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Sexo desafortunado o Porno loco

Por Amilcar Boetto

Babardeală cu buclucsau porno balamuc 
Rumania, 2021, 106′
Dirigida por Radu Jude
Con Katia PascariuClaudia IeremiaOlimpia MalaiNicodim UngureanuAlexandru PotoceanAndi Vasluianu

Una representación

En algún callejón de Bucarest, una profesora entra a una casa, la cámara panea y muestra en el  suelo, en medio del cemento, una planta creciendo. La metáfora sería obvia si el sistema  narrativo de la película quisiera imponer en ella algún tipo de significación conclusiva. Pero la  película de Radu Jude no es tan simple: la imagen de las plantas creciendo es una imagen más  de un conjunto muy grande y complejo de imágenes.  

Si uno lo piensa, el problema de la imagen pornográfica no es tan distinto al problema de una  planta naciendo en el cemento. Hay, en ambos casos, una parte orgánica siendo rodeada por una  parte sintética. Las primeras imágenes de la película, que se plantean en el registro del porno  casero, muestran la intimidad de una pareja, y, si bien podemos observar la bombacha rota de la  mujer, y la fragilidad de su cuerpo (justamente, el porno casero tiene esa condición que lo aleja  mucho del porno industrial: los cuerpos son más parecidos a los que la gente normal tiene), en el  objetivo explotativo que esas imágenes tienen, se congelan todas las gamas de sensorialidad que  esa imagen puede tener más allá del objetivo explícito de excitar.  

En los personajes que vemos en la calle cuando la profesora la recorre, vemos una tendencia de  estos a ser un objeto más de un paisaje urbano que denota superficialidad, es decir,  unidimensionalidad. El tipo que putea, la señora chusma, los niños embobinados por los dibujos  animados. Luego, también observamos figuras, como la Barbie, como los anuncios donde hay  una mujer y una inscripción que marca “me gusta profundo”. Es como si Radu Jude,  acompañado por su cita del principio de la película, se preocupara por la tendencia del ser  humano por convertirse en un muñeco, en una pieza de un engranaje urbano, en un objeto de  una imagen pornográfica.  

Sin embargo, la película no es tan simple tampoco. Si bien durante su primera parte la cámara se  desliza a través de paseos para evidenciar en que partes de la urbe se encuentran estos  hundimientos de lo orgánico en servicio de la imagen explotativa, durante su segunda parte, la de  las citas, comienza a contradecirse. Una de las citas manifiesta que el artista, preso de su  ignorancia, decide que una columna griega es arte y una chimenea de una fábrica no. Cuando  pase el tiempo, continua la cita, y las chimeneas estén en desuso, se las considerará arte, porque  son parte de una función que ya no tienen. A su vez, otra cita indica que el cine es como el  espejo que utiliza Perseo para asesinar a Medusa: no podemos ver los horrores a la cara y por  eso los vemos a través de una representación de la realidad.  

Entonces, el cine es una representación de la realidad (es decir, es una realidad siempre  incompleta, siempre derivada) y las chimeneas de las fábricas, así como los carteles publicitarios,  los carteles de cambio de dinero o cualquier otra imagen que haya mostrado la película en la  primera parte, solamente no son consideradas obras de arte porque tienen determinada función  en la actualidad. La sátira de Jude, entonces, pareciera no estar ubicada en que el humano se  volvió superficial, sino en como esconde sus horrores en funcionalidades, no sabe ver en esas  imágenes la perversidad que esconden, pero al mismo tiempo no puede empatizar con el  humano que hay detrás de la imagen, con el que plegó el cartel, con la persona que es solo un  grito atrás del tragamonedas del casino. No es una sátira al presente, porque como bien Jude  cita, el porno existe desde antes de Cristo (y la imagen que utiliza para esta cita es un registro  pornográfico mudo, época donde el cine tenía más fama de estar cerca de lo real).  

En la tercera parte de la película es cuando vemos a un ser humano enfrentarse a un conjunto de  ideas estandarizadas: una profesora enfrentándose a un tribunal de padres, quienes cada uno  representa un estereotipo distinto (el militar, el intelectual que solo cita -quizás una propia parodia  de un Jude que estuvo citando durante 40 minutos de película-, una madre loca e incendiaria). En  la única persona que vemos frustración y verdadera alteración por lo sucedido es en la profesora.  Y esa compostura alterada, dañada y sensible que mantiene, nos hace pensar que la primera  parte de la película no era solamente un capricho del director señalando en cada punto de la  ciudad la imagen pornográfica, sino que había algo de su punto de vista, desnaturalizado por el  estrés de que se haya filtrado su video, que veía porno en todos lados. Y nosotros, con la  información que no nos para de brindar el director, podemos, a su vez, acceder a ver estas  imágenes como algo más que como una huella de la degradación del humano, sino que  podemos entender al humano que hay detrás de las imágenes, entender su lado siniestro y  también su lado simpático (lo podemos insinuar, percibir, porque, de nuevo, el cine es solo una  representación, una derivación de lo real). 

Para concluir, y casi de modo nota al pie, podríamos decir que a diferencia de No Mires Arriba, la  sátira en Jude no está regida por la intención de subvalorar a personas existentes y generar un  discurso moral-político (los millonarios siempre nos van a querer cagar, como si nunca lo  hubiésemos sabido), sino que está regida por la desnaturalización de un tipo de imagen,  alejarnos de algo por medio del humor y así poder darle otra forma a lo que quiere afectar nuestra  sensorialidad más primaria. De alguna manera, es una película cercana a El Libro de la Imagen de Godard o a The Zeros and Ones de Ferrara, en el sentido en que las tres son películas que ponen  las imágenes con las que nos cruzamos todos los días en contextos muy diferentes, lo que hace  que las pensemos de otra forma. Podríamos decir que la buena comedia (pienso en Seinfeld),  suele lograr cosas similares.

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