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Tiempo de lectura: 3 minutosSin tiempo para morir

Por Rodrigo Martín Seijas

No Time to Die
Reino Unido, 2021, 163′
Dirigida por Cary Joji Fukunaga
Con Daniel Craig, Rami Malek, Léa Seydoux, Lashana Lynch, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Ana de Armas, Christoph Waltz, Ben Whishaw, Jeffrey Wright, Rory Kinnear, Dali Benssalah, Billy Magnussen, David Dencik, Julian Ferro, Toby Sauerback, Ty Hurley, Paul O’Kelly, Lampros Kalfuntzos, Ahmed Bakare

Demasiado tiempo

A lo largo de todo su trayecto, esta versión de James Bond con el rostro de Daniel Craig se cargó sobre sí misma el dilema sobre si ser o no ser fiel al espíritu que siempre sobrevoló sobre la franquicia del 007. Es decir, volcarse a la inventiva constante de acción cada vez más disparatada, con un protagonista que es una suma de superficies e iconicidades, o querer otorgarle una profundidad, ambigüedad y complejidad que no estuvo casi nunca presente en sus diversas encarnaciones cinematográficas. Esa tensión nunca estuvo resuelta, aunque posiblemente tuvo su mejor expresividad en la primera película con Craig, Casino Royale, que tenía algunos pasajes chispeantes e imaginativos dentro de un tono indudablemente crudo y seudo-trágico, en buena medida gracias a que el director Michael Campbell ya había dirigido Goldeneye, otro film de Bond, pero con Pierce Brosnan. Quantum of Solace era directamente un desastre de indecisiones, mientras que Operación Skyfall y Spectre, aun con la excesiva solemnidad que cargaban, no dejaban de tener una elegancia que las distinguía. 

Quizás ya todo se podía haber cerrado en Spectre, un film bastante aburrido salvo en pasajes muy puntuales, pero que parecía darle el final apropiado al Bond de Craig: ahí lo veíamos yéndose en un auto con Madeleine (Léa Seydoux) y dejando atrás su profesión de agente secreto al servicio de su Majestad. Y, sin embargo, surgió la necesidad de entregar otro cierre, más definitivo y, definitivamente (valga la redundancia), más trágico y melodramático, donde la solemnidad debe ser, una vez más, la regla primordial. Es que, si Bond parecía ser un personaje fuera de época, o más bien, un envase vacío que atravesaba cualquier contexto sin inmutarse, su versión del nuevo milenio es una que se ve obligada a responder a varias cuestiones de la contemporaneidad: de ahí la necesidad de una explicación psicologista para sus decisiones, la seriedad impostada, incluso la dosis de seudo feminismo políticamente correcto. 

Sin tiempo para morir es entonces un drama romántico que porta la superficie de la franquicia, pero solo hasta cierto punto, porque lo que se impone es un tono culposo, como si a la película le diera vergüenza ser “una de Bond” y quisiera ser algo más, quizás un producto que rivalice en seriedad y complejidad con la saga Bourne. Eso explica la presencia detrás de cámara de un realizador usualmente solemne como Cary Joji Fukunaga, que cumple un rol similar al de Sam Mendes: proveer cierta pericia narrativa y una puesta en escena donde, más que la acción en sí misma, importa el impacto estético de esa narración. Por eso el film está repleto de planos “bellos” en su composición, como el de Bond dando un salto en el aire con su motocicleta en la persecución en Italia. Las secuencias de alto impacto se entienden perfectamente, la coherencia es total, y, sin embargo, falta algo esencial, que es el impacto, que debería estar dado por el movimiento. La acción en Sin tiempo para morir es como una suma de cuadros pictóricos antes que imágenes cinematográficas.  

Aún así, la primera mitad de la película es relativamente entretenida, porque Fukunaga tiene algo de pulso narrativo y dota al relato de una dosis suficiente de intriga: no sabemos bien para dónde va el asunto, hay dilemas, faltan respuestas y hasta aparece la dosis de humor justa para que todo sea medianamente llevadero. Por ejemplo, todo el pasaje donde Bond debe trabajar con una agente algo inexperta pero muy simpática interpretada por Ana de Armas es tan juguetón como divertido, una especie de flashback a los tiempos del 007 de Brosnan. Sin embargo, en cuanto la película se vuelve a ver en la necesidad de adentrarse en la vertiente dramática, va cayendo progresivamente. De hecho, la última hora de Sin tiempo para morir es un desastre absoluto, con una falta de nervio llamativo, una sucesión de vueltas de tuerca totalmente arbitrarias y un ritmo cansino, que lleva a que todo luzca estiradísimo. A eso hay que agregarle un par de personajes sumamente irritantes, como el villano de Rami Malek y la nueva 007 encarnada por Lashana Lynch, que son puro gesto y nada de sustancia.

La sensación que termina transmitiendo Sin tiempo para morir en particular y los cinco films con Craig en general es que la solemnidad no encaja con Bond, un personaje que supo atraernos con su aire despreocupado y sin lazos con la corrección política. Eso fue lo que le permitió mantenerse vigente durante más de medio siglo y no la construcción de una personalidad tan pomposa como estereotipada y, finalmente, aburrida. Por suerte, se ha producido una clausura definitiva y la esperanza es que la próxima versión haga la lectura histórica correcta: por algo el espíritu Bond aparece en franquicias como Misión: Imposible, Rápidos y furiosos y hasta algunos films de Marvel. Solo falta que vuelva a surgir en el propio territorio del 007.

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