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Top Gun: Maverick 

Por Rodrigo Martín Seijas

EE.UU., 2022, 131′
Dirigida por Joseph Kosinski
Con Tom Cruise, Miles Teller, Jennifer Connelly, Jon Hamm, Glen Powell, Ed Harris, Val Kilmer, Lewis Pullman, Charles Parnell, Bashir Salahuddin, Monica Barbaro, Jay Ellis, Danny Ramirez, Jean Louisa Kelly, Manny Jacinto, Jake Picking, Penelope Kapudija, Peter Mark Kendall, Chelsea Harris, Kara Wang, Raymond Lee, Lyliana Wray, Roberta Sparta, Jason Woods, Dana Byrne, Nancy DeMars, Mark Anthony Cox, James Quach, Tristan Henry

¿Para qué volver?

1-Dejemos desde el principio algo en claro: como en toda década, hay un puñado de films en los ochenta que fueron éxitos tan enormes como difíciles de entender. Se me vienen a la memoria tres de ellos: Un detective suelto en Hollywood, Flashdance y, por supuesto, Top Gun, las tres producidas por Jerry Bruckheimer, un tipo que -para bien y para mal- siempre supo captar e interpelar los gustos de esa entelequia bastante difusa llamada “público masivo”. En el último caso, se puede decir que insertaba con cierta habilidad algunos parámetros del género deportivo (la sumatoria de talentos individuales con egos enormes tratando de ser equipo) dentro de un relato bélico que expresaba la ideología norteamericana dominante hacia el final de la Guerra Fría. Pero también que la mayoría de sus personajes eran seres insoportables, y no solo por el ego: la superficialidad de Pete “Maverick” Mitchell era agobiante y la contraparte que era Tom “Iceman” Kazansky solo buscaba competirle para que nos cayera aún menos simpático. El único personaje medianamente soportable era Goose, y se moría -de forma entre arbitraria y absurda- durante el segundo tercio de la película. Entonces es válido preguntarse no solo por las razones de su éxito -un interrogante de índole más que nada coyuntural-, sino también qué se extraña de Top Gun en la actualidad, más allá de un imaginario estético y musical que nos conecta con un tiempo que ya existe, pero al que insistimos en recuperar. 

2-En relación con lo anterior, el éxito de público, ya preanunciado por su éxito de crítica, de Top Gun: Maverick es un síntoma, quizás, de la cristalización de un proceso nostálgico marcado por la influencia de J.J. Abrams -primero con Star Trek, luego con Super 8 y después con Star Wars-, las legacy sequels y el éxito de Stranger things. Ya hay una legitimación absoluta de ese mecanismo, que al mismo tiempo empieza a encontrar límites creativos, como si esa reelaboración de sensibilidades relacionadas no tanto con la experiencia, sino con el recuerdo de esa experiencia, ya no puede crear algo nuevo, sino que decide conformar -y conformarse- con recrear un recuerdo idealizado. 

3-Pero con Top Gun: Maverick se agrega una particularidad, un giro extra, que potencia la nostalgia. Porque ahora no se añora solamente el cine de determinada época, ese haber estado ahí que se recupera no de forma totalmente pura, sino al cine en sí mismo, a partir de la amenaza que suponen el streaming y otros formatos domésticos que alejan a los espectadores de las salas. Ya ni siquiera se siente nostalgia por la cinefilia y la discusión alrededor de un film, sino por el acto mismo de ir a un cine –aunque sea uno pequeño- y dejarse llevar por lo que vemos en la pantalla, en esa experiencia audiovisual que no es tan solitaria, sino compartida con propios y hasta desconocidos. Tom Cruise se hace cargo de esto, de que es de las últimas estrellas capaces de arrastrar público por sí solo, con su figura en el póster, y por eso su insistencia en que el film se estrene en el cine y no vaya al streaming, en un posicionamiento no solo artístico, sino incluso ideológico, poniéndole el cuerpo a un contexto ciertamente desafiante a partir de los cambios de hábitos ocasionados –o acelerados- por la pandemia y la cuarentena.

4-Pero Cruise pone también el cuerpo literalmente, en un intento por mirarse a sí mismo y la etapa que atraviesa, donde su edad lo coloca en un lugar distinto al que tenía en el Siglo XX. Esa especie de auto-análisis ya empezaba a palparse en Misión: Imposible-Repercusión, donde Ethan Hunt se chocaba con sus límites físicos, pero también éticos y morales. Claro que en ese gesto se percibía una contradicción, porque si Hunt parecía encontrar ciertas barreras para sus acciones, el otro personaje que lo abarca y trasciende, que es el propio Cruise –actor, estrella, doble de riesgo de sí mismo, mito- siempre quería mostrar que podía superar cualquier límite. Y esa dificultad para encontrar una coherencia entre los discursos que se desplegaban frente a la pantalla se repite y potencia en Top Gun: Maverick, donde lo humano y lo mítico no llegan a encontrar una cohesión apropiada. Quizás sea que a Cruise todavía le falta madurar: es más inteligente que Eddie Murphy –que hace las secuelas de Un príncipe en Nueva York y Un detective suelto en Hollywood porque no tiene otra manera de revitalizar su carrera-, pero todavía le falta para alcanzar la sabiduría de Sylvester Stallone para releer su carrera como hizo en Rocky Balboa y Creed. Cruise quiere decirnos –y decirse a sí mismo- que ya está ingresando a la vejez, pero mientras tanto busca seguir logrando prodigios, como si el tiempo no pasara.

5-Quizás por eso es que Top Gun: Maverick es, esencialmente, un perfecto logro técnico y una demostración de lo que puede entregarnos la maquinaria hollywoodense funcionando a pleno. Lo es porque el director Joseph Kosinski realiza un gran trabajo con el ancho de los planos y la profundidad de campo, además delinear un montaje vibrante y sacarle todo el provecho posible a la expresividad del sonido. También porque el elenco y sus actuaciones exudan clasicismo a cada momento: no solo Cruise, sino también Jennifer Connelly, que entiende el juego y se maneja como si estuviera en un western; Ed Harris, que pone cara de culo cinco minutos y con eso le sobra para demostrar que es un grande; Val Kilmer, que a pesar de no ser un gran actor, ya tiene la experiencia necesaria para sacarle el jugo a la única escena que le toca; y Jon Hamm, que no tiene tantos años de fama encima, pero sabe decir mucho apenas con la forma en que se para en el espacio que ocupa. E incluso se puede reconocer la economía de recursos que exhibe el film en algunas secuencias puntuales, como esa donde Connelly le deja la puerta de su casa abierta a Cruise y con eso se entiende todo. Sin embargo, el virtuosismo técnico no va más allá y solo queda un relato de aprendizaje, redención y profesionalismo que está ahí, latente, sin llegar a explotar todas sus posibilidades, sin capacidad para emocionar más allá de las instancias de repetición y recuerdo de lo ya visto hace casi cuatro décadas.6-Hay en la narración un análisis constante y explícito de lo que Pete “Maverick” Mitchell puede aportarle a las nuevas generaciones y el dilema de cómo puede superar sus viejos hábitos, que lo muestran como alguien inmaduro y que se pierde una multitud de oportunidades (profesionales, pero también afectivas), aunque siempre haya alguien que lo salve porque, al fin y al cabo, se hace querer, incluso irracionalmente. Top Gun: Maverick presenta esos conflictos confluyentes de forma un tanto lineal, casi prepotente desde el carisma de su superficie, confiando excesivamente en que su espectador está dispuesto a completar sus vacíos con cualquier tipo de significados. De ahí que sea un film mucho más interesante por sus implicancias coyunturales que por lo que cuenta y cómo lo cuenta. Y que nos interpela involuntariamente sobre los consensos celebratorios: ¿festejamos lo que nos da una película o lo que simboliza cuando vemos amenazadas ciertas tradiciones y experiencias que sustentan nuestra identidad? O, simplificando y siendo más directos: ¿nos gusta Top Gun: Maverick por sus logros como film en sí mismo o porque queremos verlo como un indicador de que el cine todavía puede dar pelea como entretenimiento masivo? Creo que es pertinente empezar a hacerse esas preguntas y no quedarnos con las respuestas cómodas.

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