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Tiempo de lectura: 3 minutosThe green knight

Por Marcos Rodríguez

EE.UU., 2021, 130′ 
Dirigida por David Lowery
Con Dev Patel, Barry Keoghan, Alicia Vikander, Ralph Ineson, Kate Dickie, Erin Kellyman, Joel Edgerton, Sarita Choudhury, Sean Harris, Helena Browne, Emilie Hetland, Anthony Morris, Megan Tiernan, Noelle Brown

Sin piel

Es sabido que el culto a la originalidad le ha hecho tragar más de un sapo a quienes  piensan el cine. Los expertos, los vanguardistas y los entusiastas encuentran en lo diferente, por lo menos, algo diferente. Pero incluso si compartimos una cuota del desgaste evidente que supone esta búsqueda (para quien ve tanto, inevitablemente, las cosas terminan por parecerse), incluso si uno genuinamente se siente atraído solo por lo que no ha visto antes, incluso así se debe  reconocer que lo diferente no supone necesariamente algo nuevo ni, mucho menos, algo bueno. Por lo general, lo diferente (no así lo nuevo) suele venir precedido por una ola de loas alzadas por quienes vieron lo diferente primero: críticos, publicistas, estrellitas, extractos de textos, comillas, un tsunami de entusiasmo. Así uno se entera de que hay algo para ver. A veces vale la pena, otras no.

Lo intenté pero no hubo forma: The Green Knight no tiene ni pies ni cabeza. Quienes hayan visto la película, podrán entender el (mal) chiste; quienes no, tal vez prefieran ahorrárselo. Hay una ambición, es cierto, en la película de David Lowery que en teoría suena interesante: narrar una vieja leyenda medieval, plagada de elementos místicos y sobrenaturales, explotando los elementos plásticos del cine. Es así que encontramos encuadres lindos, mucho diseño de vestuario y utilería, juegos de luces, montajes raros, espacios que se expanden y se contraen, mucho primer plano de Dev Patel con cara de venado extraviado. Podía ser lindo. Para quienes se extasían con el diseño de producción seguramente lo será. Quien busque cine, sin embargo, va a encontrar algo diferente.

Hay un elemento de vestuario que resulta significativo: las coronas. Desde el prólogo se le presta especial atención a ese elemento: no se trata de una simple corona, ni siquiera de una corona especialmente diseñada y ornamentada. La corona de The Green Knight es algo así como una corona doble: en un juego de orfebrería se combinan el círculo de la corona “real”, como todos la conocemos, con un círculo vertical, que se levanta por detrás y funciona como una especie de aureola metálica. Como si el objeto-corona del mundo de The Green Knight hubiera incorporado la aureola de las representaciones pictóricas a su propia realidad. Como si los reyes de este reino fueran a la vez reyes y estampitas. Es absurdo y, por supuesto, no es realista, pero apunta en una dirección: como si The Green Knight buscara construir otra cosa. Uno casi querría tener esperanzas.

El problema, sin embargo, es que el juego no se juega a fondo: The Green Knight es rara pero nunca desconcierta, marea un poco pero tiene miedo de perder a su espectador. No hay una verdadera búsqueda de frotar el cine contra una representación que le es ajena para generar algo nuevo. Pero tampoco hay una apuesta por el clasicismo de la aventura, la misión y la identificación. Igualmente lejos de Parajanov, Pasolini o Tarkovski como de un producto bien pulido de Hollywood, de esos que hubiera sido fácil despreciar, The Green Knight se queda en el ámbito tibio de lo “simbólico”, terreno fértil para la pretensión, para las cosas importantes, pero más bien difícil para el cine.

Esto se relaciona, por otro lado, con esa decisión tan moderna del “color-blind casting”, de la cual Dev Patel pareciera ser ya casi un abonado: un par de películas más (junto con la David Copperfield que hizo hace poco) y casi podemos inaugurar un género nuevo: películas de época con casting no discriminador protagonizadas por Dev Patel. La idea, para quienes no están en el medio, sería más o menos así: resulta que quienes hicimos esta película somos tan poco discriminadores que no nos fijamos en el color de la piel de los actores al momento de elegirlos para un papel. Lo cual podría sonar bien pero resulta más problemática cuando, de pronto, al rey Arturo le aparece una hermana india y, por linaje directo, un heredero oscurito interpretado por Patel. ¿Importa que hayan elegido o no a Patel por sus brillantes cualidades actorales o por el tono de su melanina? ¿Importa que el rey Arturo (ese que probablemente nunca existió) no hubiera podido tener un heredero así? ¿Importa que en The Green Knight Patel parezca ser, junto a su madre, el único morocho de ese universo tan medieval? Lo que me interesa del gesto de elegir a un actor de piel oscura y sumergirlo en un mar de leche es la operación constante (y moralista) que le exige al espectador: quien mire The Green Knight no debe permitirse concentrar su atención en el hecho de que Sir Gawain tiene clara ascendencia india; si lo hace, es un racista. Esta coerción simbólica no busca igualar sino anular: quien filma esa cara no quiere registrar la carne que se posa frente al lente, no busca trabajar con la realidad de la materia que se le presenta, sino que quiere hacer como si esa materia no significara nada. No reconocer, no trabajar esa realidad, sino negarla simbólicamente, anularla.

De la misma forma, Lowery no trabaja la materia plástica que pone en pantalla, sino que la despliega como si esa materia quisiera decir otra cosa. Acumula trucos no para jugar con el artefacto, sino como si buscara distraer al espectador para que crea que hay algo más ahí, que sus mecanismos guardan sabiduría, que sus aguas turbias son profundas.

Eso es lo opuesto al cine.

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