Ted Bundy: Durmiendo con el asesino (Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile)
EE.UU., 2019, 108′
Dirigida por Joe Berlinger
Con Zac Efron, Lily Collins, John Malkovich, Angela Sarafyan, Kaya Scodelario, Jeffrey Donovan, James Hetfield, Grace Victoria Cox, Kevin McClatchy, Carly Tamborski, William Cross, Jim Parsons, Haley Joel Osment,  Terry Kinney, Dylan Baker, Sydney Vollmer, Macie Carmosino, Morgan Pyle,  Ken Strunk, Ryan Wesley Gilreath, Joe Berlinger, Brandon Trost, Tim Young,  Chris Petty, Brian Geraghty, Michael Simkin, Caroline Hurwitz, James Harper, Grace Balbo

El hombre equivocado 

Por Gabriel Santiago Suede

Si se hiciera un concurso acerca de los títulos más engañosos, traidores, mentirosos de la historia del cine, la película de Berlinger perfectamente podría formar parte del podio de honor. Y es que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile (adjetivos calificativos que supo recibir el asesino condenado Ted Bundy, protagonista pleno de este largometraje) es cualquier cosa menos eso (me niego a llamarla con el título ridículo que le han puesto). O mejor dicho: muestra cualquier cosa menos esos adjetivos hechos carne audiovisual. En este sentido tenemos la sensación de que aquello que llevó a cabo Berlinger con este largometraje es casi el perfecto reverso de la serie televisiva de cuatro capítulos hecha por él mismo para Netflix. Si en aquel no hacíamos otra cosa mas que ver el derrotero criminal y a acumulación de cadáveres para luego si llegar a las instancias de juicio, sin por ello saber previamente los antecedentes del personaje, en Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile la operación es por su perfecto negativo, por su negación adecuada: todo lo que vemos no pertenece al terreno del morbo, del gore y de la sangre, sino que se determina a contar la perspectiva del mismo Bundy, como si la película se decidiera a creerle y lo acompañara en el trayecto, como si estuviéramos ante una versión extraña del Henry Fonda de la película de Hitchcock que da nombre a esta crítica.

Esa operación sustantiva convierte a toda la película en un artefacto rarísimo, casi al borde de un artificio mayúsculo. Esto se manifiesta en el tono de las escenas familiares, en las que Berlinger parece burlarse lisa y llanamente del personaje caricaturesco de buen pastor que Bundy quizo vender durante buena parte de su vida. Por eso la elección del punto de vista es arriesgada. Y no porque elija la perspectiva adaptada del libro escrito por su ex pareja, sino porque el salto es aún más violento y forzado. Hay, en la elección de contar desde los ojos del asesino (menos como punto de vista que como focalización privilegiada, ya que también accedemos a la perspectiva de su pareja, interpretada por Lilly Collins con bastante poco rigor) un riesgo mayúsculo ya que esa elección comporta una paradoja cruel: accedemos a su lógica o a la que pretenderá convencernos posteriormente, al llegar al juicio, pero nunca accedemos verdaderamente a su cabeza. Es decir, estamos frente a una película organizada desde un punto de vista discursivo pero no uno cognitivo. Esta disociación es tan violenta como apasionante. No, aclaro, no hay pasión alguna en esta película. Y en caso de haberlas son pasiones heladas. Lo que hay es otra cosa. La radicalidad de la apuesta se sostiene en que nosotros sabemos qué es lo que pasó realmente aunque no estuviéramos dentro de esa cabeza. Y asi y todo resulta notable cómo la película logra convertir a ese instrumento psicopático -que supone convencerse de una verdad que no es- en un motor narrativo. En definitiva: seguimos a alguien que sabemos que no es y que miente solo con el fin de verlo tropezar con su propia mentira. Pero es la película su principal articuladora. Como decía Brian De Palma, el cine es la mentira 24 veces por segundo.

El otro aspecto tiene origen en los antecedentes de Berlinger como documentalista. Ahí radica otro de los mayores atractivos de este acercamiento a una figura que a la vez es el mayor alejamiento y toma de distancia posible. En el registro cotidiano de la vida de Bundy no hay nada más remotamente distinto a la intimidad que esa representación que vemos, como si desde la misma ironía de la construcción de la familia perfecta el mismo Berlinger estuviera exponiendo el artificio de un falso documento. En el fondo es una superficie de reversibilidad la que estamos viendo: una representación falsa sobre un relato falso sobre un hecho falso detrás de un personaje real pero contado desde su mirada discursivamente hablando. El punto es que el director en ningún momento ostenta expresamente el carácter reflexivo de esas figuras, sino que apela a una suerte de falsa estructura de telefilme sensacionalista, pero, tal y como dije al inicio, sin shock, sin morbo ni nada parecido al mundo del periodismo amarillista. Por eso es notable que la operación sustantiva haya funcionado con tanta eficacia, pero a su vez sin llamar demasiado la atención de buena parte de la recepción crítica que tuvo, que tendió a considerarla una película más bien pobre en recursos y en aproximación.

Es recién hacia el final en donde Berlinger suelta un poco el acelerador y esto se nota de manera expresa en la decisión poco coherente de integrar las presuntas escenas de Bundy cometiendo uno de los tantos asesinatos. No solo es una elección torpe e innecesaria sino que en buena medida desvirtúa todo ese notable trabajo previo de fuera de campo narrativo, en donde la operatoria en torno al punto de vista de un asesino optó, como pocas veces hemos visto, por convertirlo, contrafacticamente, en un vecino amable, considerado, un marido amoroso, un hombre acusado injustamente. Un asesino si, pero un hombre injustamente acusado. Esa contradicción resuelta de manera vulgar es quizás la mayor decepción que entrega esta película extraterrestre y atípica para la época que le tocó.

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