The Cloverfield Paradox
EE.UU., 2018, 102′
Dirigida por Julius Onah
Con 
Gugu Mbatha-Raw, David Oyelowo, Daniel Brühl, Elizabeth Debicki, Zhang Ziyi, Chris O’Dowd, John Ortiz, Aksel Hennie, Roger Davies, Donal Logue

 

El sueño de la genética

Por Miguel Peirotti

La paradoja Cloverfield es el futuro del cine. Lamentablemente no aludo a una evolución en el terreno de lo cualitativo, cuando lo que hubiera deseado es lo contrario, desenfundar mis más entusiastas loas en la descripción de una película enarbolada como nuevo hito del entretenimiento, para ser un poco presentuosos.

El arte que creamos los homo sapiens en séptimo lugar no caerá en la estepa semántica que propone el lingüísticamente fosilizado cine mainstream actual, entregado por completo a la facturación de cantidad como sinónimo perverso de calidad artística, a la funcionalidad narrativa antepuesta al misterio, en aras de conformar a más y más masticadores de pop corn de 15 años (mentales, no solo físicos). A lo que quiero ir es que el reparto de esta producción de Netflix en el terreno de la ciencia ficción, un reparto multiétnico, multinacional y multifuncional, cristaliza una tendencia industrial que apabulla de irreversible, sin pasado ni amor por el lenguaje que entronizó al cine como un práctica y una destreza totalizadoras.

Lo que “La paradoja Cloverfield” revela es no mucho mas que la coproducción planetaria como antídoto urgente contra la desproporción abisal en la que han caído los presupuestos del cine comercial de Hollywood: no hagamos películas más baratas, hagamos alianzas que aporten. En el cine argentino pasa algo parecido, que no analizaremos acá: no hay casi película que llega a los cines que no presente al menos diez logos de compañías productoras antes de los títulos. Recuerdo la cantidad que precede a “Zama”, de Lucrecia Martel, una producción que años atrás nunca habríamos relacionado a las superproducciones, puesto que es una película de época pero tampoco hay batallas ni desembarcos ni desfiles multitudinarios.

Hacer cine sale carísimo, sí, pero el que paga el peor precio en esta coyuntura es el espectador multiplataforma. El engaño también es múltiple y la desesperanza para los que queremos que nos sorprendan y no sólo que nos relaten es monstruosa como un personaje de Cloverfield.

Miren en qué andan los cuarteles centrales de Netflix: ostentan el mérito de haber anunciado una hora antes el estreno de la película en su plataforma. Con este artilugio zonzo, porque no le cabe otro adjetivo, arman una estrategia de marketing global. ¿Cuándo antes el marketing se había asociado con la pereza de manera tan cómica? Lo más seductor de la trilogía empezada con “Monstruo” y “Cloverfield” es el desarrollo de las diferentes líneas temporales de tiempo, la superposición de dimensiones, un elemento que formó parte del copyright de JJ Abrams en la serie “Lost”. Ya que mencionamos “Lost”, otra característica que une a aquel producto innovador con esta película: un final a todas luces oscuro y, sobre todo, tramposamente decepcionante.

Abrams es un genio pero trabaja en el seno de una industria idiotizada como el mundo que postula “Idiocracia” (2006), la gran comedia ulcerante de Mike Judge; una industria “okupada” por descerebrados que se burlan de lo complejo hasta silenciarlo en un subsuelo donde se guardan los cachivaches raros. Defiendo mi texto recordando que hacemos referencia a la misma industria que creó “2001, odisea del espacio” (1968) de Stanley Kubrick y “THX 1138” (1971) de George Lucas. Pensar ya fue. Soñar, también. Para qué malgastar trabajo mental cuando nos pueden dar de comer en la boca. Esto es solo puro cine digestivo, el acompañamiento de la pizza. A mí me gusta disfrutar productos del inframundo de la inteligencia también, a quién no. Siempre hay lugar para el ocio mental y para descansar la materia gris. El problema es la invasión; la creación de la forma binaria del espectáculo ruido = entretenimiento formadora de perros pavlovianos sobre butacas. Cuando desde Hollywood sólo piensan en imbecilidades como esta trilogía, cuyos autores mismos desconocen bien de qué va (“… bueno, ahora cualquier cosa podría ser una película de Cloverfield”, se escudó ridículamente Abrams ante la horda de espectadores antibióticos que se quejaron de no entender el final), aflora la amenaza contra nuestro derecho a la diversidad lúdica y el mundo del cine deja de ser un lugar divertido para afirmarse como un desierto lleno de mermelada barata de costo multimillonario.

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