Captura de Pantalla 2020-12-06 a la(s) 06.04.04 p. m.

Tiempo de lectura: 2 minutos#PostMarDelPlata2020: Las ranas

Por Luciano Salgado

Argentina, 2020, 78′
Dirigida por Edgardo Castro
Con Barbara Elisabeth Stanganelli, Nahuel Cabral, Gabriela Illarregui, María Eugenia Stillo

El cuidado de los otros

No es nuevo: el cine de Edgardo Castro es un cine de cuerpos. Casi no existe otra cosa que no sea el cuerpo. Pero también es un cine de inversiones. En el cine del director lo íntimo puede ser ajeno, lo escatológico puede ser un ejercicio de cuidado, el espacio público puede ser un hogar. En ese orden de inversiones lo que sucede con Las Ranas acaso no sea distinto, pero al mismo tiempo lo es: Edgardo Castro deja de ser el centro de su propio cine y se relega a sí mismo para poder acceder a los demás. En ese movimiento, no obstante, el cuidado se intensifica: todo el recorrido que vemos en la película (Barby, la pareja de un joven preso al que visita y cuida, llevándole toda clase de elementos necesarios, pero fundamentalmente afecto) parece condenado a describir un mundo ajeno y marginal, extraño y casi turístico.

Pero tal y como dijimos antes, Castro invierte. En esa cárcel en donde vemos buena parte de lo que narra Las Ranas no hay lugar para el miserabilismo, la condescendencia o la lástima culposa. Para nada. En el cine de EC el mundo de cuidado de construye con acciones y con observación. Por eso mismo, con un naturalismo asombroso y prácticamente documental, toda la película se dedica no solo a no juzgar, sino a documentar esa suerte de sistema del cuidado del otro.

Al mismo tiempo Castro tampoco le escapa al registro incómodo (una escena en particular, con una serie de cosas que debe ingresar la protagonista en su vagina resulta particularmente dolorosa), pero a diferencia de películas anteriores (La Noche y Familia), lo que vemos aquí es casi completamente producto del amor y cuidado mutuo. Simplemente que la estrategia del director pareciera girar en no ritualizar el cuidado. Acaso sea eso el gran secreto de la mirada piadosa de su cine: no es una mirada de entomólogo, es una mirada de las burocracias y las rutinas también reconocidas como formas de amor. En esa contemplación es clave, por tanto, el lugar de la cámara, que ha ido ganando, con el paso de las películas, una precisión cada vez mayor en el cine del director: se mira con distancia, si, pero siempre intermediando algo, como si estuviéramos espiando. Parece un gesto de desprecio, pero no: la decisión responde a un respeto por los personajes.

Pero al mismo tiempo en la observación también retorna el problema de las inversiones: Castro registra con cercanía de microscopio lo rutinario (pero que a nuestros ojos resulta extraordinario) pero resguarda la distancia para los extraordinario de lo rutinario, que para nosotros resulta común. Por eso todo el tiempo su cine se nos escapa. Pero a diferencia de los escapes que llevara adelante en sus películas anteriores, en Las Ranas queremos quedarnos pero no sabemos cómo. Frente a esa incapacidad incómoda no se nos ofrece ninguna solución. En ese recorrido de limitaciones (las de la cárcel para los personajes, las de la distancia para nosotros espectadores) es en donde el director, ahora invisible, oficia de Virgilio.

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