Nuestro segundo enviado especial nos cuenta de su experiencia en Toronto, lo que se dice un debut. Como buen cinéfilo receloso, decide apartarse de ciertos oropeles previsibles y bucear en las alternativas que ofrece el festival canadiense. Segundo diario torontés (no, el torrontés es otra cosa) de Perro Blanco a tierras del norte (curiosamente, el torrontés es una especialidad del norte…argentino, en fin). Pasen y lean. Aprovechen, que no todas las revistas pueden darse estos lujos.

Las perversiones de la reina Isabelle

Por Andrés Nazarala

“El Festival de Toronto es de esos festivales donde hay 400 películas, y mientras tengas un productor confiado que ponga mucho dinero, a veces las películas pueden pasar desapercibidas”.

Lo dijo –según el sitio de citas Brainyquotes- Viggo Mortensen, quien no pasó desapercibido en la última edición de Toronto: Green Book, comedia que marca la carrera como solista de Peter Farrelly, obtuvo el premio del público, históricamente fundamental hacia la carrera del Oscar.

Pero volvamos a la idea planteada por el actor. Como gran mercado y vitrina compulsiva de producciones, el TIFF sugiere un recorrido trazado por los medios y las campañas promocionales. Las funciones de Nace una estrella (Bradley Cooper) y First Man (Damien Chazelle), por ejemplo, estaban agotadas. También las de El Depredador (Shane Black), High Life (Claire Denis) o Fahrenheit 11/9 (Michael Moore).

Pero también hubo proyecciones con baja respuesta del público. Como la de Greta, película que ahora merece ser desenterrada del cementerio del fracaso. Cuando aterrizó en Toronto, no estaba respaldada por un acuerdo de distribución que asegurase su salida a la luz (durante el festival, cerró afortunadamente con Focus), y la presencia discreta de Isabelle Huppert en el certamen se vio opacada por las figuraciones explosivas de Nicole Kidman y Lady Gaga.

Pero la indiferencia de los medios y la audiencia fue, desde un ángulo, beneficiosa, al menos para este redactor, que decidió no leer nada sobre el film antes de enfrentarlo. Solo estaban los datos: la dirección de Neil Jordan –un cineasta al que le perdí la pista desde Desayuno en Plutón (2005)- y actuaciones de Chloë Grace Moretz junto a, por supuesto, la Huppert, una actriz tan personal y caprichosa en sus decisiones que puede terminar en cualquier lugar.

Ahora bien, lo que yo no quería que otros hicieran conmigo antes de ver Greta lo estoy haciendo yo a través de este texto, que puede ser abandonado ahora en beneficio de la futura experiencia. Ya lo saben.

El asunto es así: Frances (Chloë Grace Moretz) se muda a Nueva York, aún afectada por la muerte de su madre. Es recibida por una amiga que, según dicta el manual del lugar común, quiere que salga adelante y lo pase bien. Pero a ella le cuesta.

Un día en el metro, la buena de Frances encuentra una cartera con una dirección en su interior. Atraviesa la ciudad para devolverla, llega a una casa en la periferia y conoce a Greta (Isabelle Huppert), una solitaria inmigrante francesa que toca el piano y, sobre su los muebles, tiene fotos de su marido y una hija, ambos ya muertos. El dolor las une. Se juran lealtad. “Tus seres queridos no morirán mientras los lleves acá”, le dice Greta a Frances poniéndole la mano sobre el corazón. Jordan –probablemente ya cansado de hacer películas sobre el IRA- parece encontrar una segunda vida en el melodrama bondadoso.

Hasta que una noche de cocina y charlas, Frances encuentra en el interior de uno de los muebles de Greta una serie de carteras idénticas. Entonces decide alejarse de la mujer, pero ella la comenzará a seguir obsesivamente. Jordan juega entonces con otros matices, vislumbra el patetismo que puede generar la soledad en una urbe inmensa donde todos están solos, nos hace sentir lástima por Greta sin abandonar la ambigüedad de que podría tratarse de una psicópata. La película se mueve en la incertidumbre, hasta que la Huppert indescifrable de Elle (Paul Verhoeven, 2016) y la mujer torturada de La profesora de piano (Michael Haneke, 2001) salen a la luz con actitud y maestría. Jordan abandona entonces la contención para entregarse a la virulencia, los excesos, el thriller psicológico sin frenos, el gore. Greta se convierte entonces en una suerte de compendio de las perversiones de la francesa en la pantalla. Un homenaje. Una liberación.

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