Teatro de guerra
Argentina-Alemania-España, 2018, 77′
Dirigida por Lola Arias.
Con Lou Armour, David Jackson, Rubén Otero, Sukrim Rai, Gabriel Sagastume y Marcelo Vallejo.

Andamios

Por Marcos Rodriguez

Un riesgo recorre como amenaza constante Teatro de guerra: el fantasma de lo “interesante”. Se trata de todos aquellos elementos que podrían hacer que críticos y académicos la consideren digna de reflexión, excusa útil para el pensamiento, el cuestionamiento o la elucubración intelectual. Teatro de guerra es un artefacto extraño, registro de la artificialidad, documental de la puesta en escena, testimonio y reelaboración de testimonio. Adónde va a parar todo eso es lo que termina por justificar lo que podría parecer un ejercicio extravagante de premisa por lo menos prometedora: veteranos argentinos e ingleses de la Guerra de Malvinas se reúnen, comparten recuerdos, reconstruyen sus memorias y participan de un proyecto común.

Sabemos, por la información que nos llega de una manera u otra, que esta película forma parte de un proyecto artístico amplio, interdisciplinario, complejo, que incluye (por lo menos) una instalación audiovisual y una obra de teatro. Quienes no pudimos acceder más que a la parte cinematográfica de este andamiaje artístico nos estamos perdiendo, inevitablemente, de algo. Tal vez haya muchos más sentidos por descubrir en lo que muestra la pantalla que los que veremos quienes nos limitamos a sentarnos en nuestra butaca durante los 77 minutos que dura esta película. Tal vez. Siempre habrá más cosas que podríamos saber cuando miramos. Habrá que confiar, si es que Teatro de guerra funciona como cine, que lo que vimos tiene un sentido en sí mismo.

En algún punto, Teatro de guerra funciona como el registro del trabajo de creación, sospechamos,  de la obra de teatro. No se limita, por supuesto, a este ejercicio tan pobre, pero ese juego está siempre presente: vemos los cuerpos de estos veteranos, escuchamos sus recuerdos y sus historias contados en primera persona, pero los vemos mediados por la representación. Cuando hablan, hablan con tono de recitado, se mueven siguiendo marcas. Cuando los escuchamos, muchas veces vemos una representación diferida: un fondo blanco, una escalera metálica, soldaditos de plástico y maquetas.

Es este elemento de reflexión sobre el propio medio el que podría debilitar la fuerza de una película cuyo corazón está en el registro documental de la memoria (sea lo que sea eso) y que podría perderse por los devaneos de la estilización, siempre tan interesante. Hay momentos en Teatro de guerraen los que uno siente que la fascinación por la estilización le ganó la partida al corazón palpitante de lo que debería ser, en principio, una película sobre Malvinas, sobre todo en la serialidad de ciertos testimonios actuados (con sonidista y luces incorporados). Pero, en definitiva, no es esa la propuesta de Lola Arias, aunque la toque. Filmar lo que no se puede filmar, porque ya no está, ocurrió y no puede repetirse, requiere necesariamente de la mentira, que puede ser naturalista (aquella que se esconde a través de la ficción, a través de las lágrimas del entrevistado) o puede ser también explícita. La mentira explícita tal vez parezca más inteligente (y, por eso, interesante) pero es el recurso que elige Arias para poner en pantalla aquello que fue y no es. El mecanismo es evidente pero no es autorreferencial sino simplemente un medio.

La medida en la que Teatro de guerra logra lo que se propone se encuentra precisamente en aquellos momentos en los que,  a través de la mentira y la artificialidad apilada que es toda esta película, logra transmitir el trauma, la experiencia que significó Malvinas. Y que a veces ni siquiera remite a una reconstrucción de lo ocurrido durante la guerra, como ocurre en la hermosa escena ambientada en una pileta de natación, en la que uno de los veteranos argentinos cuenta lo que podríamos definir como un intento de suicidio a través de un parlamento evidentemente estudiado y una distribución de cuerpos por el espacio rígidamente ensayada, pero que no por eso logra transmitir menos lo que quiere transmitir.

El modo en que el antinaturalismo se vincula con lo documental es uno de los hallazgos de esta película. La escena final, en la que la representación se repite y se desdobla, cierra el sentido de todo lo que se ha venido construyendo. Es interesante cómo se construye pero es, por suerte, más que eso.

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