Nuestro enviado especial vuelve a Toronto luego de alguna ausencia. Vuelve a uno de los festivales de sus amores. Nos cuenta qué ha sido del festival a lo largo de los últimos años, nos cuenta al mismo tiempo como siempre se vuelve a los amores cinéfilos que nos esperan y algunas cosas más. Festival de festivales, el canadiense vuelve a reunir lo más importante que pasó en el año por otras ventanas.Primer diario de los varios enviados especiales de Perro Blanco a tierras del norte. Pasen y lean. No se van a arrepentir.

Otra vez en casa

Por Fernando E. Juan Lima

Lo había señalado el año pasado aquí, en Perro Blanco: parece generalizada la tendencia de los festivales a acotar su programación. La edición 2018 del TIFF continúa con la línea de 2017; y basta comparar los catálogos de estos años con los de 2014 y 2015 para constatar gráficamente la reducción que se ha producido. Esto también se nota en la cantidad de funciones para prensa e industria. El festival sigue siendo grande (muy grande) y ciertamente muy amable y cómodo para ver películas. Pero un poco menos que antes…

Así y todo, el TIFF sigue siendo la oportunidad para ponerse al día con todo lo que se nos escapó (porque no tuvimos tiempo, si fuimos; o porque allí no estuvimos) con lo más renombrado de lo que pasó en Rotterdam, Berlín, BAFICI, Cannes, Karlovy Vary, Locarno y Venecia. Así, este año acá pudieron verse, entre otras, Dogman (Mateo Garrone), Non fiction (Olivier Assayas), Wildlife (Paul Dano), Everybody knows (Asghar Farhadi), Burning (Lee Chagdong), Sueño Florianópolis (Ana Katz), Ash is purest white (Jia Zhangke), Dead souls (Wang Bing), Hotel by the river (Hong Sangsoo), El Ángel (Luis Ortega), An elephant sitting still (Hu B.), Long day’s journey into night (Bi G.), In my room (Ulrich Kohler), Carmine street guitars (R. Mann), Museo (A. Ruizpalacios), Donbass (Sergei Loznitsa), The wild pear tree (Nuri Bilge Ceylan), Nuestro tiempo (Reygadas), Black 47 (L. Daly), The river (E. Baigazin), Asako I &II (R. Hamaguchi), Women make film: a new road movie through cinema (M. Cousins), Peterloo (Mike Leigh), Touch me not (A. Pintille) y La quietud (Pablo Trapero). He tomado la grilla y considerado el 6 de septiembre (día de inicio y, por lo tanto, con menos funciones en muchas de las casi 30 salas en las que se lleva adelante la muestra), fijándome las películas que recuerdo que pasaron por los festivales antes indicados. Creo que como muestra basta para demostrar la dimensión que sigue teniendo el festival y cómo funciona en este sentido.

De muchas de esas películas ya se ha hablado a propósito de su paso por otras muestras. Así que esta vez me concentraré en las premieres mundiales que tuvieron lugar en Toronto. Sé que no es lo habitual, pero entre esa enorme cantidad (que me permitiría “hacer trampa” y referir a películas vistas en otros festivales) y el hecho de que mi presente me impide ver tantos filmes como antaño, me ceñiré a esa premisa y límite. Por una vez vamos a darle bola a la novedad absoluta (algo que, por lo demás, los festivales parecen también tender a abandonar, quizás con excepción de la competencia oficial).

Belmonte, de Federico Veiroj incluso supera el grado de depuración y sutileza que el director de Acné y La vida útil había alcanzado en la excelente (y muy atinente para los tiempos que corren) El apóstata. Una pequeña historia de personajes únicos, para cuya construcción vuelve a valerse de un amigo antes que de un actor de dilatada experiencia. Si en El apóstata, el ritmo y el modo de decir de Álvaro Ogalla era sustancial para el tempo y la esencia del personaje y de la película, Belmonte parece construida en torno a quien es su co-guionista, Gonzalo Delgado. El foco está puesto en el cascarrabias y melancólico pintor del título y, en particular, en su manera de acercarse a su pequeña hija (que vive con su madre, ahora embarazada). Los cambios que se avecinan con el nuevo nacimiento requieren una mayor presencia del padre, nada ortodoxo en su manera de acercarse a una niña. La película nos atraviesa con el amor de los pequeños detalles, con la impresión de estar espiando una relación en construcción. Veiroj se acerca con pudor y respeto a sus criaturas. Los silencios dicen tanto como los cuerpos; y ambos bastante más que las palabras.

Loro, de Paolo Sorrentino no tiene nada que ver con plumíferos parlanchines, sino con “Ellos”, esos que viajan en jets privados, que mueven millones de euros, que deciden sobre la vida y la fortuna de todo un país casi como si se tratara de un juego. Por alguna razón que se me escapa Sorrentino ha sido bastante menospreciado por la crítica local, que aceptó un poco a regañadientes la inocultable potencia de La grande bellezza pero que en términos generales elude reconocer a uno de los grandes realizadores italianos de la actualidad. Demasiado farolero, desprejuiciado al momento de jugar con la música y hasta con herramientas venidas de otras artes o (peor aún) de la publicidad, sólo el BAFICI parece haberle dado el lugar que se merece. En Loro hay mucho de La grande Bellezza (la manera de moverse, musicalmente, en un mundo poblado por fiestas y grandes mansiones) pero también un regreso a la inexplicablemente no estrenada comercialmente en nuestro país Il divo. En ambos casos, como en el presente, el camaleónico Toni Servillo ocupa el centro de la escena. Y si en Il divo el tema era la política, con la lupa puesta en Giulio Andreotti, el objeto de estudio ahora es nada menos que Berlusconi. ¿De dónde salió su fortuna? Eso es algo que, como en El caimán, de Nanni Moretti forma parte del misterio, del fuera de campo. Pero el Berlusconi de Sorrentino es tan desagradable como ambiguo. Por más que nos repulse, un personaje como éste no se explica sin una dosis de fascinación y hasta de empatía. La idea de ver el mundo a través de sus ojos es un desafío que si se lleva adelante con destreza (como es el caso) genera una incomodidad y una impresión de realidad (aun cuando el acercamiento ciertamente no sea realista) que resulta mucho más demoledor que la diatriba o la bajada de línea. Jugando con imágenes que no funcionan de manera lineal con la narración, de manera surreal o expresionista (como en L’amico de famiglia), la sensación (como en La grande Bellezza, como en su serie El joven papa) es que no hay herramienta, no hay enfoque, no hay lugar común del que reniegue el director de Las consecuencias del amor. La percepción del placer que hay en la realización y edición de cada secuencia, la erótica lubricidad con que desfilan imágenes y sonido tienen que ver con el amor al cine. Un amor salvaje y primal, pero no por eso menos cerebral y exquisito.



Rojo, de Benjamín Naishtat, formó parte de Platform, la reciente sección competitiva del que supo ser solamente un “Festival de festivales”. La película del director de Historia del miedo y El movimiento fue también seleccionada por el próximo Festival de San Sebastián (lo que confirma lo antes dicho en torno a cómo cada vez los festivales le prestan menos atención a eso de las “world premiere”). Está claro que a Naishtat le interesa la génesis de  la violencia; de la violencia como pulsión humana pero también la de una más concreta y específica, la que tiene que ver con la historia argentina. La acción tiene lugar ahora en 1975, acentuando con claridad que lo que sucedió en el país a partir del 24 de marzo de 1976 no surgió en esa fecha. La escena inicial, marcada por una terrible explosión de violencia en apariencia gratuita e injustificada abre las puertas a un derrotero en el que se cruzan posibles asesinatos y desapariciones con una complicidad de quienes parecían ajenos a esos eventos que es bastante más directa que la omisión o el silencio. También es clara la mirada del realizador sobre el presente argentino, y eso lleva a que la necesidad de compartir su percepción de la actualidad como un retroceso lo haga incurrir en algunos subrayados que no estaban en sus obras previas. Si Historia del miedo y El movimiento resultaban inquietantes en cuanto buceaban en la naturaleza de la ontología de la violencia, Rojo la mira de frente y repite “recordar para no repetir”. Naishtat le saca a Grandinetti su mejor actuación para el cine y sabe trabajar con el fuera de campo, con lo elidido. Allí es donde mejor funciona la película, que cuando acude a las metáforas y resulta más directamente alusiva pierde, paradójicamente, parte de su potencia.

Maya, de Mia Hansen-Love me ha convencido algo menos que El padre de mis hijos y Eden. Sus dos horas de deriva tienen que ver con su manera de sumergirse en la vida de los protagonistas de sus películas, entrando en ellas de una zambullida, siguiendo su devenir prestando la misma atención a momentos cruciales y detalles triviales. El acento lo pone el espectador que descubre posibles sentidos frente a esas imágenes que obran por amable acumulación, como una acuática marea o corriente que tiene que ver con la fuerza vital de los personajes (algo apenas un poco menos evidente en El porvenir). Un corresponsal de guerra consigue ser liberado tras un largo tiempo de ser tenido como rehén por algún grupo islámico extremista; tras un breve paso por París, el destino será la India para buscar un descanso, una vuelta al eje, un sentido. Pero, lejos del new age o de la mirada religiosa, Hansen-Love atiende y descubre ese otro mundo a través de la cotidianeidad, del hallazgo de lo distinto, de la sorpresa que no nace del guión sino de la irrupción de la vida. Mientras escribo estas líneas (en un avión que se mueve bastante, de regreso al terruño) siento que pude parecer lapidario aquí mismo en el inicio; así que debo aclarar que me gustan mucho todas las películas de esta directora. Que a esta le sobren algunos minutos no implica en modo alguno dejar de recomendarla fervientemente.


The black book, de Valeria Sarmiento, a quien con bastante injusticia recordamos siempre como la editora y viuda de Raúl Ruiz. Sólo la grandeza de este gigante puede disculpar algo ese reflejo frente a la directora de Linhas de Wellington y quien terminó La telenovela errante. En este caso, para colmo, la producción portuguesa remite a una de las últimas obras del realizador chileno, la genial Misterios de Lisboa. Y ello no solamente porque tome como punto de partida una novela del mismo autor de aquella, Camilo Castelo Branco. El placer de la narración propio de la novela decimonónica, el tono de las actuaciones (que incluso en algunos casos, como en las escenas con niños) no se realizan con sonido directo y un evidente placer por lo telenovelesco y surreal conecta la película con el mundo de quien fuera (también) su pareja creativa. En este caso el centro (elección bastante impropia para el mecanismo narrativo de la directora) lo ocupan un niño huérfano francés y la niñera italiana que lo cuida. Los misteriosos designios que los unirán y separarán son tan intrincados como fascinantes. Como en Misterios de Lisboa un religioso que aparece y desaparece en la trama es el dueño de muchos secretos (varios de los cuales nunca serán del todo develados).

The predator, de Shane Black implica el reboot de una saga que, nacida en el momento de furor de los héroes de acción, terminó disipándose en cruces que fueron perdiendo la fuerza y originalidad del inicio. La elección de Black (el guionista de las Arma mortal, El último gran héroe y El último boyscout) no sólo es atinada sino que desde el inicio denota que la intención y la mirada serán bien otras: como nunca antes en esta saga el humor es parte fundamental del acercamiento. Esta película se estrena bien pronto en nuestro país y ciertamente vale la pena (aunque pareciera que los blockbusters han cambiado de dueños, como lo demuestra la alicaída recaudación de la muy buena última entrega de Misión Imposible). La programación en el TIFF de una propuesta como ésta se relaciona con su rol de plataforma de lanzamiento de grandes producciones, así como un público ávido por participar de las fantásticas trasnoches del Midnight Madness. En este caso la película vale la pena y ello es más por Black que por la relación con la saga original. Su humor siempre es funcional a la trema y no se excede en la canchereada (esa que genera el “efecto Shrek”, con situaciones generadas sólo para contener un chiste que funciona como sketch, derivando y distrayendo más que construyendo) y la acción sabe valerse del digital sin transformarse en una película animada (tal como sucede habitualmente en casi todo lo que tiene que ver con la ciencia ficción y la acción física). Hay un tono, una luz y una edición que poseen algo de vintage, que disimula adecuadamente los efectos digitales y recrea muy bellamente la sensación física del cine de los ochentas y noventas del siglo pasado. Sin dudas nos quedamos con The predator antes que con la muy sobrevalorada aquí por la crítica The wind, Emma Tammi (esa película de terror que todos los años dice descubrirse en Toronto, como The witch hace bien poco). Que una cosa es volver al terror más directo y básico, eludiendo por completo el humor y otra es ser grave, pretencioso, cuando no aburrido.


High life, de Claire Denis está hablada en francés y su protagonista principal es Robert Pattinson (más allá de la siempre bienvenida presencia de la cada vez más bella y luminosa Juliette Binoche). No siempre estos cruces, estos viajes, funcionan bien. Y ahí está Vision, de Naomi Kawase para demostrarlo. Ni la presencia (también) de Binoche salva una (otra) vuelta de la directora de la enorme Shara al new age orientalista y los excesos explicativos. Kawase sabe encontrar belleza en todo lo que muestra, pero últimamente no puede dejar de contar con palabras cada imagen que nos regala, de explicar su sentido. Si para colmo, como en este caso, el encuentro de personajes japoneses y franceses hacen que deban comunicarse en un tercer idioma, ajeno a ambos, el resultado no puede ser más penoso, ya que todos poseen un nivel de inglés limitado, precario. Ello aumenta la grosería del didactismo y explicitud que ya venía lastrando las producciones de Kawase. No hace falta abundar en las múltiples referencias al sentido de la vida, a las continuidades y reencarnaciones o a la presencia (otra vez) de un personaje ciego (que, por supuesto es el que mejor “ve” con los “ojos de su corazón”…), para muestra basta con señalar que en el final vemos una muy bella imagen de la naturaleza, funde a negro y escuchamos la bella voz de la Binoche diciendo: “¡qué belleza”. Así son las cosas. Pero estábamos hablando de la última de Claire Denis. En este caso el inglés está justificado y no sobre-explica; su habitual maestría para acercarse a lo físico sigue intacta, al punto que, desde Bella Tarea y Trouble every day no veíamos una demostración tan contundente de ello. La directora ha sabido explorar la naturaleza del comportamiento humano en películas aparentemente tan distintas como historias de amor, de crimen, bélicas, coming of age y hasta terror. En este caso una misión espacial de la que, en principio, sólo un miembro de la tripulación permanece despierto, de guardia (Pattinson) y (primera anomalía) una bebita, va abriendo las puertas a algún tipo de caos a medida que los demás protagonistas van despertando de la animación suspendida. ¿Denis en el espacio? ¿En inglés? Sí. Y ello sin renunciar en nada a su universo, a su manera de acercarse a los cuerpos y a la esencia de la naturaleza humana.

Quién te cantará, de Carlos Vermut conserva la puesta ascética, los ambientes despojados y cierta frialdad que ya encontrábamos en Magical girl. Sin embargo, el acercamiento a una cantante famosa que debe reconstruir su personalidad y volver a aprender a cantar con la ayuda de una imitadora suya tras sufrir amnesia, incrementa las vueltas de tuerca y los toques melodramáticos, al punto de dialogar -de algún modo- con el cine de Almodóvar. Está claro que las formas son bien otras; y las búsquedas también. En el caso de Vermut el humor está ausente o funciona de manera más apagada, como una línea acallada bajo la superficie. Y el tiempo que se toma para cada escena, el encuadre que enmarca a las protagonistas (Muy bien Najwa Nimri como la cantante Lila Cassen y Eva Llorach como la encargada de un karaoke que tiene que re-entrenarla) funcionan como un mecanismo de deconstrucción fascinado por el melodrama.


A faithful man, es la segunda película como director de Louis Garrel, tras la muy fallida Les deux amis. En su presentación en el TIFF (seductora y divertida, aun cuando con cierto abuso de la pose de quien se sabe muy pintón y encantador) el director agradeció mucho a su co-guionista y manifestó algo así como “…si algo bueno tiene esta película se lo debo al gran Jean-Claude Carriere, que me hizo el inmerecido honor de aceptar trabajar conmigo”. Exceso de humildad que aunque no exento de algo de razón, resulta injusto frente a una película cuyos méritos exceden al de un muy buen guión. Irónica y chispeante, con un tono amable y sensual, el devenir del protagonista seducido-abandonado-vuelto a seducir en un mundo en el que claramente quienes llevan las riendas son las mujeres, nos revela a un director que sabe manejar los tiempos del humor y escrutar las relaciones amorosas con sensibilidad. Hay algún guiño hacia el thriller y hasta merodea la idea de algún asesinato, pero todo circula más por el lado de la comedia, en ese bello marco que nos hace creer el cine francés, en el cual París parece definitivamente anclada en la década del 60.


Her smell, de Alex Ross Perry importa un viraje interesante en la carrera del director de The color wheel, Listen up Philip, Golden exits y Queen of earth (mi preferida). Hay una sensación de cercanía, la cámara adopta unos ángulos increíbles y la imagen tiene un poro que sólo el 35mm permite, lo que nos hace pesar de alguna manera en el cine de Cassavetes. Elisabeth Moss sencillamente la rompe como Becky Something, estrella del grupo femenino de rock de los 90 Something She. Personaje proteico y frenético, tan insoportable como encantador, la cámara lo sigue en su apogeo e ineluctable caída, fruto de excesos varios. Llama la atención el cambio de registro de los momentos de intimidad, grabaciones y vida cotidiana respecto del modo en que se muestran los conciertos. Mas ello no impide en modo alguno disfrutar (y sufrir un poco con) el desarrollo de la película, cuyo final es hermoso y emocionante.


Por último, otro de los puntos altos de los estrenos mundiales del TIFF: In fabric, de Peter Strickland. El director de la estrenada en nuestro país Berberian sound studio y de la inolvidable The duke of Burgundy, se mete más explícitamente aún con el terror, imaginando una muy inquietante tienda departamental (perdón por el doblaje, me refiero a esos comercios como supo ser Harrod’s y que ahora mucho más feamente podría ser Falabella) y un vestido colorado con poderes ciertamente malignos. El acercamiento onírico y surrealista deriva en un tono que se acerca menos a Lynch que a Buñuel; no por las formas, sino por el humor. Hay muchos muy buenos elementos de comedia en una película de género que se disfruta con todos los sentidos (ya sabemos de la belleza que sabe encontrar Strickland en esa paleta en la que conviven el giallo y algo del espíritu de la Hammer).

Ha sido un festival más acotado, como acotada ha sido mi posibilidad de ver películas. Quizás movido por la obligación de seleccionar estrictamente dada la escasa disponibilidad de tiempo, el balance ha sido muy positivo. No hay más novedades en este boletín. Hasta el año que viene, en otra edición del TIFF.

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