Robin Williams: Come Inside My Mind
EE.UU., 2018, 116′
Dirigida por Marina Zenovich
Con Robin Williams, Billy Crystal, Bobcat Goldthwait, Eric Idle

La violencia del bronce

Por Sergio Monsalve

Los mártires de la comedia se sacrificaron para hacernos reír. Pero su gracia encubría el abismo de la depresión. La paradoja del género radica en el dilema existencial de los hombres y las mujeres del teatro como farsa. Luego la tragedia cobraría las vidas de Freddie Prinze, John Belushi, Chris Farley y otros más que engrosan la lista. A la misma sumamos el nombre de Robin Williams, un humorista ahorcado, ahogado por la sombra. Un documental intenta despejar las dudas sobre su triste final. Y, en alguna medida, podemos decir que logra en parte su cometido, al reconstruir el suicidio del actor en los testimonios de amigos y familiares. Sin embargo, la discreción impera en el montaje puritano del largometraje en cuestión. Un director como Nick Broomfield, quizás, hubiese descubierto otras posibilidades, otras lecturas en torno a la muerte del actor.

Come Inside My Mind resuelve con demasiada prisa la complejidad de los últimos días del intérprete. En apariencia la directora prefiere ofrecer la versión oficial de la ex pareja, del hijo y del hermano creativo del protagonista. Así es difícil develar el misterio planteado por el título. No hay ningún ingreso a ninguna mente creativa. Más bien pareciera que circundáramos esa cabeza, pero nunca que lográramos penetrarla. 

Acaso el gran defecto de este documental rico en material de archivos y en testimonios sea precisamente esto: su apego incondicional a esos materiales autorizados, ciñéndose al modelo (un poco más elegante) de los programas sensacionalistas de televisión como los biopics amarillos de E!.
En este caso, la directora Marina Zenovich hace un esfuerzo expreso en tiempo y composición de los encuadres, en evidente necesidad de romper con los estereotipos y los memes de la estética convencional de los documentales de entrevista y archivo. En efecto, consigue un tono más humano y profundo en las honestas declaraciones del círculo íntimo de Williams.

Verbigracia, el dilema existencial de Robin se descifra en anécdotas como las de Mark Romanek durante el rodaje de Retratos de una obsesión (Mark Romanek, 2002), cuando el director le daba un tiempo de respiro a la figura del casting para gastar bromas y reclamar la atención del personal, antes de volver a su personaje frío, apagado, azul (en su connotación depresiva y triste) y trastornado.

El resto de las entrevistas simplificarán el relato cronológico de una biografía de la Babilonia de Hollywood, aportando datos y ángulos desconocidos. Resiente el material, en cualquier caso, la ausencia de voces críticas y disonantes en el coro orquestado por la realizadora bajo el paraguas de HBO, una cadena responsable de tantos aciertos como reveses en el campo de la no ficción. Al fin y al cabo, si bien el canal de cable alienta la producción de contenidos alternativos, suele contener cualquier tentativa experimental de sus encargos y proyectos, al imponerles unos paradigmas estandarizados de creación. Mismo defecto puede achacársele a la menguante programación documental de Netflix, animada por temas y expresiones del mainstream, contando honrosas excepciones a la regla.

Come Inside My Mind viene a confirmar innumerables sospechas: Robin Williams arrancó por el método, posteriormente asumió la modernidad de la improvisación y el slapstick, para, finalmente, establecerse en un patrón de clasicismo conservador, en pos de los premios y los reconocimientos. Gana el Oscar por una plomiza interpretación secundaria, donde Williams complacía a la academia en la idea de disfrazarse de padre risueño y orientador de Matt Damon, otro rebelde domesticado por la fábrica de churros de lujo de Miramax. Nunca el Oscar reconoció la faceta disruptiva y políticamente incorrecta del genio del humor físico en las demencias filmadas al servicio de Gilliam, Levinson y Columbus. El payaso, en su sitio.

Aunque me gustó en su momento, jamás creí la máscara del Robin travestido en el antihéroe melancólico de La Sociedad de los Poetas Muertos. A menudo RW fue encasillado en el papel del profesor Keating, el arquetipo de su principal concesión con el mercado de las estatuillas. Aún más odiosa resultaba la impostación del médico que interpretaba en Despertares y el forzamiento solemne (bueno, al fin y al cabo Christopher Nolan estaba detrás de cámara) de su personaje en Insomnia. Dos caricaturas del artie. Bien por el contrario, siempre amé la transgresión iconoclasta de Popeye, Papá por siempre, Jumanji y Maten a Smoochy (joya oscurísima, reveladora de una faceta violenta y destructiva detrás de toda máscara de muchos comediantes, película olímpicamente ignorada por el documental). Con todo y sus deslices, la película es un buen pretexto para recordar por qué Williams sintetizó un género y un star system en vías de decadencia.   

Come Inside My Mind aspira a su nominación, a su candidatura y por ello se mete poco en el barro de la discusión del mito y sus derivas. De hecho prolonga el mito ad infinitum, como si una muerte no fuera un motivo justo y necesario para volver a acercarse a una persona y, eventualmente, humanizarla. Porque los mitos también pueden ser una carga de violencia imposible de sostener sobre los hombros. Incluso más allá de la vida. 

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