Nuestra enviada especial a Toronto se despacha con su último diario de festival. Luego de varios días de panzada, ya que como bien se ocupó de contarnos, el festival canadiense es uno de esos festivales que reúnen lo más importante que pasón en el año por otras muestras, lo que resta es el cierre, la despedida melancólica de las alfombras rojas. Pero en el medio alguna preocupación por el futuro del festival, por su tendencia a reducirse. Pero como siempre, las películas están ahí. Y este diario está plagado de ellas.

Despedida

Por Laura N. Vitali

Desde la primera nota de esta cobertura he manifestado las dudas que me despierta la idea de que “achicar” el Festival es una manera de poner más atención a la curaduría. Según esta postura, el público, si la oferta es muy grande “se pierde” y la muestra deja de cumplir su cometido. Lo importante sería la selección, el recorte, eso es lo que daría el perfil propio del Festival. Entiendo esa interpretación y no deja de tener algo de verdad. También es cierto que lo dicho resulta especialmente de aplicación en lugares donde la mayoría de las películas programadas tienen luego estreno más o menos comercial. TIFF de hecho es una organización que funciona todo el año, que tiene varias muestras y festivales y hasta salas propias que día a día amplían la oferta de la cartelera. En países como Argentina, donde los festivales cumplen también un rol de suplir las lagunas y límites de una oferta cada vez más concentrada, la restricción podría ser más peligrosa. Más allá de que esa idea de “guiar” al espectador tiene tanto de sana idea de acompañamiento y educación como de condescendencia y subestimación, en contextos como el nuestro prefiero que las posibilidades sean mayores y que sea el propio público el que elija. Pues bien: ese no ha sido el camino elegido por el TIFF.

De hecho, el número de películas presentadas se ha visto disminuido en torno a un 20% a 25% y las encuestas enviadas por la organización a los visitantes evidencian que se está pensando en cobrar, a futuro, un costo de participación incluso para la prensa que cubre el festival. El costado comercial de la muestra toma más fuerza y lo atinente a lo menos masivo, a lo nuevo y experimental, queda relegado. Sería una lástima que esta decisión se profundizara. Así y todo, con un poco más de incomodidad y colas, con menos funciones para películas fundamentales, no son pocas las obras que (por distintas razones) no encuadran en el costado más mainstream del encuentro canadiense, que marcaron (junto con las medianoches y la representación argentina, a las que ya hice referencia) lo mejor de la edición 2017.

3/4 de Ilian Metev no es un hallazgo de Toronto, pero lo que el TIFF permite es acercarse a uno de los descubrimientos de este año en Locarno. Después de todo, más que la primicia, lo que importa es poder ver en cine, como corresponde, películas como esta exquisita deriva familiar en la que impresión de realidad nos deja sencillamente maravillados. La sutileza con la que la cámara sigue la relación entre dos niños (hermano y hermana), la seguridad con la que penetra en la intimidad familiar y el pudor con el que sugiere el porqué del hecho de que la madre esté fuera de campo dan cuenta de una pequeña gran película.

También de Locarno (y también premiada allí) llega Mrs. Fang de Wang Bing. La cámara se posa en la protagonista, enferma de Alzheimer y en su entorno familiar. ¿Hasta cuándo puede sostenerse un plano, un primer plano, de la anciana enferma? Quizás hasta ese instante en que creemos adivinar un destello de luz en su mirada, una conexión, algo de la perdida humanidad. Por momentos al borde de lo tolerable, corriendo ciertos límites de una manera que sólo se explica por la larga convivencia con el núcleo familiar, el distinguido documentalista nunca cae en la explotación o la falta de cariño y respeto por las criaturas que filma. Algo realmente difícil en este caso.

Pero cuando hacemos referencia a estas películas distintas, independientes, fuera de norma, no debemos quedarnos en el lugar común de cierto tinte autoral, ese que lleva a pretender identificar un cine al que se califica como “de arte y ensayo”. Hay otras películas, marginales o de género, que por derecho propio pueden formar parte de este conjunto. Allí podemos recomendar (se verá en el Festival de Mar del Plata) la canadiense Les affamés, de Robin Aubert, inteligente vuelta de tuerca sobre un sub-género que parece nunca agotarse: el de las películas de zombies. También la muy subvalorada por la crítica en Toronto, Manhunt, que marca el regreso del gran John Woo. Quizás su autoconciencia y su voluntad de reírse de sí mismo haya expulsado a algunos, pero tanto el humor (la sobredosis de palomas blancas en vuelo es hermosa) como los momentos de acción funcionan perfectamente. Pero si de humor se trata, el canadiense Pat Mills, que aquí nos había sorprendido con su salvaje Guidance (2014), vuelve con más cariño y empatía para hacernos reír y emocionar con Don’t talk with Irene.

En el ámbito de las sorpresas, el últimamente algo melifluo Hirokazu Kore-eda se anima al thriller y a la película de juicio en The third murder. Este encuentro con un universo hasta ahora ajeno al director japonés genera un extraño medio tono en el que el cuidado (habitual) en la construcción de personajes y el acento en su sensibilidad no obstaculiza la creciente incomodidad que provoca la intriga. También debo manifestar que no esperaba de Joachim Trier una película tan sólida e inquietante como Thelma. Hay algo de Carrie (tanto temática como formalmente) pero mucho de Alfredsson (el bueno, el de Criatura de la noche, no este desconocido que pretende engañarnos -y no lo logra- en El muñeco de nieve) en la historia de esta niña con especiales poderes.

La lista parece interminable: Cocote, de Nelson Carlo de los Santos Arias, también pasó por Locarno y pone en el Atlas del cine a la República Dominicana, acercándonos a una realidad ciertamente desconocida. Como desconocida es (y tan atrapante como insólita) la vida de los fisicoculturistas retratados en Ta peau si lise, de Denis Coté (Vic and saw a bear, Boris sans Béatrice, Bestiaire). Humor y amor por el cine, a raudales, encontramos en I love you Daddy, de Louis C. K. con Chloé Grace Moretz, síntesis perfecta de la imposibilidad de encontrar fronteras precisas para este conjunto de buenas películas a las que me refiero en esta última entrega de la cobertura de la edición 2017 del TIFF.

La última película que vi (el domingo del final) fue la holandesa Disappereance, de Boudewijn Koole. Mala elección para terminar. No es que este melodrama no dé en el blanco, el punto es que quizás la constatación de que la fiesta (el TIFF lo es) se termina ya contiene un componente suficiente de tristeza. En este caso, la historia familiar es un vaivén entre la duda sobre la posibilidad de cambio y reencuentro y la contundente afirmación de que la manera de morir es una esencial decisión vital. Sin discursos ni bajadas de línea, fría pero empática, por ese lado viene la deriva fílmica. Aunque, después de todo, la elección puede no ser tan desacertada… Los pretendidos cambios del Festival de Toronto merecen ser estudiados con seriedad. Que una cosa es adaptarse a los tiempos y otra traicionarse. Hasta el año que viene.

 

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