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Tiempo de lectura: 3 minutosRaya y el último dragón

Por Ariel Esteban Ramos

Raya and the Last Dragon
EE.UU., 2021, 114′
Dirigida por Don Hall, Carlos López Estrada, Paul Briggs, John Ripa

Magia y felicidad


Antes de que salga la próxima película o de recibir otro audio del Editor reclamando lo prometido, me decido a poner sobre el papel las dos o tres ideas que ruedan por este desierto mental. Raya es la última producción de Disney, realizada durante la pandemia del Covid-19 casi íntegramente a distancia. Esta producción casera (muy entre comillas) de una miríada de colaboradores, es un relato que logra una simplicidad expresiva notable, cuando en su planteo hay tantísimas capas de influencias y planteos.

Brevísima sinopsis para no hablar en el vacío (spoiler alert): En el antiguo reino de Kumandra (que en el mapa tiene forma de dragón) era una unidad armoniosa: los hombres vivían en paz gracias a la magia de los dragones. Un día aparecieron monstruos que amenazaban con volver piedra a todo lo viviente. Los dragones lograron contenerlos, pero les costó la vida. Concentraron sus poderes en una piedra mágica. Su custodia quedó a cargo del pueblo de Corazón. Un día las otras tribus traicionaron la confianza de sus guardianes e intentaron robar esa piedra, que se quebró y fue repartida, un pedazo por pueblo. Pero las horribles criaturas volvieron, cercando al hombre cada vez más y amenazando con extinguir la vida. La heroína Raya emprende entonces un viaje para salvar al mundo con ayuda de un mapa que la lleva hasta Sisu, la última dragona, quien le enseñará a confiar nuevamente en los demás. En el camino, armarán una inusual pandilla de colaboradores. La roca mágica volverá a ser una y retrocederá el reloj de su mundo de piedra de vuelta a la vida

Tras explotar durante años la aparente inocencia de los cuentos populares, la animación de Disney se entregó a una multiplicación cada vez mayor de niveles de lectura. No se puede decir que esa complejidad se profundice en una sola dirección, ya que ha creado universos tremendamente dispares para cada producción. Baste mencionar a Coco, Moana, Frozen, Soul y Onward para recordar rápidamente la variedad de registros estéticos y temáticos. Si alguna idea de conjunto puede rescatarse, es quizá una cercanía mayor a problemáticas contemporáneas, o más bien a una forma decididamente contemporánea de acercarse a temas clásicos. La mediación se realiza hoy ya no a través del cuento popular, sino que se sirve de la cultura Pop, el Stand Up, el musical, las referencias al animé y una intertextualidad endogámica que bordea con el choreo (los pingüinos de Madagascar, El último maestro del aire).

Si bien la tradición mítica no es extraña a estos universos, Raya plantea una novedad: su localización y su mito de origen, si bien se inspiran claramente en una variedad de culturas del lejano oriente, son plenamente sintéticas. Si Maui o el más allá de Coco se corresponden con el mito y las creencias de pueblos reales, Raya toma una cantidad de características, las mezcla (no en un cubilete, porque “Walt no juega a los dados”) en un tubo de ensayo y produce una colorida mutación del mito de la edad dorada: “era el paraíso”. Tal como sucede en la radio con los legales de los productos publicitados, esta declaración de responsabilidad mitopoética se presenta en rápida sucesión en los primeros 2 minutos. El mundo era perfecto pero al final lo jodimos: un Génesis sui generis, abreviado y oriental.

Una operación recurrente en la mitografía, sobre todo en su variedad política, es colocar un objetivo como ya sancionado por el pasado y la tradición. “Esto siempre fue así” puede ser así la justificación para la innovación, una inexistente tradición antigua sacada de la galera. La opción complementaria es la utopía, que abraza la novedad y la profetiza. Los héroes encuentran así su fundamento atrasando el reloj, como restauradores, o adelantándolo como revolucionarios. La ambición de Raya es doble, porque sintetiza estos dos programas: es la vuelta a unas raíces que ahora están en el futuro. La historia es así un eterno ciclo en que cada generación debe atravesar la paradoja de la confianza: sólo me salvo si me entrego, ya que sólo el otro puede salvarme.

Sin embargo, el cristal siempre tiene alguna imperfección: el sacrificio en Raya es apenas una apuesta muy racional (un Pascal de barrio: perdido por perdido, mejor apostemos) que se gana con garantías en el más pobretón estilo autoayuda. La escritora Marianne Costa se preguntó alguna vez qué sentido tendría la Resurrección si Dios, respondiendo al agónico llamado de Cristo en la cruz, le hubiera dado superpoderes o una metralleta… En Raya sucede, subterfugio mediante, algo similar: al no haber ninguna alternativa a la confianza, tampoco hay apuesta ni sacrificio real. Resultado: los muertos resucitan, los dragones vuelven, la magia ha vuelto. Sí, Cristo tiene su metralleta, como un Chuck Norris hebreo. Una utopía frágil, que necesita el reaseguro del final feliz. Bah. En este sentido, Raya está más cerca de la pobreza simbólica de Aviones, e infinitamente más lejos de la humanidad querible y el aprendizaje de Cars.

Hay una variopinta “Comunidad de la Piedra”, con un perfil sociológico tan bien distribuido que hace pensar en aquella criticada “diversidad Benetton” de los años 90. No tienen aquellas fantásticas habilidades de los Siete servidores de los Hnos. Grimm; son sobrevivientes, “como vos o como yo”. Se ve que, en el ocaso de los héroes, hay que enfatizar (otra vez) que en el futuro no hay lugar para héroes: será social o no será. Confiar y desterrar la discordia para que vuelva la magia y la felicidad. El futuro del mundo es un meme, y somos el perro de la derecha.

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