Family Romance, LLC 
EE.UU., 2019, 89′
Dirigida por Werner Herzog
Con Mahiro Tanimoto,  Ishii Yuichi

Peceras

Por Marcos Rodriguez

A esta altura me gustaría poder decir que la nueva película de Werner Herzog, Family Romance LLC, fue una decepción. Pero la realidad es que desde hace un tiempo el cine que viene entregando el viejo maestro alemán se va pareciendo cada vez más a una copia en carbonilla del gran cine que alguna vez nos supo dar. Y no me refiero a películas más o menos flojas o plagiadas de su filmografía anterior, como Into the Inferno Lo and Behold: Reveries of the Connected World, que decían más o menos lo mismo que ya dijo antes, pero con menos ganas, a pesar de lo cual no dejaban de encontrar uno o dos momentos fulgurantes que, para quienes queremos al viejo, traían el recuerdo de ese temblor que ofrece su mejor cine. También es cierto que no fue hace tanto que Herzog dirigió su última obra maestra (Into the Abyss, 2011) y los que la vieron dicen que Meeting Gorbachov estaba bien. Pero también vinieron cosas como Salt and Fire, que está cerca de ser un insulto y resulta casi inexplicable. La de Nicole Kidman no la vi (Queen of the Desert, 2015) pero fuentes fidedignas me dicen que no es mejor. Pocas cosas más deprimentes que la senilidad cinematográfica (recuerdo doloroso de otro Mar del Plata: Ryuzo and the Seven Henchmen, de Takeshi Kitano). Herzog parecería preservar cierta vitalidad en sus trabajos documentales (los cinéfilos cancheros y modernos diremos que siempre los preferimos), pero cuando de ficción se trata…

Family Romance LLC es, en principio, una cosa rara. Según parafernalia festivalera, se trata de una de esas películas en las que se tocan la ficción con lo documental: la empresa que alquila familiares en Japón sí existe, su dueño es el protagonista de la película, pero lo que vemos en pantalla está todo armado. Se nota. También hay un dato tremendamente simpático: según leí hace un tiempo en una entrevista, Werner Herzog aceptó trabajar como actor en The Mandalorian, la nueva serie de Star Wars/Disney, exclusivamente porque necesitaba fondos para financiar esta película. Otro dato tremendamente simpático: el propio Herzog es el que maneja la cámara de Family Romance LLC, cosa que (puedo estar equivocado) nunca había hecho. Lo del trabajo de cámara se nota: la imagen de la película es bastante espantosa, sobre todo en las escenas que transcurren en el parque durante la floración de los cerezos: el fondo del plano está directamente quemado. Pero no importa. No importa porque una buena película se puede bancar eso. Y no importa tampoco porque el gesto supera a su resultado: Herzog junta fondos propios de donde puede y se lanza a filmar con lo que tiene (y, al parecer, tenía poco) porque lo importante para él era hacer esta película, de una forma u otra. Un gesto de independencia y juventud que tal vez valga más que la propia película (solo porque no le resultó demasiado bien, desde ya). Herzog había hecho algo parecido hace diez años con My Son, My Son, What Have Ye Done, que tenía unos cuantos logros.

El fondo quemado de los árboles de cerezo en flor importa menos que un aspecto mucho más complicado y de base: el lugar común. Un europeo se va hasta Japón y filma la primera secuencia de su película con dos personajes que se ponen a hablar (y a explicar trama argumental) mientras admiran la floración del cerezo. Abundan los planos de drone, pausados y floridos. Para peores, la música que empapa toda la película es de lo más almibarado que uno le haya escuchado a Herzog, con lo cual Family Romance LLC no solo se vuelve empalagosa por momentos; resulta algo peor (algo que nunca creímos verle a Herzog): se pone banal. A la idea y a la pregunta de base le suceden momentos que repiten un gesto que se vuelve ridículo (Herzog nunca le tuvo miedo al ridículo) y, lo imperdonable, se vuelve vacío. Es ahí donde uno encuentra lo peor de esta película: no en las actuaciones forzadas (no son actores, se nota, pero Herzog tampoco sabe dirigirlos), no en las historias breves que se suceden como pequeños canapé de la desconexión posmoderna en la que vivimos, no en la música, sino en la vacuidad: una idea que se articula de forma explícita en su puesta en escena y vuelve todo redundante y amanerado. Las piernas de la ficción tiemblan ante el peso existencial de lo que Herzog quiere transmitir. El cine no se sostiene. En la sala repleta del Ambassador 1 (una de las más grandes del Festival, con función agotada) la gente se reía. No frente al sentido del humor retorcido de Herzog, sino frente a lo extraño de lo que estaba viendo. Lo extraño es mejor que lo lavado, pero tampoco es garantía de nada.

Hay, con todo, una breve secuencia realmente hermosa. Un plano circunstancial, en el que todo ese peso existencial hace vibrar la imagen porque la imagen es poderosa y dice algo de eso que Herzog quiere decir, pero sobre todo dice belleza. Se trata del plano (largo, cercano, claustrofóbico, maravilloso) en el que Herzog filma un pez robot que nada en círculos adentro de una pecera. Un pez que no viene a cuento. Un pez que se inscribe directamente en el linaje de la gallina final de Stroszek, de la iguana de Un maldito policía en Nueva Orleans. Tiene algo con los robots Herzog (eran de lo mejor en Lo and Behold) pero, sobre todo, tiene algo con esa imagen, a la que le da tiempo para expandirse, para encerrarnos, para angustiarnos, para brillar. Durante ese breve interludio de pecera Herzog recuerda que lo que hace mejor, más allá de los grandes temas que siempre buscó cargarse a los hombros, es buscar las imágenes fuertes, nuevas, explosivas, que son las que hacen un cine verdadero. Supo buscarlas en el medio de la selva amazónica, en la cara de un esquiador de salto y puede encontrarlas hasta en una pecera en un hotel robótico en el centro de Tokio. Eso es lo único que importa.

Comentarios