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Tiempo de lectura: 4 minutosUn pequeño favor

Por Hernán Schell

A Simple Favor
EE.UU., 2018, 117′
Dirigida por Paul Feig.
Con Anna Kendrick, Blake Lively, Henry Golding, Glenda Braganza, Dyanne Ramsay, Zach Smadu, Rupert Friend, Eric Johnson, Sarah Baker, Kelly McCormack, Cyndy Day, Gia Sandhu y Kerry-Lee Finkle.

La parodia como crepúsculo

Una narración demasiado acelerada que deja cabos sueltos y cosas sobreentendidas que atentan contra el verosímil, situaciones de suspenso que hubieran merecido mejor desarrollo, personajes secundarios que van y vienen en la trama con cierta desprolijidad. Hay muchos problemas en Un pequeño favor, sí, pero también hay hallazgos, como una hermosa secuencia de créditos que homenajea al cine de Saul Bass, una gran primera media hora, una banda de sonido sugerente y brillante de canciones francesas, y dos protagonistas ideales para sus papeles correspondientes. Hablemos en principio de estas dos actrices. Una es Anna Kendrick, de cuerpo pequeño y ojos brillosos ideales para papeles de mujeres aceleradas pero también ingenuas. Justamente, su personaje (Stephanie), es eso: una viuda obsesionada con hacer videos hogareños en los que habla de recetas, y una madre abocada a la participación de cuanta actividad para padres existe. Kendrick siempre tuvo la gran habilidad de hacer estos personajes que llevan sus excentricidades sin siquiera darse cuenta de la mirada ajena, y su Stephanie revela esta naturaleza desde el principio de la película. Allí la vemos hablándole a una cámara desde su vlog (un “blog” en video) para Internet, mientras mezcla momentos de llanto con sonrisas falsas, sin notar lo extraño que esto resulta. Aún así, Stephanie no solamente está hecha de ingenuidad: su personaje tiene un costado oscuro y comportamientos que no parecen del todo normales. Puede notarse esto en la medida en que nos vamos enterando de secretos siniestros en su vida que incluyen una relación incestuosa, culpa por un accidente, sumado a una manera inquietante en la que se relaciona con Emily, una madre recién llegada al pueblo a quien cual Stephanie nombra como su mejor amiga tras un solo día de charlar con ella.

De hecho, si uno lo piensa un poco, es fácil ver que la vida de Stephanie no es del todo normal al fin y al cabo. Pegársele a alguien como garrapata por un solo encuentro sólo puede venir de alguien que está muy solo. Y esto no es un dato menor en Un pequeño favor: observamos que Stephanie, aún con toda la buena voluntad que tiene y su espíritu solidario, no tiene ninguna amistad.Y si se hace amiga de Emily es porque parece ser la única que la escucha y está genuinamente interesada en hacer algo con ella, pero también en el fondo porque ella logra sacar un costado oscuro que la propia Stephanie -obsesionada con la imagen- está bastante lejos de querer mostrar.

En algún punto, no es difícil ver en esta relación entre Stephanie y Emily un eco de otra relación de una película de Hitchcock: La sombra de una duda (Alfred Hitchcock, 1943). Allí, una chica llamada Charlie, ingenua a más no poder, aunque también solitaria e inteligente, establecía una relación dependiente con su tío psicópata, también llamado Charlie, una persona de una presencia extraordinaria, como sólo la podía tener el actor Joseph Cotten. Acá a Emily la intepreta Blake Lively, es decir, una de las mujeres más sexys y elegantes que tiene hoy Hollywood; y la cámara de Paul Feig no se cansa de hacer comparaciones físicas entre el cuerpo reducido de Kendrick y su contraparte.

Desde ya que Un pequeño favor no es La sombra de una duda. No tiene ni sus ambiciones, ni su oscuridad. Tampoco creo que en esta película haya -como señalaron varios críticos- una conexión tan clara con Las Diabólicas (Henri Georges Clouzot, 1955), film con el cual coquetea argumentalmente. Si existen estas conexiones, en todo caso, son más bien cosméticas, accesorias incluso. La razón principal por la que digo esto es que tanto la película de Hitchcock como la de Clouzot son policiales negros, y dudo mucho que Un pequeño favor tenga algo genuinamente de policial, porque dudo que haya algo acá que pueda tomarse mínimamente en serio.

Sí hay un par de momentos de tensión genuina, como las escenas en las cuales Stephanie empieza a recibir llamadas y mensajes de una Emily que parecen venir de la ultratumba, pero no mucho después de que pasa eso, la propia Stephanie menciona la película Las Diabólicas (donde justamente una persona se hace pasar por muerta, tal y como lo hará el personaje de Lively acá) para que uno vea que en todo esto existe un grado de autoconciencia humorística.

Este tipo de humor constante juega a veces a favor y a veces en contra de la película. A favor, porque esa autoparodia le permite redimir falencias en un policial lleno de agujeros y en un exceso de vueltas de tuerca. Después de todo, uno puede interpretar sus disparates del desenlace, o incluso agregados efectistas -que incluyen un beso entre Emily y Stephanie al que se podía haber omitido de la trama sin que esto alterase en lo más mínimo la historia-, que atentan contra cualquier tipo de tensión, con la idea de que, al fin y al cabo, todo es un gigantesco chiste. Pero también es verdad que en estos casos pueden resonar los ecos de Robin Wood cuando decía que no podía tomarse en serio una película que no se tomaba aunque sea un poco en serio a sí misma. De este modo, también todas las oscuridades y ambigüedades que puede guardar el personaje de Stephanie, o la relación tortuosa que Emily tiene con su hermana secreta, termina siendo despojada de todo peso.

Sin embargo, he decidido con Un simple favor no escuchar por esta vez a Robin Wood. Quizás porque varios chistes notables de la película lo justifican, quizás por su hermosa banda de sonido y sus actrices. O quizás también porque puede que haya una inteligencia de Feig en esta vía del chiste absoluto a la hora de filmar esta clase de películas de suspenso. Es como si en el fondo hubiera algo crepuscular en esta película, de darse cuenta de que estas historias intrigantes ya no pueden contarse más al viejo modo, y sólo quedara la vía de la parodia pura y dura. Quizás el resultado le resienta profundidad, pero le agrega la posibilidad de que un director experimentado en la comedia como Feig pueda realizar una narración acelerada y con buenos chistes. Suficiente para mí.

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