Recreo
Argentina, 2018, 96′
Dirigida por Hernán Guerschuny y Jazmín Stuart.
Con Carla Peterson, Juan Minujín, Fernán Mirás, Jazmín Stuart, Martín Slipak, Pilar Gamboa, Ramón Cruz, Agustín Bello Ghiorzi, Zoe Levinson y Ámbar Rodríguez.

This is 40?

Por Ignacio Balbuena

La premisa de Recreo es una que ya hemos visto en varias películas del mainstream americano: un grupo de amigos se reúne a pasar unos días juntos en algún lugar de descanso, pero lateralmente termina revelándose una crisis existencial ya sea generacional o bien causada por los problemas de pareja o por cosas del pasado que vuelven a la superficie. Pienso en Reencuentro de Lawrence Kasdan (hermosa película que vi por primera vez en el Festival de Mar del Plata 2017) o en el cine de Richard Linklater. Salvando las distancias, hay una intención de enmarcarse en esa tradición de las hangout movies en esta película, que incluso tiene un antecedente reciente en el mainstream argentino en Voley, de Martín Piroyanski, que también ponía a un grupo de personajes a gravitar alrededor de un actor/director en un espacio alejado. Pero mientras que en aquella el grupo era de jóvenes de alrededor de 30 o menos, en Recreo se trata de un grupo de personajes con hijos que bordea los cuarenta.

A diferencia de los referentes mencionados, en la película de Guerschuny-Stuart resulta bastante difícil empatizar con los personajes. Desde el comienzo, sin ir más lejos, todo el grupo de amigos deja entrever un aire snob, de preocupaciones banales que no despierta ninguna posible identificación. Al principio pensé que tal vez había una intención de subvertir el lugar común de este tipo de películas de tener personajes entrañables y que tal vez estábamos ante una especie de sátira sobre el cinismo de cierto argentino medio o de las generaciones contemporáneas o de amigos que son amigos de toda la vida pero en realidad se odian. Pero no, los personajes hablan boludeces nomás.

En general este tipo de películas suelen ser muy discursivas, casi teatrales en su puesta en escena, pero al comienzo Recreo parece evitar los planos de conjunto. La película empieza con una serie de detalles muy cerrados, y constantemente se cierra en primeros planos muy ajustados, con todo el fondo desenfocado o que revelan poco y nada del entorno. La cámara refleja cómo cada personaje sólo parece interesado en sí mismo y no en lo que lo rodea. Lo mismo en los planos secuencia que cada tanto cortan con el uso de los planos cortos: la pequeña coreografía que aparece en cada plano largo muestra a los personajes en la suya.

Si bien el trailer y el afiche apuntan a vender una comedia crowdpleaser con figuras reconocibles, estamos ante una película con más drama que gags, tal vez hasta un punto incómodo. Ese es otro de los problemas con los que carga:  los personajes por momentos son directamente miserables y el drama llega a instancias de presunta intensidad, contrarias al tono que suelen tener este tipo de películas. Pero si en otras la confrontación con la crisis motiva eventualmente el cambio en los personajes, las parejas de Recreo parecen estancadas en el barro. Uno sigue preguntándose si hay un guiño autoconsciente o qué.

Veamos: tenemos por un lado a Andrea y Leo (Fernán Miras y Carla Peterson), los dueños de la casa de campo en la que se alojan los personajes, y que al principio parecen una pareja perfecta. Exitosos a nivel financiero, con una casa de campo enorme, viajan por el mundo y todavía parecen más que afectuosos (y con una vida sexual abierta), aunque un hijo preadolescente algo alienado para ser el indicador de que no todo es como parece. Lo mismo para Guadalupe y Mariano (Jazmín Stuart y Juan Minujín), una pareja con un bebé recién llegado que enseguida demuestra su falta de armonía. Ella, manejando una depresión post-parto y las dificultades de ser madre por primera vez, y el, un pseudoliberal con aires de smooth talker que resulta ser homofóbico y bastante violento. Y finalmente están Nacho y Sol (Martín Siplak y Pilar Gamboa), la típica pareja joven pero con hijos (trillizos) que llegaron temprano y que le generan un altísimo grado de estrés a la madre, provocando que la pareja funcione como a desgano.

Enseguida el drama parece escalar: Leo ve cuestionada su masculinidad y empieza a poner su atención en la cacería, rifle en mano, abandonando el proyecto de un horno de barro. Andrea intenta conectar con su hijo de doce, que demuestra un comportamiento casi sociopático en un episodio con un pequeño perro y en monólogos extraños. Entre las dos parejas restantes, la tensión empieza a ir en aumento por los roces entre Nacho y Guadalupe, que Jazmín Stuart interpreta como un ciervo a punto de ser atropellado por un camión durante toda la película. Pero no se la siente vulnerable, sino afectada, como todo el resto de las actuaciones, que parecen poner el amplificador en 11 para que entendamos que esta gente la está pasando mal. No hay demasiado de donde agarrarse, y el film avanza sin hacer centro en ningún personaje y sin generar demasiada empatía, como ya habíamos mencionado. Y si en comedias de Judd Apatow la figura del manchild que intenta tener su espacio alejado de la familia es recurrente, acá aparece también en forma de clichés discursivos ya viejos, como esa charla sobre ‘irse de viaje, en la mano una birra y en la otra un culo’. Pero es solo un gesto, casi un guiño, una señal de reconocimiento.

Así como cuando llega la escena de ‘reviente’ con el montaje obligatorio de baile y porro que tienen siempre estas películas, también llega un momento casi fatal que de golpe despierta a los personajes y los trae de nuevo a la tierra. Por suerte, el final omite esos acentos musicales que recorren toda la película, con arpegios de piano e intervenciones genéricas de cuerdas que bien podrían estar bajadas de una librería con los tags ‘dramedy’ o ‘enredos’. Y entonces de golpe, sin progresión dramática, la película termina en un momento musical optimista que se siente como un gesto forzado (especialmente en el sonriente hijo de Andrea y Leo que pasa de la apatía total a tocar alegre la guitarra), y que muestra en definitiva que los personajes terminaron la película tal cual la empezaron. Si, están los hijos que parecen ser la instancia superadora de toda crisis, pero ahí está ese simbolismo del final para indicar que aún con un cimiento firme, puede sobrevenir un derrumbe. Resulta una metáfora apropiada para el mainstream cómico argentino también: Recreo no es una película particularmente mala y es hasta relativamente competente en su ejecución, pero tampoco tiene nada que la haga memorable, y en el medio de otros estrenos más fuertes, pasará como otro ejemplo semi-fallido de su género. Apatow no hace escuela en las pampas.

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