Un crimen argentino

Por Carla Leonardi

Argentina, 2022, 113′
Dirigida por Lucas Combina
Con Nicolás Francella, Matías Mayer, Luis Luque, Malena Sánchez, Darío Grandinetti, Rita Cortese, Alberto Ajaka, César Bordón, Luis Rubio, Miguel Franchi, Roberto Moyano

La justicia en cuestión

Espacio y tiempo. Rosario, 1980. La apertura de Un crimen argentino es un fragmento en off del discurso del Gral. Videla, sobre el estatuto de la figura del desaparecido. “Un desaparecido es una incógnita, no tiene entidad, no está ni vivo ni muerto, está desaparecido.”, dice, justificando que no se dé tratamiento alguno a estas situaciones. Esto será algo más que un mero contexto espacio-temporal.

La historia. La desaparición del empresario Gabriel Samid, perteneciente a una familia prominente de Rosario, pone en marcha la pesquisa a cargo de dos jóvenes secretarios del juzgado a cargo de Dr. Suarez (Luis Luque). Este, a su vez, recibe las presiones del Teniente (César Bordón) a cargo, quien deseoso de que el caso sea resuelto de manera expeditiva, antes de las fiestas, pone a disposición de la investigación a la policía, al mando de Cerbera (Alberto Ajaka).

Los jóvenes investigadores del juzgado Antonio Rivas (Nicolás Francella) y Carlos Torres (Matías Mayer), van siguiendo entonces las pistas en una carrera contra el tiempo: entrevistan a la familia del desaparecido, al dueño del club nocturno donde se lo vió por última vez y montan una trampa (que resulta fallida), con el objetivo de atrapar al presunto criminal, que ha pedido un millón de dólares de rescate a la familia. Dan así con el abogado Marquez (Darío Grandinetti) como principal sospechoso, quien había estado preso varios años por realizar estafas inmobiliarias. En el interrogatorio, éste alega que colaboró con Samid en su auto-secuestro, pergeñado para irse a Turquía, pero que no sabe nada de su paradero actual. 

En este punto, se debaten ya dos caminos en tensión, el judicial con sus tiempos y la necesidad de probar su culpabilidad a través de pruebas concretas (se plantea liberarlo y mantenerlo bajo vigilancia) y el del gobierno militar, que apunta a resultados rápidos, con métodos por fuera del Estado de Derecho (la detención inminente y la tortura como modo de obtener una confesión).
El poder de la justicia. Aquí cobra relevancia la frase que dice Rivas, proveniente de una familia de abogados de buena posición y pronto a emigrar del país (en contraposición a la posición de Torres (que desde las bases, cree en un futuro para el país y en la justicia social), a Marquez: “El poder judicial, tiene más de Poder que de judicial”. Efectivamente, lo que pone en evidencia el film, bajo las formas del thriller policial de enigma, es que el pode judicial es un poder (como bien lo demuestra el cine hace años) perfectamente corruptible por el poder político de turno y perfectamente tergiversable en su esencia de hacer cumplir la ley. El poder judicial, recordemos que estamos en el final de una dictadura, queda totalmente bajo sospecha y cuestionado, cuando el estado de Derecho no funciona. De ahí que para el espectador quede flotando la duda sobre la culpabilidad o inocencia de Marquez, punto que el director trabaja bien desde lo formal al colocar, en una escena clave hacia el final ante los jóvenes secretarios del juzgado, el rostro de este personaje, dividido entre la luz y la sombra. También la forma construye a su manera una estructura laberíntica en el espacio: el uso de los pasillos, los encuentros secretos, los lugares ocultos en que los novatos investigadores se ven sumidos, impotentes frente a una estructura de relaciones, de enredos y connivencias en el marco de la maquinaria de la dictadura.

El cuerpo del delito. ¿Sin cuerpo, sin evidencia elocuente, no hay delito? Aquí, a través de un crimen civil, se intenta dar cuenta de una metodología sistemática del crimen en tiempos de la dictadura militar, de ahí el título del film. Y al mismo tiempo, queda claro que sin cuerpo, sin evidencia palpable, un crimen puede también adjudicarse a cualquiera, máxime cuando se violan todas las garantías constitucionales y cuando el propio poder en funciones de gobierno, lo ejerce fuera de todo marco de legalidad. En la ambigüedad del problema, la película también se proyecta políticamente: puede haber delito sin cuerpo. Pero un delito sin cuerpo puede ser utilizado de cualquier manera. En esa tensión vive el planteo más inquietante de la película, que se permite reflexionar sobre el estatuto del Poder Judicial, cuando se ha quebrado todo orden de Derecho. Pero también se pregunta por las contradicciones de la ausencia de pruebas, incluso frente a lo más evidente, reverberando más allá de su espacio y tiempo.

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