Toy Story 4
EE.UU., 2019, 100′
Dirigida por Josh Cooley
Con voces de Tom Hanks, Tim Allen, Annie Potts, Tony Hale, Keegan-Michael Key, Madeleine McGraw, Christina Hendricks, Jordan Peele, Keanu Reeves, Ally Maki, Jay Hernandez, Joan Cusack, Emily Davis, Wallace Shawn, John Ratzenberger, Don Rickles, Jeff Garlin, Laurie Metcalf, Steve Purcell, Mel Brooks, Alan Oppenheimer, Carol Burnett, Betty White, Carl Reiner, Bill Hader, Patricia Arquette, Timothy Dalton y Flea.

Vivimos una historia sin final

Por Federico Karstulovich

A los amigos fieles, perdidos en el camino

Una de las pocas cosas que nos hermana es la experiencia. Y si no hay experiencia la empatía. Vivimos bajo un mismo cielo, en un mismo mundo y en el fondo, amén de sus variables, las experiencias, por más que se contrasten, pueden ser a grandes rasgos compartidas por casi todos de una u otra forma. No, claro está, no compartimos una experiencia común pero si experiencias parciales que nos conectan infinitamente de ida y vuelta. Sobre esa experiencia común suelen trabajar algunos géneros. Por eso, en cierta medida, podemos sentir que ciertas películas de género nos cuidan, nos acompañan o al menos crecen con nosotros. Las películas también nos miran y eso es posible porque nosotros las elegimos. Pero este efecto de compañía se hace aún más claro, más visible, en la sagas de largo aliento. Las sagas construidas en el lapso de pocos años no portan esa cualidad. No crecimos junto a Michael Corleone, asi como tampoco lo hicimos con Marty McFly, ni siquiera con Luke Skywalker. Tampoco con Jason Voorhes o Freddy Krugger. Ojo, eso no los hace menos importantes, ni los convierte en un hecho menor de nuestra memoria o pasado. Pero si crecimos (dependiendo la generación, claro) junto a Antoine Doinel, junto a Ethan Hunt, junto a Buzz Lightyear y Woody. Vimos a Doinel crecer desde los 12 y llegar casi a los cuarenta. Vimos a Hunt comenzar siendo un veinteañero para hoy reconocerlo casi cincuentón. Y vimos a los personajes de Toy Story comenzar en un mundo digital y terminar en un mundo práctimanete analógico.

Somos lo que somos porque crecemos juntos. Crecer juntos es la experiencia humana más conmovedora que pueda existir. Vemos a la gente cambiar, mejorar, empeorar. A veces vamos a la par y otras veces nos distanciamos. Pero aunque estemos en distintos momentos vitales seguimos siendo parte del mismo mundo de experiencias.

La saga de películas Toy Story tiene prácticamente un cuarto de siglo encima. Es una saga noble no sólo porque ha construido personajes íntegros (llenos de contradicciones, agachadas, giros) sino porque ha construido un mundo capaz de crecer con nosotros. Por eso a esta altura poco importa si les creemos ese mundo a Pixar, sino, en todo caso, si ese mundo puede reverberar en nosotros de maneras distintas. Si a mi me lo preguntan yo creo que siempre supieron esto en la compañía. Y por eso cuidaron con tanto esmero y detalle a esta saga, la más antigua en la compañía, al menos frente a otras que parecieron ser dejadas a la buena de Dios. Pixar supo construir una saga en cuyo centro están los problemas en lo que alguna vez nos reconocimos casi todos de una u otra manera: la identidad, la relación con el conjuntos de los demás, la sensación de pertenencia, el miedo al mundo exterior y al abandono, el miedo a las transiciones vitales, el horror frente al vacío de tener que elegir y equivocarse. Todas y cada una de esas angustias fue trabajada desde diversos ángulos por la saga TS. Es la clave que logra que esos personajes se conviertan en parte nuestra: crecimos con ellos, crecieron con nosotros y sus experiencias son las nuestras. Eso, por otros lado, también nos equipara como espectadores. No: no vemos todos la misma película, ni vemos el mismo sistema de símbolos (esa tarea se la dejamos a los hermeneutas de alma, que organizan simbologías y mitologemas que hablen más sobre si que sobre la experiencia cinematográfica), pero estamos atravesados por una estructura emocional similar que nos permite reconocer todo eso que vemos como algo propio y ajeno a la vez.

Si TS pertenece a la cultura popular con pleno derecho es justamente por su capacidad de creación emocional antes que por su reconocimiento arquetípico. La estructura emocional es, entonces, el verdadero arquetipo desde el cual hablarle al espectador. Se trata de una sensación intangible, pero compartida. Es bastante más que la estructura del sentimiento, el concepto de Raymond Williams. La estructura emocional está ligada al proceso vital más allá de la cultura de una época en particular. Es un crecimiento compartido convertido en expresión artística. Pero claro, para eso es central seguir el circuito, compartir la progresión de esas sagas vitales. Quizás sea por eso que, frente a las cuatro películas que componen la saga de TS, por un lado sintamos que vemos la continuidad de una historia y por otro su recomienzo formal. Repetición y diferencia. Conciencia de una tradición a la vez avance. Pero quizás también este sea un límite para las películas que componen esta clase de sagas: las personas (y los personajes que simulan personas) también quedan expuestos al paso del tiempo. Es entonces, el tiempo, la clave de la efectividad de esa emoción compartida pero también la clave de el fin de esa emoción: la vida se termina, los personajes alguna ve dejarán de hablarnos y nos recordarán que fueron parte de nuestra historia.

Toy Story 4 comienza desde el mayor grado de realismo que nos hubiera podido entregar el grupo de películas de la saga hasta el momento. Se trata de la película más cercana al live action que haya entregado el mundo imaginario de la saga comenzada en 1995. Este dato, que bien podría considerarse como una inevitable evolución de la tecnología de la época es, también, un dato narrativo: las películas no solo fueron atravesando los años sino que se acercaron cada vez más a la experiencia humana. Y no porque lo que vemos sea un espejo de lo que sucede de este lado de la pantalla, sino porque las películas necesitaron estar cada vez más cerca de los detalles que den cuenta de ese paso del tiempo, de ese peso histórico. Asimismo ese dato tiene su correlato en el interior de la historia narrada: Pixar se ha vuelto cada vez más económico a la hora de narrar sus personajes en el presente pero también a la hora de dar cuenta de su backstory, de su pasado. Puntualmente estamos ante una entrega de la saga que carga con la emoción del pasado pero que al mismo tiempo se ha desemotivizado. Es curioso esto porque, si algo había sabido lograr el trío anterior de películas, era construir la emoción de manera genuina y expansiva. Pero en TS4 no hay nada de eso. Casi, me atrevo a decir, no hay espíritu de despedida, sino espíritu de adultez. Todas y cada una de las formas en las que la película aborda las pérdidas y los duelos están despojadas de sentimentalismo. Como si esta entrega también hubiera logrado asumir su mayoría de edad y se hubiera propuesto empezar a cerrar el arco dramático de posibilidades. Por eso, quizás más que nunca, en esta entrega comprendemos procesos vitales de los personajes y los vemos elegir. Y elegir no es recomenzar una y otra vez, como si se tratara de un loop eterno. Elegir es una apuesta vital que también nos acerca a la muerte. Por eso es extraño el efecto: estamos frente a una película que se presenta como un final de saga pero tiene un aspecto más cercano a una transición a un verdadero final. Las anteriores películas podían mostrarnos la evolución vital de Andy pero al mismo tiempo no cerraban la puerta. En TS4 en cambio la puerta comienza a cerrarse por primera vez. Ese mundo de personajes despintados, avejentados por el paso del tiempo y otros varios es también profundizado en esta última parte. Ahora bien, la pregunta es si esto es bueno o malo para la película. La verdad es que no lo sé. La verdad es que, frente a los cuatro largometrajes de la saga, este es el que me deja más perplejo, carente de elementos para poder pensar lo visto en relación al pasado pero también al futuro.

Personalmente creo que la estructura emocional de Toy Story 4 sigue siendo aquello que nos deja conectados al mundo de aventuras que observamos. Al mismo tiempo la musculatura narrativa sigue intacta y la película casi nunca decae su ritmo trepidante. Pero claro, destacar estos aspectos que a esta altura son una marca de estilo, hace poco y nada por aclarar el lugar en donde nos deja parados esta película anómala. Aunque, a decir verdad, y no sin un dejo de angustia, empecé a considerar que, quizás, por primera vez, a algunos de nosotros, la saga nos esté diciendo adiós. Y seamos los espectadores que crecimos con ella quienes empecemos a desconectarnos. A veces la experiencia demanda distancia para evaluarla. Y creo que, íntimamente, la saga de Pixar nos está pidiendo algo de tiempo. Parar, revisar lo hecho. Para, vaya uno a saber dentro de cuántos años, pueda despedirse de manera definitiva, con nosotros más viejos y con nuestros hijos y nietos no pudiendo entender por qué lloramos ante la despedida final de un grupo de muñecos creados muchas décadas antes. Como uno se despide de los amigos cuando los vuelve a encontrar de casualidad, pero sabiendo que cada uno continuará por caminos distintos.

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