Rápidos y furiosos: Hobbs & Shaw (Fast & Furious Presents: Hobbs & Shaw)
EE.UU., 2019, 135′
Dirigida por David Leitch.
Con Dwayne Johnson, Jason Statham, Idris Elba, Vanessa Kirby, Helen Mirren, Eiza González y Eddie Marsan.

Gloria y loor a las segundas unidades

Por Gabriel Santiago Suede

Las películas de acción, si nos detenemos a pensar en ese género, en algún momento encontraron una identidad propia. Ese momento fue, precisamente, cuando lograron separarse de sus primas hermanas: por un lado el cine de aventuras, por otro el thriller policial y por otro el cine bélico, y dentro de este último, el cine de espionaje. Para que se produjera esa separación el cine de acción más sofisticado aprendió a apostar a algunas cosas: el valor del cuerpo, el valor del ritmo y velocidad pero por último, el placer de la abstracción plástica del movimiento. Y es que, más allá de que podamos reconocer obras maestras cargadas de sofisticación en sus segundas lecturas (como Duro de matar, que no es otra cosa que una película sobre la virilidad puesta en cuestión asi como Mentiras verdaderas, que no es más que una película sobre la crisis matrimonial de la mediana edad y su relación con los secretos), el gran cine de acción es precisamente ese que supo seguir la hermosa lección del Hitchcock de Intriga Internacional. Esa lección nos recuerda que para la acción es menos importante el qué frente al cómo. A su vez que importa más el movimiento y la narración antes que la cerebralidad. En definitiva, estimados lectores, estamos ante un género que nada tiene que envidiarle al ballet. Y que, cuando mejor le sale, nos hace bailar, saltar, correr junto a sus protagonistas.

Desde hace más de 30 años que Hollywood ha instaurado un sistema para las películas de acción (ya sean buenas o malas): escenas de comprensión de la trama + escenas espectaculares + escenas calmas de personajes y recomienza el loop. En ese esquema, con el tiempo, nos hemos acostumbrado a una idea (ya sea que supiéramos este dato o no): los directores no dirigen toda la película, sino que cuentan con especialistas que se dedican a pensar las escenas espectaculares, las escenas de acción complejas, mejor conocidas como set-pieces. Esa clase de escenas, por su nivel de complejidad y por la necesaria coordinación logística, no recaen necesariamente en los directores sino en una figura llamada director de segunda unidad. Esos especialistas han logrado, con el tiempo, ir haciéndose un espacio en un Hollywood cada vez menos adepto a brindar poder concentrado a una sola persona a la hora de las decisiones. El problema es que esas set-pieces pueden ser en muchos casos tanto mejor que el resto de la película que es el resto del film el que queda opacado. Por eso en los últimos años se produjo un fenómeno de abandono de la narrativa estricta en pos de valorar estas escenas de espectacularidad. Pero contrario a cualquier calificación banal y rápida que considere que el resultado de esto es un cine descerebrado, el cine de acción que más ha aprendido del pasado es precisamente aquel que más se ha concentrado en el costado coreográfico que toda set-piece que se precie expresa.

Películas como las que forman parte de la saga de Misión: Imposible son apenas la punta de un iceberg que el cine de acción oriental logró instalar entre nosotros. Pero es posible que se nos haya pasado por alto otra referencia de esas latitudes: el cine de artes marciales. Ese cine también logró una radical depuración que llevó de a poco las narraciones hacia horizontes de pura abstracción. El tema, claro, es ver quién y cómo llevó esto adelante. Y si lo hizo en pos del movimiento o de una ideilla superficial y pretenciosa. En el primer caso tenemos a sujetos como Jackie Chan, en el segundo tenemos a las derivaciones de la saga Matrix. Y es que si algo sabía el honkongués de los mil saltos, es que el cine es, ante todo, movimiento. Pero, claro, con el tiempo no supo encontrar herederos nobles de estar tradición de golpes, patadas y simpatía. Ethan Hunt? Quizás, pero Tom Cruise está envejeciendo y la saga envejece con él. Y si las sagas no se renuevan, si no se repiensan, mueren.

A la saga de Rapidos y Furiosos (que hasta la cuarta película no fue otra cosa que una suma de films horribles, mal filmados y con la pretensión de un cuentecito sobre la unidad familiar) le llegó su punto de giro, su cambio y renovación adecuada allá por la quinta entrega. No es casual que en aquella ingresara al juego el notable Dwayne The Rock Johnson. Por qué no es casual? Porque el muchacho ya venía con la práctica de no tomarse demasiado en serio y a su vez con la experiencia de romperse en mil pedazos y volverse a armar. Luego, con la séptima de la saga, acaso la mejor, se sumó otro genio del cuerpo y las piñas y patadas, como Jason Statham, quien también había construido su carrera sobre la firme convicción que un cine de piñas y patadas no es menos interesante y sofisticado que uno de sentencias terminantes sobre el mundo que nos rodea.

Pasaron la 6ta entrega de FF, la mencionada séptima y la floja octava. Y por lo visto los productores de dieron cuenta de una idea: cuanto menos se iba asociando la película a la saga original, cuanto más se acercaba a los nuevos integrantes, más ganaba en espectacularidad, en inverosimilitudes y en hipérbole. Todas esas cualidades acercaban la saga a la abstracción…y la alejaban de Vin Diesel, quien a diferencia de The Rock no parece haber podido rearmar su carrera por fuera de esta saga. Por eso cuando apareció la promesa de una novena entrega todos pensábamos que el asunto no daba para más, pero los productores pegaron otro volantazo: no hay continuidad para la saga, sino un spin off, una prueba de distancia. Y si la prueba funciona y sale bien, quizás terminemos de olvidarnos de Toretto y sus amigos, de una vez por todas. Por y para eso llamaron a David Leitch, un especialista en segundas unidades que ya había dado el salto a la dirección en Atómica y en Deadpool 2. Si bien la primera estaba plagada de grandes momentos, llevaba encima el contrapeso de lidiar con una necesidad de anclar la historia narrada en el contexto histórico de el fin del comunismo, como si ese dato le adosara mayor trascendencia a lo narrado. En la segunda, en cambio, el director parecía perdido en un guión insoportable y dedicado a romper todo lo que la primera entrega de esa saga había logrado. Con esos antecedentes llegamos a el spin-off de Hobbs & Shaw, que promete y cumple a medias. Cuando cumple es, justamente, cuando más libertad adquiere y más se queda girando en torno a las benditas set-pieces. Cuando más promete es cuando juega a ser una buddy- movie que nunca funciona debidamente, porque, aceptémoslo, lo de Johnson y Statham no es la comedia de palabras sino la de movimientos.

Lamentablemente la película los somete a partes iguales de contrapunto entre dos personajes que son como el agua y el aceite. Pero como dije antes, el intercambio verbal, excepto tres o cuatro momentos (uno de ellos es una pelea en un avión que incluye metáforas sobre el sexo, las hermanas y el escalado de una montaña) tiende a cero, ya que es pobre, elemental en su humor previsible y naturalmente genera hastío: no, una buddy-movie no se trata simplemente de contraponer a dos personas distintas y que la química suceda. El problema es que esa química, al no estar construida, solo entrega postergaciones: esperamos el estallido, esperamos el gag, esperamos la confrontación y nada. Recién cuando la película demanda que no haya confrontación entre personajes sino acción común ante un tercero es cuando las energías de la buddy-movie se acomodan y se redireccionan hacia el terreno del cine de acción y espectacularidad más puro y duro. Pero, claro, esto es contado, ya que la película nos entrega de vuelta al sistema de trama (con mcguffin a lo Misión Imposible 2 incluida) + escenas de relleno con contenido humano y familiar (aunque las que incluyen a The Rock no pueden tomarse demasiado en serio, por suerte, gracias a una chancleta amenazante y un grupo de maoríes de armas tomar) + set pieces.

Rápidos y Furiosos: Hobbs & Shaw pedía a gritos ser una película ligera, ágil, espectacular en el sentido más decimonónico del espectáculo de feria. Merecía ser una película feliz con dos actores felices, con una historia elemental, con movimiento, abstracción, plasticidad y unas set-pieces más grandes que el mundo. Pero eligió ser una película sin química, con dos actores extraordinarios sometidos al régimen del automatismo que dan los proyectos hechos sin el corazón.

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