Sinónimos: Un israelí en París (Synonymes)
Israel-Francia, 2019, 123′ 
Dirigida por Nadav Lapid. 
Con Tom Mercier, Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte, John Sehil, Chris Zastera, Jonathan Boudina, Gaël Raes. 

Metáforas

Por Marcos Rodriguez

Me estoy perdiendo de algo. Sé que Nadav Lapid tiene una especie de romance con el público argentino (¿o debería decirlo al revés?) y confieso que no he visto sus películas anteriores, pero debo decir, ante el inminente estreno de Sinónimos: Un israelí en París (¡qué belleza la literalidad de este título de estreno local!) que esta cosa se parece bastante poco al cine. Ojo, lo cita bastante (de Godard a esta parte, pasando por un lindo prontuario de cine arte) y hay bastantes momentos en los que la cámara se muestra enamorada de su protagonista (del cuerpo de su protagonista), desde su pija hasta sus ojeras, en los que uno siente que el plano cobra sentido y que de algo servía pasear la cámara (un poco a las corridas) por ese París gris y mojado que poco puede enamorar a alguien (y que esa es la idea).

Pero pronto aparecen las escenas “con mensaje”, “en clave”, en las que el cine se vuelve un ejercicio metafórico puesto en marcha para encriptar temas importantes en procedimientos cinematográficos lineales, diálogos lánguidos, denuncias oblicuas pero explícitas (ay, “tocar” una chanson francesa con el ritmo de las balas que salen de una ametralladora). Todo tan ingenioso y delicado. Los burgueses parisinos ahogados en sensibilidad y aburrimiento. Los israelíes militarizados, sofocados de nacionalismo, tensión homoerótica y brutalidad. El comodín Yoav, lánguido, pijudo y poético, que se pasea entre mundos y manifiesta la condición marginal del expatriado.

No faltan los tópicos que tan bien caen en el público que va a ver esta propuesta, las culpas ni las críticas fáciles. No falta el antinaturalismo nuevaolero que nos puede evocar a Godard o a Bresson (hay una escena nocturna junto al Sena, bastante cerca de lo espantoso, que recuerda a Cuatro noches de un soñador y mal puede quedar parada en la comparación), pero ahí donde Godard rompía con la verosimilitud y el psicologismo adocenado para introducir el juego y el placer del cine (allá hace tiempo, se entiende), Lapid parece querer romper con todo eso (romper las bolas) para disfrazarse de moderno (intención no ajena a Godard, desde ya) y poder desde ahí, desde una distancia que ni llega a canchera, dedicarse a pasar diagnóstico de comportamientos, sociedades e individuos no solo en un continente sino en dos en simultáneo, y de paso, con perspectiva global. Ni de este lado (asumiendo la mierda como propia, sino señalándola en el comportamiento ridículo que no puede ser más que ajeno) ni del otro (poniéndose en el lugar hijo de puta que analiza como entomólogo la miseria humana), Lapid se ubica en la cómoda distancia intermedia: conmovido y asqueado, como para que nadie pueda acusarlo ni de colaboracionista ni de cínico. Supongo que algunos la llamarán la distancia justa. Suena más bien a otra cosa.

El hilo que une esa sucesión de perlas del sentenciar artificioso es, justamente, Yoav, personaje pobre y enigmático que se sostiene gracias a la fotogenia innegable de Tom Mercier (hallazgo y columna de la película). Lapid sabe filmarlo y eso no es poco. Pero el talento evidente no viene acompañado de la fe en lo que ese talento puede producir: importa menos el cine y su plasticidad que el mensaje evidente (EVIDENTE) y repetitivo (media idea repetida una y otra y otra y otra vez) incrustado con pericia para que el espectador debidamente preindignado pueda comprender cómo funciona el mundo y cobijarse en la seguridad de que tanto él como el responsable de esta película tienen la posta.

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