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Tiempo de lectura: 8 minutosRecomendaciones #PreBafici 2018: El hombre del catálogo

Por Sebastián Rosal

Grouchomarxismos varios

Por Sebastián Rosal

Permítanme, para empezar, un chiste de espíritu marxista (marxista de Groucho, se entiende, los otros nunca se destacaron por su sentido del humor): “Jamás admitiría recomendaciones de una revista que me aceptara a mí como crítico”. En todo caso que este pequeñísimo listado no haga perder de vista uno de los placeres que el monstruoso y querido festival porteño posibilita: perderse en su enorme programación, andar un poco a ciegas para poder descubrir, en algún rincón perdido y olvidado de la grilla, esa película que era solo nuestra y que justifica el festival completo y nuestra pasión por el cine. Ya empieza la sana costumbre de cada segunda mitad de abril. Feliz Bafici para todos.

Photo.la Prunelle De Mes

La Prunelle de mes yeux, de Axelle Ropert (Foco Axelle Ropert)

La directora francesa parece formar parte junto a Pierre Leon y Serge Bozon, entre otros, de una nueva ola francesa en la que se está produciendo mucho de lo más interesante del cine de aquel país o del cine, a secas. Esta historia de dos parejas de hermanos (Theo y Leo por un lado, Élise y Marina por el otro) asume las formas de una nostálgica comedia romántica en la que se despliegan los habituales malentendidos del caso para dar cuenta de unas vidas en las que el amor ocupa, como podía esperarse tratándose de jóvenes parisinos, el centro de la escena. Personajes ciegos (de manera literal y metafórica) pero dotados, paradójicamente, de una cegadora humanidad, el ligero desfasaje entre sus comportamientos y aquello que por comodidad solemos llamar realidad no solo se traduce en la apabullante levedad y gracia con la que parecen desandar su camino, sino que es la demostración cabal de aquello que siempre estuvo presente, pero que aquí aparece de manera clarividente: el cine es el arte que pertenece al mundo y al mismo tiempo está fuera de él, del que se nutre y se autoexilia, y en ese vaivén, en esa ambigüedad aparece, frágil y a tientas, su principal encanto.

Kurt Waldheim 2

The Waldheim Waltz, de Ruth Beckermann (Trayectorias)

Kurt Waldheim fue Secretario General de las Naciones Unidas entre 1972 y 1982, y presidente de Austria (una figura simbólica en un país en el que el peso político real recae en el primer ministro y el parlamento) pocos años después, elegido a través de elecciones generales. El documental de Beckermann, a quien el Bafici le dedicara una retrospectiva pocos años atrás, no esconde sus intenciones desde el primer momento, metiéndose de lleno con el pasado nazi del entonces candidato al que una sesgada autobiografía quiso ocultar. Para eso arma un entramado fascinante que se alimenta tanto de material de archivo privado (hay varias filmaciones realizadas por la propia Beckermann en diversas manifestaciones públicas) como de numerosas segmentos televisivos de aquellos años en los que el tema, en plena campaña, salió a la luz. Lo notable es que ese caso puntual va adquiriendo progresivamente el aspecto de una película de suspenso, con un final que poco importa cuando es la propia historia la que lo devela (Waldheim finalmente ganaría esas elecciones), y en su avance incontenible lo que sale a la luz son sus efectos colaterales, mostrando de qué manera el antisemitismo de toda una sociedad se convierte en un lastre resistente que apenas si puede (mal) disimularse en determinados períodos. Potente, sin apelar al gesto demagógico ni a la declamación facilista, The Waldheim Waltz se asienta en una historia personal (la de su propia directora, judía y activa participante en esas manifestaciones) para no dejar de mirar ciertas oscuras persistencias de la historia.

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Imposed Piece, de Brecht Vanhoenaker (Pasiones)

Una lujosa mansión modernista emplazada en el medio de un bosque idílico, en algún lugar de Bélgica, es el teatro de operaciones para los doce finalistas del Queen Elizabeth, el más prestigioso concurso para violinistas en el mundo. Esos jóvenes intérpretes, seleccionados entre miles, se recluyen allí durante ocho días para preparar dos piezas (una a elección, la segunda es la obligatoria de la que habla el título) que deben ser ejecutadas en un concierto público final que representa uno de los grandes momentos en la agenda cultural anual de aquel país, con realeza entre la audiencia incluida. Como si se emparentara con la organización del concurso, la eficiencia nórdica, la atención a los detalles y cierta elegante distancia no escapan a las formas de este documental, que se permite sin embargo exceder ese marco para llegar a un nivel de suntuosidad inusual para el género. Todo en él es bello: las locaciones, las piezas ejecutadas, el nervio y el músculo puestos por cada músico en su obsesivo trabajo por hacer que esas escalas imposibles (que demandan una rapidez y una precisión que parecen ajenas a este mundo) suenen de manera perfecta, la única permitida. Una feliz coincidencia parece planear por sobre todo: Vanhoenaker se encontró tanto con una serie de personajes casi antagónicos entre sí (aunque la camaradería esté siempre presente en su convivencia) como de situaciones que parecen salidas de un guion. El final del concurso, que no revelaremos aquí, pone en acto uno de esos arrebatos impredecibles de la realidad que hacen que las mejores ficciones palidezcan a su lado.

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Esto no es un golpe, de Sergio Wolf (Competencia Argentina)

Wolf vuelve a indagar en la historia argentina reciente con espíritu detectivesco, esta vez para intentar desentrañar el primer alzamiento carapintada de Semana Santa de 1987, un episodio clave y nunca del todo aclarado (más bien rápidamente relegado) en la por entonces naciente democracia argentina. Interpelados directamente por el propio director desfilan los principales protagonistas de aquel hecho: tanto los militares levantados en armas (Aldo Rico, Gustavo Breide Obeid) como los funcionarios del gobierno radical (Horacio Jaunarena, Carlos Becerra, Leopoldo Moreau, Jesús Rodríguez, José Ignacio López y Julio Hang, por entonces edecán militar) para intentar menos aclarar los hechos que dar su propia versión de los mismos. La historia se revela como una puja por la interpretación de lo sucedido, y para eso necesita que cada uno de ellos actúe el rol que mejor le siente. En esa lucha soterrada nadie juega su parte mejor que Rico: desafiante, nada del militar que puso en vilo a todo un país parece haber desaparecido, aunque no deja de ser notorio su evidente respeto por la figura de Raúl Alfonsín. Hay dos méritos innegables en la película de Wolf. El primero es el de poder dar cuenta de la siempre fascinante cocina del poder político, la de saber mostrar de qué manera son tomadas las decisiones que afectan la vida de toda una sociedad, sus marchas y contramarchas, sus detalles mínimos. El segundo es el de animarse a abordar episodios de la historia política de la post-dictadura, un déficit crónico del último cine argentino, obnubilado hasta el monopolio por la pirotecnia setentista, los años de plomo y la cuestión de los desaparecidos. El documental también utiliza un profuso material de archivo de aquellos años, lo que termina habilitando también una especie de retorno imprevisto a un mundo que parece haber desaparecido hace demasiado tiempo, un mundo del siglo XX, con sus virtudes y defectos: políticos que se dirigían a la ciudadanía como “compatriotas”, de formas más respetuosas, vestidos eternamente de saco y corbata, como si más allá de las disputas esperables todavía las reglas de etiqueta y cierto protocolo civilizado fueran ya no solo posibles sino imprescindibles, reglas de un juego que se sabía debía jugarse tanto hacia dentro como frente a una sociedad menos crispada. En esa casta, ninguno brilla más que Alfonsín, el centro gravitacional ausente alrededor del cual la película gira todo el tiempo; también el político que con sus aciertos y errores es el mayor estadista, probablemente el único que esta sociedad supo generar en el último medio siglo.

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Braguino, de Clémént Cogitore (Vanguardia & Género)

La anécdota es tan simple como contundente, y sirve para ilustrar cuan potentes pueden ser las ficciones que se desprenden de lo real. En un rincón perdido en lo más profundo de la taiga siberiana conviven dos familias, los Braguile y los Kiriliev, las únicas en ese caserío solitario, la única presencia humana en cientos de kilómetros a la redonda. Hay que viajar por ríos caudalosos en verano y congelados en invierno y luego tomar un helicóptero hasta llegar a ellos. Esa es la empresa en la que se embarca Cogitore en su documental, que recuerda inevitablemente a Werner Herzog por su mirada enrarecida del mundo (por momentos en la vigilia, de a ratos más allá), a la que estos personajes parecen prestarse cabalmente. La voz cantante, la única, es la del patriarca de los Braguine, porque contrariando cualquier elemental sentido común, los dos clanes están sumergidos en una guerra intestina. Dos Rusias son las que allí están en pugna, las que explican ese encono que a primera vista parece insensato, pero que empieza a verse en el preciso momento en el que queda explícita una forma de ser, de estar y de vivir en el mundo. Si los Braguine representan un mundo pre-industrial, apegado a la naturaleza, a la inevitable violencia de la naturaleza incluso (hay una escena con un oso no apta para ojos sensibles), de espíritu casi animista, sustentado en la caza y en la pesca, en los Kiriliev lo que asoma apenas entrevisto es el avance de la modernidad con su tecnología puesta al servicio de la agricultura, de la propiedad privada y la consecuente segmentación de esa tierra común que ya dejará de serlo, la disolución sacrílega de esa Madre Rusia sagrada, con el aval esperable de los prepotentes burócratas de turno (recordemos: estamos en Siberia, estamos en Rusia, estamos en la Rusia de Putin); en definitiva, el preciso momento en el que un universo que aun muestra pequeños focos de resistencia pareciera inevitablemente empezar a ceder hasta la desaparición. En el medio, los niños de una familia y otra juegan juntos en el río, recelosos pero aun así niños. La pérdida de la inocencia los espera a la vuelta de la esquina: ellos también son parte de ese enorme misterio, de esa profecía siempre proferida y nunca esclarecida llamada Rusia.

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Snowy Bing Bongs Across the North Star Combat Zone , de Alex Fischer, Rachel Wolther (Vanguardia y género)

Las chicas superpoderosas del Cocoon Central Dance Team incursionan en el cine con este conjunto de números musicales irresistibles, humor físico y sketches anárquicos, en cuarenta demoledores minutos en los que toda lógica queda suspendida para ceder su lugar a una risa liberadora. Un sutil y gaseoso momento escatológico inicial promete un paraíso de irreverencia: afortunadamente, esa promesa se cumple al pie de la letra.

Milla

Milla, de Valerie Massadian (Vanguadia y género)

En Nana, exhibida en el Bafici de 2012 y debut en el largometraje de Valerie Massadian, la directora francesa ya mostraba una particular sensibilidad para abordar el universo femenino, en aquel caso el de una niña de cuatro años, ese momento esencial en el que nos es dado empezar a asomar al mundo por nuestra cuenta, ver de qué se trata eso que está más allá de nuestras narices. Es tentador pensar que Milla, la adolescente de 17 años protagonista de su nuevo film, puesta en la encrucijada de dar a luz y criar en soledad a su hijo, es una especie de continuidad de aquella, pero sería poco justo. Porque aunque vuelven a estar presente el mismo gusto por el detalle (prestar atención al ruido del bebé mientras toma la teta), la misma distancia cariñosa, el mismo ritmo sosegado de los planos o la calidez posada en cada imagen, la vida de Milla es irreductible, singular, y en su discurrir nos recuerda que el cine posee ese atributo que cada tanto aparece así en la pantalla, tan natural como la respiración, el de dar cuenta de una vida que de tan común termina asumiendo silenciosamente las formas de lo extraordinario. Casi un milagro.

 

La película infinita, de Leandro Listorti (Competencia argentina)

Fragmentos de películas argentinas inconclusas de diversas épocas sirven para construir esta especie de historia paralela del cine. Desfilan Rosario Bléfari, Héctor Alterio, Pepe Soriano o alguna versión primera de Zama, mientras una banda de sonido minimalista, extrañada, rarifica aún más el ambiente. El resultado es hipnótico, un ensayo que desdeña la reconstrucción historicista para asumir una forma propia encarnada en una narrativa esquiva, difusa y aún así presente. Como a través de un espejo roto, los restos de aquello que en su momento no pudo ser vuelven a la vida, para brindar imágenes tan oblicuas y fascinantes como las de un sueño.

 

Cortos de Johann Lurf (Foco Johann Lurf)

Cineastas experimentales hay muchos; buenos, bastantes menos; que además se permitan un refinado sentido del humor, del absurdo, de las películas como juegos hedonistas alejados de toda culpa, apenas un puñado, y entre ellos Johann Lurf. Rotondas atravesadas sobre una Vespa para terminar en ningún lugar (o siempre en el mismo), pangramas que aspiran a condensar toda la historia del cine en tres minutos, carteles de Hollywood (la mayor fábrica de sueños) para recordarnos que entrar a una sala es una (otra) especie de sueño: todo es materia prima para su vocación omnívora. Como si fuera poco, las coordenadas de su cine no se reducen a eso, y pueden hallarse en algún punto inusual en el que se solapan la obsesión cinéfila, el mundo como aparición fenomenológica, el rigor conceptual y el tiempo, siempre el tiempo como condición ineludible, basamento en el que todo se sostiene.


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