijote a los Reyes Magos, de Casanova y Drácula a Luis XIV y el Marqués de Sade, su cine de yelmos y banquetes, de cucharitas, miriñaques y pelucas empolvadas, sobrevolado por una discreta añoranza monárquica, viene haciendo bulla desde hace poco más de una década. El hombre, también, tiene lengua filosa y sabe cómo ejercitarla en cada entrevista que concede. Se ha ganado una fama múltiple, ambigua: puede ser tanto el enfant terrible obsesivo y perfeccionista, el artista supremo e intransigente, como el impostor que supo, como pocos (tal vez como nadie) montarse en beneficio propio sobre esa ola difusa pero perpetuamente mentada del “cine de festivales”, una entelequia que nadie puede definir con precisión pero que sin embargo está allí, como la bruma, como el paso fugaz de la noche al día. 

En su última provocación, Serra se instala en el bosque y en la noche y vuelve a su amado siglo XVIII para seguir a un grupo de libertinos entregados a sus apetitos sexuales, corte sin rey a la cabeza, nobles de una aristocracia encendida y pavorosa, fantasmal. Sodomía, masoquismo, lluvias doradas y baños de esperma desfilan, sin agotar la lista. Barroca y arbitraria, confusa adrede, el deseo es un conejo inasible que circula ligero y azorado, aquí y allá. Canto a la noche improductiva, hay algo de desesperación en la urgencia de cada coito, en los latigazos, en el humor corrosivo que cada tanto asoma entre los pantalones caídos y las faldas alzadas –el recordatorio de que el sexo, en cualquiera de sus formas, puede adquirir una connotación metafísica porque antes supo sumergirse en el fangal del ridículo. 

Liberté no celebra los cuerpos en su desnudez: los muestra y los escamotea, los arrebata, los acumula, los solapa. Su verdadero erotismo, su erotismo sórdido y desesperado se asienta en la negrura del bosque, en el fuera de campo amenazante, en la mirada ignota oculta tras los árboles. Ese bosque bien puede ser el cine, y la ensoñación de los nobles la del espectador impávido frente a una pantalla que le devuelve en la penumbra su imagen, impasible. Hasta que llega el día y el mundo, el fatigado mundo, retoma su curso.

El trueno y el viento final, la luz del alba, anuncian el triunfo del catalán, Rey Sol que empuña una cámara y ordena pleitesía. Su talento, que ha sabido dar gemas como Honor de cavalleria y El cant dels ocells, es al mismo tiempo el signo de su potencia y, aventuro, la señal que indica la acechanza de un límite. Tarea encomiable, irrenunciable, vana: no hay fuerza humana que pueda transitar el ríspido camino de la obra maestra infinita.

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