The Unicorn 
EE.UU., 2018, 92′
Dirigida por Isabelle Dupuis y Tim Geraghty.

Un lugar en el mundo

Por Ludmila Ferreri

Tengo que confesar que me sobrepasa la fascinación por personajes estrafalarios, expatriados del mundo, gente a la intemperie. Pero aclaro, mi interés no está puesto en la pornomiseria del sufrimiento ni en el goce por el padecimiento ajeno, sino en la posibilidad que ofrece el cine para abrir una ventana a esas voces. Siempre y cuando la ventana no sea la de la explotación, claro. Por eso cuando las películas son portadoras de una ética noble en lo que respecta a su posicionamiento con quienes filma, yo compro. Hace muchos años, cuando no sabía quien era y la enganché por el cable en Film and Arts conocí por primera vez a Crumb (Terry Zwigoff, 1994), película en la que si bien su protagonista había logrado convertirse en una estrella del mundo del dibujo, nada de eso desdeñaba algo del infierno personal que alguna vez supo experimentar. Bastante más dura que la película del director de Ghost World era esa otra maravilla que también super ver en continuado con la película del dibujante. Me refiero a Brothers Keeper (Joe Berlinger, 1992), en donde el registro de un hombre acusado de asesinar a su hermano también permitía un registro de la miseria, pero no un registro miserable. Bueno, ni hablar de esa obra maestra absoluta que es El desencanto (Jaime Chavarri, 1978), sobre vida y obra de la familia del poeta español Leopoldo Panero. Pero quizás una de las películas más demenciales sobre esos mundos de los expatriados de la vida “convencional” sea la inevitable y canónica (y referencial a todas luces para The Unicorn) Grey Gardens (Hermanos Maysles, 1975), películas sobre la imposible convivencia en una casa derruida de las hermanas Edith y Edie Bouvier. Bueno, en esa dirección, en el último Bafici se me cruzó The Unicorn. Y gracias a compañeros de esta revista pude volver a verla para hablar sobre como esa fascinación volvió a mi como un latigazo a la hora de enfrentar los 92′ de las penurias y miserias de la familia Grudzien.

En términos concretos el documental tiene todo lo que necesitan esta clase de películas: una casa que se viene abajo, un padre casi centenario que maltrata a sus hijos y ocupa una parte de la casa, un hijo que supo editar un disco country independiente en los 70s con temática gay (tópico que la película afortunadamente no explota para el lado célebre) y una hija (y hermana del segundo) con trastornos psiquiátricos y tendencia a la fabulación. En el medio amigos que visitan la casa y cuyo estado psíquico pende de un hilo, familiares que se aprestan a resolver jurídicamente la herencia de esa propiedad cuando el patriarca de la familia muera y finalmente, la paranoia del mismo Peter Gridzen, el músico, quien vive aislado y encerrado en su casa hasta sus últimos días, rodeado de cámaras de seguridad y temeroso porque alguien quiera desalojarlo.

Si bien la película podía correr el peligro de comportarse como los documentales aberrantes sobre la pobreza y la miseria, en ningún momento se nos expone a eso. Casi sin intervenir en lo que filman, el dúo de directores sigue casi a todos lados a estos personajes que habitan ese caserón como si se tratara de una mansión embrujada. En ese mismo espacio mixto, en el que los tres integrantes se odian pero no pueden sino vivir juntos, no vemos otra cosa que una demolición en cámara lenta y en sordina, que a nadie parece importarle, como si en efecto los personajes estuvieran recluidos en un psiquiátrico privado. De ahí que el núcleo sea la vida de Peter y el lugar de la música (el hombre asegura haber compuesto más de 900 canciones, de las cuales el 90 por ciento parece haberse perdido o al menos se desconoce) en su vida. En ese registro, sin embargo, se oculta un secreto: la batalla del mismo Peter contra el olvido. Y es que la película no hace más que girar en torno a esa idea que acaso sea el terror de muchos: ser olvidado, pasar sin pena ni gloria por la existencia terrenal. Por eso la película no solo registra la vida privada de Peter y su familia, sino también su obsesión malsana (la película fue grabada en 2006 y 2007, cuando los celulares no habilitaban plenamente el recurso del grabado en video, o al menos no permitían un registro decente) por grabar su propia vida, todo el tiempo, como si en ese registro se produjera una reescritura de su propio lugar en el mundo.

Es central pensar, por lo tanto, qué es lo que hacen los directores con esos registros. Y ahí es donde podemos reconocer una segunda clave de la película: por un lado se nos muestra todo el registro previo a dos muertes centrales (no voy a decir cuales, pero infieran) y luego, con enorme tino, la decisión se queda en mostrar y releer los últimos años de vida de Pete pero desde su propio registro personal, como si en alguna medida la película hubiera elegido fundirse con el registro de su propio documentado hasta volverse una misma cosa. De hecho formalmente la película expone casi las mismas desprolijidades que las grabaciones caseras de Peter Grudzien, lo que a la larga contrario a ser una limitación o un marcado contraste de parte de los realizadores termina por volverse un medio para empatizar con el protagonista: no hay intento de diferenciación, sino una suerte de ternura formal que busca acompañar al entrevistado en la etapa inmediatamente previa a su fallecimiento (sucedido varios años después del registro) y quedarse con él. Esa decisión reconoce una mirada, una ética y un posicionamiento infrecuente frente a la locura, la tristeza, la miseria y la expulsión del sistema. En ese movimiento feliz, Peter se vuelve un unicornio electromagnético y cobra existencia (auto)ficcional en una cinta de video. Esa consideración convierte a The Unicorn en una experiencia necesaria y melancólica como pocas veces vayamos a ver.

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