Black Magic for White Boys 
EE.UU., 2017, 82′
Dirigida por Onur Tukel
Con Franck Raharinosy,  Ronald Guttman,  Onur Tukel,  Annie McCain Engman, Charlie LaRose,  Jamie Block

Lo peor está por venir

Por Rodolfo Weisskirch

Hagamos un ejercicio útil. Imaginen una película con la estética de las comedias de Woody Allen de los años 80/90. A eso súmenle el humor ácido de Seth McFarlane. Por último, agreguen un protagonista que parece una mezcla de Matt Groening y el Adam Sandler de los 90, también. Sería esa una buena aproximación al cine de Onur Tukel.

Alejado del glamour intelectual y bohemio de Manhattan, Tukel apunta a diagramar un universo artístico intelectual under, pero deprimente, reflejo de los sectores olvidados por el gobierno de Trump. Pero mucho más específicamente por la alcaldía de Nueva York. Tukel intenta mostrar al ciudadano de clase media trabajadora neoyorkina, plagado de contradicciones ideológicas y sin romanticismo alguno detrás de sus actos. 

El contraste de clases -en su forma más absurda y grotesca-, situaciones llevadas al límite de lo fantástico y un cinismo no apto para aquellos que no saben leer una crítica entre líneas es lo que propone Tukel en su cine. Ya lo había hecho con la maravillosa Catfight, que se puede apreciar en Netflix, donde en el marco de una guerra ficticia en medio oriente, dos mujeres, ex pareja del secundario, llevan una pelea demasiado lejos. 

Más allá del absurdo de las situaciones de partida de sus películas, a Tukel le gusta demostrar la hipocresía de las diversas clases y micromundos que habitan en la sociedad estadounidense. Al mismo tiempo lo hace sin distinciones, de forma homogénea, sin temor a caer en la incorrección política. Más bien por el contrario, lo que hace es salir en búsqueda de la provocación de manera pretenciosa y transparente, pero sin caer en el discurso solemne. En su cine toda ironía es una herramienta para llevar al humor y a sus patéticos personajes – a los que finalmente uno termina por tomarles cariño- hasta el ridículo. Sin concesiones, como si su amoralidad le permitiera ser equidistante y destructivo con todos por igual. Por izquierda y por derecha. Por arriba y por abajo.

Black Magic for White Boys tiene una estructura coral, pero a su vez conectada. Maneja tres conflictos: por un lado la historia de Oscar -interpretado por el mismísimo Tukel- un hombre que heredó una fortuna en inmuebles y vive sin trabajar, que desea tener una relación estable, pero sin hijos; por otro, está Jamie, amigo de Oscar, un agente inmobiliario (muy parecido al diputado Fernando Iglesias) que desea comprar el terreno de un edificio para tirarlo abajo, y para eso tiene que echar a todos sus habitantes, la mayoría latinos y afroamericanos; la tercera historia que en cierta forma engloba también a las anteriores es la de Larry, un mago francés que tiene un espectáculo en un teatro tullido del Soho. Como su compañía se viene abajo, Larry apela a un conjuro que hace desaparecer realmente a las personas del escenario (al mejor estilo Meliés, Tukel apela al plano fijo y el corte directo para generar el truco, lo que le da al film un toque artesanal y simpático)

Las tres tramas confluyen y se van narrando casi paralelamente para desnudar con mucho humor negro, la discriminación, las mentiras y la maldad que esconde el discurso y la política de Trump. Al igual que Allen, Tukel apela a la fantasía para generar una crítica social, pero con mayor incorrección política en relación a la época en la que se contextializan sus films. De hecho el único personaje con conciencia moral es un dealer que vende drogas y pastillas para todo. El “problema” es convencerlo de que se va a usar esa droga para un buen propósito. Sin demasiadas ambiciones, el guión de Tukel tiene giros imprevistos. Los personajes a primera vista más inmorales terminan reflexionando acerca de sus actos y modificando sus actitudes, mientras que los más moralistas terminan son aquellos que toman las decisiones más viles.

Aunque le sobran algunos minutos en la segunda hora, Black Magic for White Boys es una de esas comedias que no están hechas para complacer al espectador. A pesar de que nunca apela a un humor escatológico, algunas resoluciones de los personajes son tan oscuras y absurdas, que no hace falta ir a lo gráfico para incomodar. Pero también sucede que nada es gratuito aquí. Todo aquello que, en apariencia, tiene la única función de provocar, en realidad responde a una lógica narrativa y una coherencia impecables, más que nada para reflexionar sobre los actos de los personajes y el temor a los compromisos.

Claro está, hay personajes logran redimirse y otros que no. Hay personas que van a seguir haciendo el mal, sin importar las tragedias que se desaten en el camino. Ahí sobreviene la visión agridulce de Tukel. A pesar que la ironía y el cinismo, la melancolía y la desazón, sobrevuelan el desenlace -y afectan todo aquello que en apariencia podría generar optimismo-, al final les termina jugando en contra a los personajes. Esto no se debe a una particular ausencia de empatía o cariño, sino más bien una conciencia de realidad, la pesimista mirada de un director que ve más allá de las pelucas y el poder. La tragedia de la que habla Tukel redunda en que, como sociedad, estamos destinados al fracaso, no importa cuánto intentemos mejorar. Invariablemente vamos a fracasar. Y quizás sea mejor así, en Nueva York o en Buenos Aires. Ante este panorama, lo mejor es hacerse humo. 

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