T2 Trainspotting

Reino Unido, 2017, 117’.

Director: Danny Boyle.

Con Ewan McGregor, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner y Robert Carlyle, Anjela Nedyalkova, Shirley Henderson y Kelly Macdonald.

El nuevo El Dorado

Por Fernando E. Juan Lima

¿Qué veinte años no son nada? T2 Trainspotting es menos una secuela que una indagación sobre la memoria que toma como base y texto para trabajar el de la película original de 1996. Trainspotting (Danny Boyle), estrenada en nuestro país el 1° de enero de 1997 (varios meses después de su presentación en el Festival de Cannes en mayo de 1996 y de su posterior lanzamiento mundial), se transformó en un fenómeno excepcional. Uno de esos fenómenos que atraviesan el tiempo, los territorios y las clases sociales. Ayudada por la potentísima música (la banda sonora que acompañó buena parte del fin del siglo pasado), la mixtura de descenso a los infiernos vinculado con la heroína y la utilización irónica de la estética clipera que desde los ochentas se había impuesto en el mundo del audiovisual conformaron un evento del que nadie pudo abstraerse. Trainspotting, algunas de sus imágenes, su música, sin dudas, son conocidos y pueden ser identificados incluso por quienes no vieron la película. Es más, no ha de faltar quien la referencie como el ejemplo máximo de aquella estética ligada al videoclip, cuando en realidad consiste en la señal más patente de su defunción o el comienzo de ella: el exceso paroxístico que con ironía evidencia que ese camino estaba agotado.

Hasta ahora, hasta hoy, existe un consenso generalizado que encuentra en la década del 80 del siglo pasado algo parecido al paraíso; el momento en el que todos parecían ser felices y los años que dieron a luz lo mejor de la música, el cine, el teatro. No hace falta demasiado esfuerzo para comprobar lo mentiroso y parcial de tal tipo de afirmación (al menos, en lo que al cine respecta, la década anterior parece mucho más libre, rica y diversa). Pero no nos interesa aquí siquiera intentar rebatir esa creencia aparentemente generalizada; creemos que podemos convenir que es un dato de la realidad que el negocio de la nostalgia, en la actualidad y desde hace un buen tiempo, se centra en la pretendidamente dorada década del 1980. No vale la pena enumerar las múltiples circunstancias que podrían poner en duda ese sobrevalorado brillo. Sí acordar que existe una tendencia a idealizar un determinado período histórico. Esa recurrente y conservadora tendencia se vincula con aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Y claro, ese pasado es el de la generación que en cada presente ocupa posiciones de poder o decisión; aquel momento de su adolescencia o juventud, los días en los que -posiblemente sin darse cuenta- eran felices. Los únicos días en en que lo fueron, posiblemente (o los días que eligen recordar de tal manera, aun cuando eso también se trate de una mentira).

No es que a Boyle no le interesen Renton (Ewan McGregor), Danny/Spud (Ewen Bremner), Simon/Sick Boy (Jonny Lee Miller) y Begbie (Robert Carlyle). Pero más que la excusa argumental que propone, lo que está en el centro de la indagación que realiza es cómo el presente repite el pasado, cómo funciona la memoria, cómo el perpetuo hoy impide que algo en realidad cambie. Esa tensión entre la mutación constante y la inalterabilidad de la esencia, esa manera caprichosa de reiterar una y otra vez la misma historia es lo que en realidad preocupa y fascina a este director que, de Tumba al ras de la tierra (1994) a Steve Jobs (2015) siempre ha sabido contrabandear sus temas y sus miradas en cada nueva película que realiza. Eso mismo es lo que hace de un director de cine un autor pero también, llegado el caso, un delincuente que no deja de plagiarse a sí mismo.

El mundo ha cambiado. El propio estreno de esta segunda película (que me resisto a nominarla como continuación o secuela) da muestras del cambio: del más de medio año de espera tras el paso por Cannes, en condición de promesa independiente de un cine arriesgado en 1996, al casi simultáneo estreno con la reciente Berlinale (donde pasó en la sección oficial, fuera de competencia, junto con Logan [James Mangold, 2017], por ejemplo). Pero es así, Boyle vuelve a sus personajes y logra el prodigio de construir una película que no resulta cruel ni condescendiente; que es tan dura como la original pero que no cae en la tentación moralizante ligada al previsible perverso solaz en la decrepitud.

Estamos muy distintos (hemos cambiado).

Somos los mismos.

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