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Tiempo de lectura: 4 minutos#PostMarDelPlata2020: Lúa Vermelha

Por Guido Segal

Lúa Vermelha
España, 2020, 84′
Dirigida por Lois Patiño

Larga vida al misterio

Se ha dicho infinidad de veces, pero no por eso deja de ser cierto: el cine es un medio de fantasmas. Luces, sombras y –por más que tengan una existencia real y autónoma en el mundo material– fantasmas, cuerpos y espectros atrapados en un mundo abstracto con el potencial, no siempre correctamente explotado, de fascinarnos. De sumirnos en un arrebato, como proponía Iván Zulueta en su extraordinario largometraje malogrado y recuperado. No importa cuanto lo tiñamos de entretenimiento, cuánto lo disfracemos de géneros y narrativas, el cine es un monstruo autónomo. Su lógica secreta es revelada a ciertos cineastas que humildemente indagan en los recovecos oscuros de esa caverna. Ese cine monstruoso, enigmático y, por qué no, puro habita en rincones desligados de guiones, artificios e ideas. Es una bestia indomable, que habita en planos, en movimientos o estatismos, en sonidos fuera de campo o en silencios. Tiene una materialidad propia o la apariencia de una. Es alienígena, nos hace trabajar para llegar a su esencia y perturba por algo parecido a la novedad pero que en realidad se llama extrañamiento. Arrebato. Fascinación.

Pocos, muy pocos cineastas, conocen el secreto, o lo intuyen. Personajes, relatos y arcos dramáticos son apenas excusas. Lo verdaderamente subversivo habita en los intersticios. Llega allí quien se deja llevar, quien persigue una singularidad y se entrega a ella una vez que la tiene delante. En se segundo largometraje, Lois Patiño sigue esa veta. Propone pero también se entrega, dialoga con rostros, paisajes, quietudes y silencio. Encuentra mucho, muchísimo. Surge de sus viñetas una poética verdadera, nada forzada. Habita en su película una mitología, una fantasmagoría real y perturbadora, que supera al universo del terror para sumergirnos en un océano revuelto y oscuro. Es un poco aterrador, como un cuerpo de agua opaco en el que caemos sin jamás ver el fondo. Es un misterio, una lengua a descifrar, una suspensión del tiempo.

Patiño construye una carta de amor a su tierra, Galicia. Apela a la belleza pero no al pintoresquismo. Las caras avejentadas y curtidas de sus venerados pueblerinos son tan abismales como los acantilados, las costas recortadas a tijeretazo frenético, los mares bravíos. Es una tierra de leyenda donde valientes marineros desafían a los mares para traer de regreso a los muertos. En este mundo transicional entre el nuestro y el de los muertos, todo está desfasado, las voces se independizan de los cuerpos, las emociones parecen atenuadas, el movimiento se minimiza. Escuchamos voces en off susurradas, pronunciadas en un gallego ancestral, casi portugués en su inflexión y su cadencia. Esas voces cansinas dialogan con la luz crepuscular, ocasionalmente apuñalada por un faro distante. Todo es pictórico, como un Vermeer. Todo es un poco mecánico, como en Bresson, y un poco lúdico, como en Serra. Todo es un poco monstruoso, como en Goya. Todo es un poco germánico y frío y melancólico, como en Frederich. Y sin embargo nada parece pomposo, no hay guiño afrancesado al conocimiento de la historia del arte compartida entre realizador y espectador. No se nos pide que seamos burgueses eruditos para apreciar lo que vemos. Es, curiosamente, una película popular, hecha de pueblo y de relatos de pueblo, cosa que de algún modo la acerca a El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, otra maravilla española reciente.

Lúa Vermelha es una de fantasmas y bestias mitológicas, pero sin eje central y sin relato. Patiño tiene humildad y veneración por lo que retrata, y por eso prescinde del relato externo. No hace falta. Las excusas sobran, la materialidad reina. No le teme al silencio ni a la ausencia de movimiento, no la confunde con falta de ritmo (véase Mank de Fincher si se quiere ver un ejemplo de exceso de ritmo por miedo a que la sustancia no sea suficientemente seductora). Solo alguien con mucha confianza en sí mismo sostiene un silencio sin llenarlo de palabras –o de planos– huecas. Patiño hace una película de esas que no necesitan entretener porque tienen algo para decir, algo que solo se revela a quien indaga más profundo. Propone, como todo gran cineasta, un lenguaje secreto, críptico y a la vez revelador. Logra hipnotizar sin jamás explicar, sobre todo en esa última secuencia donde la anhelada luz roja del título, la que trae de regreso a los muertos, se hace presente en toda su inmensidad. Es importante tener cuidado con el uso de la palabra “belleza” si no queremos que pierda su valor sagrado, pero creo que en este caso aplica. Bello, ese final es bello. Sin saber exactamente cómo, transmite humildad, entrega y apreciación de lo que está más allá de lo sensible. Ese final eleva a la Galicia rural y pescadora al terreno mítico, como pasa con los vikingos, como percibimos a La Odisea o a la mitología de Ovidio.
Muchos directores hacen cine contemporáneo copiando a otros directores y triunfan. Su reconocimiento y proyección en grandes festivales no significa una trascendencia de los caminos ya recorridos. Vivimos rodeados de homenajes y repetición, de películas que citan a otras películas por falta de ideas, por miedo o incapacidad de encontrar una voz propia. No es el caso de Patiño. Lúa Vermelha está construida con convicción, con amor por lo propio (el propio idioma, la propia tierra, la propia voz), y no le teme al misterio, lo intensifica. Ojalá pudiese explicar de qué va la película, cuáles son sus temas más allá de la frontera entre la vida y la muerte, o la trascendencia de nuestra mísera existencia en reinos sagrados en los cielos o bajo las mareas, pero en el fondo eso sería una herejía. Que no haya explicaciones ni palabreríos vacuos. Si algo enseña esta película es a callarse y a escuchar, a percibir intuitivamente, a suspender tiempo y espacio. Fantástico misterio, larga vida al misterio.

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