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Tiempo de lectura: 3 minutosUn crimen común

Por Federico Karstulovich

Argentina, 2020. 96′
Dirigida por Francisco Márquez
Con Elisa Carricajo, Mecha Martinez, Eliot Otazo, Ciro Coien Pardo, Cecilia Rainero

Una clase de mierda (*)

Un crimen común es el primer largometraje en solitario de parte de Francisco Marquez, uno de los directores de La larga noche de Francisco Sanctis, película con la que se ha forzado comparar a esta gracias a su inversión de decisiones morales (en aquella un hombre común decide avisar a unos militantes que los militares van a secuestrarlos; en esta una mujer común decide no intervenir para salvar a un joven de la cacería y posterior muerte que le diera gendarmería). Pero acaso el punto de contacto más fuerte de esta película no provenga precisamente del propio cine del director (en lo que acaso sería una autorreferencialidad un poco vergonzante), sino en un film que no es de su autoría: La Patota (Santiago Mitre, 2015). El punto de contacto vuelve a atravesar al cine político argentino (una vez más y van…) por la culpa progresista.

Tanto en el film de Marquez como en el de Mitre, se trata de señalar el rol de la culpa de clase media pequeñoburguesa y consciente de los hechos que los tuvieron como partícipes centrales (una enormidad de críticos mencionaron el problema que implicaba no meterse, como si en efecto esto fuera fácil para el personaje). No obstante en este caso la participación del personaje de Carricajo es lateral, incómoda, poco clara. No supone una decisión fácil actuar con miedo en medio de la noche. Pero como bien sabemos, para el credo y religión progresista no hay redención posible, solo queda el castigo. Por eso luego de que la profesora universitaria que encarna Elisa Carricajo no cumpla con lo que el manual del buenismo indica (intervenir cuando se lleva a cabo un abuso policial, que encima, en esta caso tampoco vemos, por lo que la intervención potencial queda puesta en duda) la película no hará otra cosa sino sumirla en un mar de culpas y flagelaciones varias (hay una serie de abusos a los que se somete al personaje que hablan de un grado de sadismo innecesario, como si en alguna medida se buscara exponer al personaje frente a los espectadores), pero todas y cada una de estas cosas situadas en el contexto de un cuento de fantasmas, que tampoco funciona como tal, ya que la progresión abandona cualquier potencial suspenso y lo sustituye por la acumulación de momentos incómodos para el personaje. O dicho de otro modo: el cuento de fantasmas es la estrategia para que la confesión salga a la luz, en el confesionario laico que supone la revelación de lo reprimido y la ruptura del lazo entre clases (porque como bien sabemos, no hay nada mas mierda que la clase media para el progresismo…de clase media).

Como complemento Marquez no deja de lado otras formas de denigración para el personaje. Pero en este caso esa decisión supone un giro extraño con el cual el progresismo no tiende a meterse demasiado: el mundo académico, que es, justamente, un universo ideológico afín. En este punto, la caracterización denigrante de la vida académica parece ser, curiosamente, una cuota de aire, casi de autocrítica. Pero no: es apenas otro aspecto más de la humillación a la clase media (sea o no universitaria, poco importa) a la que el cine argentino nos acostumbra con el rigor de la sentencia de un resentimiento de clase inextinguible (si, el desprecio hacia cualquier clase social por su extracción socio-económico-cultural es desprecio de clase, no funciona en una única dirección). Hacia el final vuelve a la cabeza otra película con la que Un crimen común dialoga. Se trata de La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2009).Pero en aquella no se precisaba hacer un comentario sobre el presente como rasgo de pertenencia. Porque la universalidad y la ambigüedad del cuento de fantasmas de Martel lograba derivar hacia otras posibilidades de lectura, haciendo coexistir una culpa metafísica con un malestar físico. En el film de Márquez, en cambio, todo retorna al eje del señalamiento de clase.

En algún momento, quizás, no lo sé, el cine argentino quizás logre recomponer su relación con la clase media, que es la despositaria (que junto con las clases más acomodadas configura un segmento cada vez más minoritario en el país) de todos y cada uno de los males posibles. Quizás en el fondo siempre haya sido el sueño del progrismo (si, algo distinto que el progresismo, concepto sobre el cual hablamos aquí): que todos seamos cada vez más pobres, más humillados, más arrastrados al sufrimiento de quienes menos tienen, porque en el fondo, el carnet de pobreza es el legitimador final en una sociedad que hace rato abandonó el sueño del ascenso socioeconómico para salir de la miseria, hoy por hoy una verdadera política de estado.

(*) Una versión reducida de esta nota fue publicada en Perro Blanco, en el marco de la cobertura del Festival de cine de Mar Del Plata, en Noviembre 2020

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