Rampage: Devastación (Rampage)
EE.UU., 2018, 107′
Dirigida por Brad Peyton.
Con Dwayne Johnson, Jeffrey Dean Morgan, Malin Akerman, Naomie Harris y Joe Manganiello.

Rascacielos: Rescate en las alturas (Skyscraper)
EE.UU., 2018, 102′
Dirigida por Rawson Marshall Thurber.
Con Dwayne Johnson, Neve Campbell, Pablo Schreiber, Noah Taylor, Chin Han, Roland Møller, Byron Mann, McKenna Roberts y Noah Cottrell.

We don’t need another hero

Por Federico Karstulovich

Hay un viejo (por su estructura)/nuevo(por su aplicación al caso puntual) apotegma para muchos críticos: “Si en la película actúa The Rock, el piso de ella como mínimo es de 4 puntos”. Si, jeje, ríanse y acúsennos de ingerir sustancias, pero el apotegma es perfecto. Hoy por hoy existen pocos tipos en el planeta tan confiables como el buen y querido Dwayne Johnson, al que hay que llamar como mandan los evangelios, The Rock, que es mucho más justo y poético que el nombre de pila y el apellido de soltero.

Hay una línea que puede ser sutilmente cruzada. Y que a veces se confunde. Es la línea que separa al mainstream que tensiona el verosímil hasta sus extremos (el ejemplo de la saga Misión Imposible es paradigmático) con respecto al mainstream que juega sobre el inverosimil con plena conciencia (ahí están ubicadas las películas de nuestro héroe pero también las de Jason Statham o, sin ir más lejos, esa maravilla olvidada que es Duro de Matar IV). Pero hay otras líneas divisorias…un tanto más gruesas: la que separa a este último grupo (el del inverosímil consciente) con respecto al del berretismo (grupo en el cual Vin Diesel reina y D.J. Caruso dirige, de hecho aquí hablamos bastante al respecto), que es un paso más hacia el ridículo, con un tono aún más exagerado que el del grupo previo. Por último, una línea que separa el berretismo (que es consciente) de la bizarreada chanta (en ese grupo encontramos a las Sharknado…y si no saben de qué hablo, por favor ingresen al siguiente link), en donde la conciencia sobre los materiales es directamente proporcional al nivel de explotación de una idea de marketing (pero para un mercado clase D, E o F, es decir, lo que antes solía llamarse clase Z o películas directo a video)

Al genio de Dwayne se la hicieron parir durante años. Durante sus primeros tres largometrajes su presencia no pasaba de un sujeto corpulento haciendo personajes no demasiado interesantes. Tras el bochornoso intento de peplum que fue El rey escorpión  (2002) recién emergió el gran actor (que en 2014 volvió a cometer el mismo error haciendo Hércules, una cosa impresentable) que hoy todos podemos ver en un papel secundario dentro de una comedia menor como lo fue Be Cool (2005). A partir de ahí nos dimos cuenta que estábamos haciéndole bullying a un tipo grandote que siempre le ponía el hombro a sus proyectos (recordemos que hablamos de un luchador de la WWF, la liga profesional de lucha libre estadounidense de la cuál formó parte activa al menos durante dos décadas). Luego de ese descubrimiento vinieron proyectos poco felices, alguna que otra comedia, una cosa rarísima de un (en aquel entonces) pretendido nuevo autor, que fue esa rareza llamada Southland Tales (2007).

Pero la verdadera década ganada para nuestra estrella comienza en 2010, cuando el mismo grandulón se da cuenta que hay que sacar provecho a esa musculatura a la vez que a tamaño carisma. Es ahí cuando The Rock se la juega con el ridículo improbable de asumir el papel de el hada de los dientes en Tooth Fairy (2010), poniendo el peso en el contraste entre un cuerpote inmanejable y un personaje que parecía ajeno. El resultado no solo funciona como comedia, sino que logra ampliar el registro. Esa doble cara, la del héroe de acción y la de la comedia gestual, terminó estallando en la saga de las Rápido y Furioso (la quinta, la sexta, la séptima y la octava, de 2011, 2013, 2015 y 2017 respectivamente), saga a la que mejoró ostensiblemente con su presencia, más allá del bajón creativo de la octava entrega. Pero la otra cara en donde explotó esto fue en la comedia de aventuras como Viaje 2: La isla misteriosa (2012) o como Jumanji: En la selva (2017), pero también en la comedia policial como en esa obra maestra que es The Other Guys (2010), en Pain and Gain (2015, si, la de Michael Bay), en Un espía y medio (2016) y en Baywatch (2017).

No obstante, lo de The Rock es la variación de registros en un mismo género. Por eso el que mejor calza es el género catástrofe, en donde toda la carne hiperbólica se lleva al extremo de la conciencia.  Los tres últimos largometrajes que se estrenaron con el protagonismo de este señor son excepcionales muestras de su talento físico, de su capacidad de entender el código inverosimil de los proyectos en los que participa a la vez un vehículo impecable para la destreza que oscila entre un cuerpo que todo lo puede y una cara que nada entiende. Terremoto: La falla de San Andrés (2015),  Rampage – Devastación (2018) y Rascacielos (2018) son una trilogía del rompantidismo que caracteriza a lo mejor de este actor, que como las mejores estrellas, ha entendido su ubicuidad en tiempo y espacio. Sobre la primera de las tres nunca hablamos en esta revista sencillamente porque para su momento de estreno todavía no existíamos. Pero no faltará el momento adecuado. Por lo pronto puede leerse como una primer parte de lo que ya podemos denominar una trilogía de la destrucción dentro de la obra de The Rock como estrella. Lo interesante es que cada una de estas tres películas lleva adelante este principio constitutivo del cine del actor de esta última década: hacer volar por los aires el verosímil a plena conciencia y divertirse sobre esa superficie de imposibilidades, pero no como un goce culposo del estilo es tan mala que es buena, sino más bien es tan buena que puede jugar a ser mala. Esa es una de las claves de la incursión de nuestro muchacho en el cine catástrofe: ya no está el juego del cine de aventuras o de la comedia plena, terrenos en donde, como ya mencioné previamente, se mueve con soltura y gracia. Hablamos de un subgénero bastardeado una y mil veces.

En Rampage: Devastación el punto de partida es propio del kitsch: el juego con las dimensiones y la alteración entre lo grande y lo pequeño. Todo en esta película es un gran paseo por una juguetería. Los destrozos provocados por la alteración genética accidental de tres animales dan pie a que una ciudad como Chicago quede reducida a un pelotero en el cual todo puede usarse para jugar. Brad Peyton, director de otras películas con Dwayne Johnson, sabe aprovechar esto y pone toda la carne al asador del inverosimil: tira aviones, edificios, helicópteros, puentes y varias cosas más como si se tratara de un niño jugando con sus chiches caros mientras sus padres miran una película seria. Y no hay nada más serio que jugar con los materiales que se tienen a mano, manoteando del arcón de juguetes. Esa sensación, que es la de la libertad de reunir cosas ridículas (una premisa de ciencia ficción, un personaje plagado de lugares comunes, un espacio hecho de CGI y cartón pintado (presten atención al ingreso de cierto tanque en un momento de la película, tanque hecho de papel masché…)) es la que da a la película una libertad inusitada.

En Rascacielos la cosa no es muy distinta, pero el tono, que también pone sus pies sobre un piso de exageración, busca ser algo más contenido y menos juguetón que la anterior. Aquí The Rock hace una suerte de cover de Duro de matar pero con una suma de niveles de backstory naturalmente ridículos (un ex agente de seguridad, devenido en especialista, debe rescatar a su familia del ataque de un grupo terrorista que busca incendiar un edificio de 200 y pico de pisos). Todo esto debe realizarlo con una pierna ortopédica puesta, que se convertirá en el aliado más adecuado ya sea para detener puertas de titanio, para trepar por un montacargas que sirva de trampolín o para funcionar como un émulo tercermundista (con cinta aisladora) de Ethan Hunt trepando por un edificio n las alturas. En cualquiera de los casos nada es un límite para el hombre de familia que interpreta este muchachote, que pareció haber aprendido las lecciones de Willis, Schwartzenegger y Stalone como nadie. Pero que a diferencia de  un héroe de acción convencional, como en los ochentas, les ha sumado una conciencia práctica de su lugar en el mundo.

The Rock juega con la grasa (de las capitales), juega con los juguetes caros (y baratos a la vez), juega con nuestras expectativas de lo que es bueno y lo que es malo, lo que es respetable y lo que es una porquería. Y juega tranquilo porque sabe que no hay nada más serio y hermoso que los juegos, que son una de las formas de la felicidad en la vida, que bastante corta es como para andar dando explicaciones.

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