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Tiempo de lectura: 4 minutosThe Card Counter

Por Diego Maté

EE.UU., 2021, 112′
Dirigida por Paul Schrader
Con Oscar Isaac, Tye Sheridan, Tiffany Haddish, Willem Dafoe, Bobby C. King, Alexander Babara, Marcus Wayne, Don Lay, Britton Webb, Hassel Kromer, Marlon Hayes, Justine Salas, Sherri Piper, Ekaterina Baker, Joel Michaely, Billy Slaughter, Amye Gousset, Calvin Williams

La cara que mereces

Como todo el mundo sabe, Schrader no es un narrador sino un constructor de personajes, un pintor concentrado en los aspectos que sugieren una personalidad, un especialista en retratos y ocasional paisajista al que le interesa poco el vértigo de los relatos de la pintura mitológica o de los cuadros históricos. Su filmografía no es otra cosa que una galería de perfiles más o menos ligados a problemas morales, menos un tema que el instrumento con el que Schrader traza la estructura de una personalidad. La literalidad de The Card Counter es apabullante: la película gira alrededor de un tipo que tiene como talento distintivo la habilidad de contar cartas. En realidad, eso es todo, o casi todo, el núcleo, el corazón de la historia, alrededor del cual Schrader, con sus trucos de guionista, dispone una telaraña de conflictos, traumas y vínculos. Pero nada de eso importa demasiado, el conjunto parece apenas la forma que encuentra la película para situarnos junto a un hombre gris durante dos horas de vida, una mentira compartida.

Todo es bastante simple, en verdad. William Tell vive en hoteles, moviéndose entre ciudades, de casino en casino, ganando disimuladamente pequeñas sumas al Black Jack. Hasta que se cruza con una mujer que le ofrece sponsorearlo en un torneo de póker y con un chico que sale de la nada y le hace una propuesta indecente: secuestrar a John Gordo, un viejo contratista del ejército, para torturarlo y asesinarlo. El triángulo activa la memoria de William y el guion empieza a revelar datos de su pasado: el hombre fue soldado, estuvo apostado en Abu Ghraib, allí conoció a Gordo, fue formado por él en las minucias del tormento a prisioneros y después, cuando estalló el escándalo, Tell y otros soldados cayeron presos. Schrader dibuja esos vértices con la elegancia del virtuoso que se entretiene exhibiendo sus destrezas de maestro: el espectador no puede menos que sorprenderse de la manera en la que la historia se estira y conecta esos polos tan diferentes y lejanos, Abu Ghraib y los casinos del interior de Estados Unidos, la tortura institucional y las apuestas furtivas, la mugre humana de la prisión y la higiere sobreexpuesta de los hoteles y las casas de juego. Enseguida entendemos que se trata de un contraste al que debemos prestar atención, un choque que nos habla en realidad de Tell, de su culpa, de su manía de envolver con sábanas cada objeto y cada mueble de los hoteles que visita, de su búsqueda silenciosa de redención.

Sí, pero hay algo más. Además del contraste, del pasado que vuelve, del protagonista que asume su responsabilidad y trata de salvarse, más allá de todo eso hay otra cosa, algo mejor. Schrader está fascinado como un loco con el espacio de los casinos, con las partidas de póker, con el duelo mudo entre jugadores. Nada nuevo, el cine ya filmó esto demasiadas veces, Scorsese mismo, que acá oficia de productor, hizo lo propio en The Color of Money. Pero esa era una película con estrellas, había un conflicto generacional y una competencia brutal, todo filtrado por la respiración nerviosa de Scorsese. Schrader está en la suya. En The Card Counter las cosas espectaculares, las proezas lúdicas, la batalla de egos, la lectura lúcida de la partida, todo eso sucede en el off o está filmado como a través de un ámbar, como si sucediera en cámara lenta y lejos nuestro. Schrader dirige el ojo hacia otros lugares, por ejemplo, hacia el rostro macizo de Oscar Isaac, actor de versátil y solvente capaz de mejorar casi cualquier película (incluso una porquería como Suburbicon, la película en la que Clooney se esfuerza por mostrarse tan cruel y miserable como los hermanos Coen). Isaac pone cara de nada, o cara de concentración en todo caso, de estar pensando, y no hace nada, y está bien; Schrader nos dice que no tratemos de “leer” los gestos, de volverlos síntomas caractereológicos, indicios de un drama interior, sino que los veamos apenas como lo que son, movimientos milimétricos sin otro sentido que su propio despliegue. Vean esto, dice Schrader, esto es una cara, y no hace nada, trabaja por sustracción; el cine alguna vez tuvo como proyecto el modesto propósito de (re)enseñarnos a observar a nuestros semejantes y los objetos que nos rodean, susurra Schrader, que trata de hacer lo mismo pero sin las ínfulas del documental comprometido y sus afirmaciones sobre el Otro, siempre con mayúsculas.

Retratista, entonces. Fácil, Schrader siempre cultivó el género, como director y como guionista, ya desde Taxi Driver. Pero en The Card Counter se le da también por examinar el impresionante mundo sensorial que proveen los casinos y casas de juegp en horas de baja circulación, cuando están casi deshabitados. Paisajismo, entonces. La película no se cansa de ver a Isaac y a sus acompañantes desplazándose de una sala alfombrada a otra, de sentarse en barras vacías y pedir un trago, de observar el roce de las manos con el paño verde y las fichas. De lo que se trata, en suma, es de capturar la electricidad del cuerpo cuando atraviesa o se detiene en esos sitios que mezclan con belleza la elegancia con la decadencia, de encontrar una forma de filmar la promesa de asepsia confortable de los materiales fríos y distantes que informan esos lugares.
Hay una historia después, claro, una lucha, o varias, por la felicidad, o por lo que cada uno de los personajes entiende por felicidad. La astucia de Schrader consiste en disolver esas pinceladas narrativas y, un poco como hace Bruegel en Paisaje con la caída de Ícaro, que dinamita el cuadro mitológico, reforzar las zonas descriptivas del cuadro, todo aquello que otro director hubiera pasado por alto y hubiera reducido apenas a notas de color, a “contexto”. En la última parte los hechos se precipitan a una velocidad notable y con un desinterés extraordinario: la suerte de uno de los protagonistas hasta se decide en el off. Es Schrader cumpliendo con los requisitos del género, a desgana, pero satisfecho de haber podido poner a prueba un modelo estético de superficies impersonales, un retrato de un hombre y un paisaje con la caída de de varios.

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