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Tiempo de lectura: 3 minutosThe Mauritanian

Por Sergio Monsalve

Reino Unido, 2021, 129′
Dirigida por Kevin Macdonald
Con Tahar Rahim, Jodie Foster, Shailene Woodley, Benedict Cumberbatch, Zachary Levi, Corey Johnson, Langley Kirkwood, David Fynn, Darron Meyer, Arthur Falko, Stevel Marc, Walter van Dyk, Daniel Kühne

La opinión pública

Delay político de al menos una década o más. Es una constante del cine concienciado de Hollywood y sus satélites globales. Con denuncias así no podemos contar para grandes cambios sociales y culturales, cuando la ocasión lo amerita. A tal paso, la meca hará un filme sobre el populismo de Trump en diez años. De repente, Donald vuelve primero a la Casa Blanca. 

Paradójicamente, la buenista The Mauritanian fue descartada de la carrera por los premios de la academia, a pesar de cumplir con el código de censura establecido y convenido en los grandes sistemas de producción. El pacto indica trabajar al servicio de las agencias y de los consensos, incluso contando con el apoyo del propio Pentágono, donde aprueban y tachan guiones dependiendo de la orientación ideológica. 

De llevar la contraria, puede usted tocar un tema álgido del pasado, nunca del presente, pues los implicados tienen todavía poder de veto y hasta posibilidad de demandarlo.  

La academia del pecho frío prefiere mirar a otro lado, consagrando la confesión zoofílica de un amante de los pulpos, en vez de si quiera postular y reconocer a una crítica de las centrales de inteligencia.  

Por tal motivo, me cuesta un mundo tomarme en serio el compromiso de The Mauritanian con la búsqueda de la verdad. No dudo de sus intenciones de “inclusividad”, de “representatividad”, de superar viejos estereotipos xenofóbicos. Sin embargo, su propuesta me resulta tan extemporánea como una no noticia de Wikileaks. 

Es, como dijo Federico Karstulovich en el siguiente podcast, un cine más reaccionario que progre, enamorado de sí mismo y de su estéril mecánica de efectos dramáticos. 

Lo diré de una forma bastante brutal. The Mauritanian llega tarde a un terreno que cuenta con tres obras maestras: Camino a Guantánamo, Taxi to dark Side y Standard Operation Procedure, el durísimo documental de Errol Morris estrenado durante la gestión de los infames creadores de los protocolos de tortura, a consecuencia del once de septiembre. De hecho la referencia de Morris se vuelve innegable casi hasta el plagio. Dato curioso: habrán pagado derechos?

Errol Morris sí es un valiente, al sentar en el banquillo de los acusados a los militares que fotografiaron y humillaron a los presos en Abu Grahib, exponiendo la banalidad del mal de un grupo de grises funcionarios que seguían las órdenes emanadas de la cadena de mando que iba de Bush a Donald Rumsfeld, quien luego sería interpelado por el mismo director en otro polémico largometraje de no ficción. 

Este es el cine que se mete en el barro a tiempo, que procura salvarnos, que hace el trabajo que la prensa y el mainstream silencian. 

Frente a ello, ¿qué nos ofrece The Mauritanian? Sencillamente una engreída oportunidad de lucimiento por parte de su realizador y su casting, quienes instrumentan la pornografía de la miseria de una pobre víctima de la burocracia antiterrorista. 

El caso ya ha sido ilustrado por un best seller y cuenta la historia de un inocente musulmán al que acusan de organizar los atentados de las torres gemelas, bajo la red conspirativa de Osama Bin Laden. Grandes actores en inolvidables papeles escritos, interpretan el guion de la tragedia, con la mira puesta en el mercado del descontento y la indignación demagógica de la web. 

Jodie Foster concede prestigio y profesionalismo al reparto de ganadores y nominados a la estatuilla dorada. Kevin McDonald destila oficio en cada plano, aporta una convincente solvencia narrativa a través de una ejecución correctísima en su estética de thriller delux de la era Netflix. 

No obstante, sospecho que la imagen carece de identidad y de la personalidad que exige un filme trascendente, como los que se quieren imitar, es decir, a la manera de las monstruosidades de Pakula y Lumet en los setenta, relatando el declive de la américa postwatergate que dejó el fiasco de Nixon y Vietnam. 

Como curiosidad, la película de McDonald pertenece a la tendencia del síndrome traumático de las guerras virtuales del milenio, que tuvieron lugar en las pantallas, mientras incubaban una realidad desértica que serviría de plataforma y excusa para el surgimiento del estado islámico, lo que en la CIA califican de “efecto boomerang” o “daño colateral”. 

En cinco o diez años, veremos una película sobre el DAESH (también conocido como ISIS, pero al que no debemos nombrar de ese modo ya que supone rendirle autoridad a los grupos terroristas) y de cómo un Rambo se infiltra en el califato, para dinamitarlo y liberar al planeta del yugo musulmán. 

A lo mejor la censura del Oscar lo impide antes, porque tampoco se pueden hacer películas como Rambo III, en las que Sylvester Stallone juega con los talibanes y los autoriza para cometer sus tropelías en la región, a expensas del equilibrio de la guerra fría, generando desastres futuros. 

Confieso que lo más me gustó fueron los archivos del final, en los que aparece el auténtico personaje que sufrió la barbarie de Guantánamo. Un merecido alivio a su tormento, una justa reivindicación de su imagen. De modo que regresamos al punto inicial. 

La ficción política va a la zaga de la opinión pública, con retraso y una evidente falta de creatividad en su universo de entropía audiovisual.

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