La virgen de agosto 
España, 2019, 125′
Dirigida por Jonás Trueba
Con Itsaso Arana,  Vito Sanz,  Joe Manjón,  Isabelle Stoffel,  Luis Heras,  Mikele Urroz, María Herrador,  Naiara Carmona

Abrirse al mundo

Por Ludmila Ferreri

La felicidad, la luminosidad, la burbujeante sensación de lo liviano reconocible en lo cotidiano parecen ser sensaciones condenadas a la pérdida en un mundo de truhanes crueles y sádicos con sus personajes. Pareciera que los viejos maestros como Rohmer, como Ozu, como Renoir pero también algunos escasos nuevos (tampoco tasan nuevos) como Hong Sang Soo son algunos de los responsables de atesorar el secreto de ese milagro que el cine nos niega cada vez más en el marco de los festivales, obligándonos a una estética y una ética de la maldad y el desprecio. Por suerte tipos como Jonás Trueba existen. El hijo de Fernando Trueba hace rato que no necesita rendir ninguna clase de referencia a su padre. Es un director con todas las letras con un mundo definido y feliz. Películas como Los exiliados románticos (2015) y La reconquista (2016) (sobre las que hablamos aquí y aquí respectivamente) son muestra clara de que lo que había logrado algunos años antes con Todas las canciones hablan de mi (2010) y Los ilusos (2013) no era causalidad o simple golpe de suerte de principiante.

Con La virgen de agosto, por más que algún despistado quiera forzarla a una lectura metafísica, Trueba vuelve al mundo terrenal, es decir, al mundo de las personas, los cuerpos, los espacios, el viento, las comidas, las lluvias, las noches, el sexo, el calor y varias cosas más. El juego entre el título, las fiestas religiosas y el final pareciera reconocer más el componente lúdico en la obra del director que la necesidad de vehicular alguna clase de revelación trascendental en lo cotidiano (algo que si podríamos reconocer en cierta parte de la obra de Eric Rohmer, que en su cristianismo basal y baziniano deja entrever otra cosa cuando se obsesiona con los cuerpos y su registro). No, en Trueba hay una recuperación epidérmica de las superficies. Hay un registro del cuerpo en su inmediatez. Por eso la película logra ser táctil y manipulable, como si fuera uno de esos juguetes de goma que se apretan y se estiran y causan placer sensorial solo por el mero hecho de manipularlos, mirarlos, olerlos. En ese registro de la materialidad Trueba nos lleva casi día a día en la vida de su protagonista, quien llega a Madrid en un verano caluroso y se entrega al azar de conocer gente, vincularse circunstancialmente, dejarse llevar en largas caminatas por la calle, pasársela entre bares, plazas, cines y museos. Como si el mundo solo dependiera de ella pero a la vez como si el mundo ajeno a su angustia la esperara para recibirla.

La película de Trueba es portadora de una felicidad infrecuente de hallar. Porque lo que le preocupa a este director es cómo entregar a sus personajes a mayores y mejores experiencias y no cómo someterlos al arbitrio de su sadismo (como si la experiencia del sufrimiento, de algún modo, fuera mejor que la de la alegría, que es una experiencia con muy mala prensa para la solemnidad y la importancia de cierto mundillo festivalero). En ese recorrido, la protagonista encontrará sexo casual, pero también amistades variables. Pero no solo eso. También recorrerá la ciudad de otra manera, como si la redescubriera ya no desde el componente turístico, sino desde el reencuentro con los lugares que alguna vez tuvieron una función en nuestras vidas pero que han cambiado. Ese reencuentro con la ciudad es, inevitablemente, un encuentro consigo misma. Un acomodamiento de ideas pero también un acomodamiento del cuerpo. Y en el cine de Trueba las cosas se acomodan (acomodarse no es asentarse por siempre, sino encontrar un descanso en el cual poder disfrutar de lo hecho) cuando se conoce gente, cuando se prueba, cuando se sale al mundo en un movimiento de expansión y retracción: salir para conocer y retomar lo aprendido y meterlo a nuestro mundo personal.

Hacia el final de La virgen de agosto la revelación mística toma otra clase de formas, porque también acerca nuevas experiencias (acaso la revelación habla más de una necesidad de reconocerse en otro rol antes que de el encuentro de alguna clase de emergencia de un mensaje trascendental). Y esas experiencias pueden hallarse, incluso, en una tarde calurosa, en una feria de verano, tomando helado con una niña. Y descubriendo que una ya no lo es, y por eso a veces hay que estar abiertos a los cambios. Sobre esa apertura, sobre esa esperanza casi panteísta habla este milagro ateo y materialista que es La virgen de agosto. Ojalá se estrene. Alguna vez.

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