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Tiempo de lectura: 2 minutosUna educación parisina

Por Marcos Rodríguez

Mes provinciales
Francia, 2018, 137′
Dirigida por Jean-Paul Civeyrac
Con Andranic Manet, Diane Rouxel, Jenna Thiam, Gonzague Van Bervesseles, Corentin Fila, Nicolas Bouchaud, Charlotte Van Bervesseles, Sophie Verbeeck

Compromisos

Algo me despertaba una profunda pereza en esta película: los nombres, las citas, las referencias, las disputas cinéfilas, todo un código complejo, cargado de significados pero profundamente cerrado, que atraviesa la narración como una red de alianzas y debates entre los personajes. ¿Podría entender Una educación parisina alguien que no sea lo que se llama un cinéfilo? Probablemente sí, pero también probablemente ese no cinéfilo se haya aburrido antes de llegar al final de lo que no es en sí la aventura de la cinefilia sino, simplemente, la historia de un chico que estudió cine, que ama el cine, que utiliza el cine para comunicarse con otras personas que, como él, aman el cine.

La clave se plantea de entrada: cuando empieza la película, no vemos referencias o el cine puesto en primer plano. Lo que vemos es un pibe que tiene que dejar su ciudad natal, y dejar con ella a su novia, para irse a estudiar en París. En Francia como en Argentina, todo pasa por la capital. Recién en París, al llegar a una ciudad que no conoce, a un departamento que no conoce, después de empezar a rozar y tropezarse con los pasillos que conforman la vida en la gran ciudad, la vida de un estudiante liberado, recién ahí es que empiezan a caer los nombres de directores y todo lo que traen con ellas (lo cual ocurre, dicho sea de paso, en el único fragmento de clase como disertación que vemos en la película, y en la cual se denomina el cine italiano de los ’60 como un Segundo Renacimiento). Lo que importa acá es el personaje y su historia.

Uno de los mayores hallazgos de Mes provinciales es el haberse atrevido a robarle Mahler a Muerte en Venecia: el Adaggietto de la Quinta Sinfonía, un pedazo de música que puede abrirte un agujero en el corazón y que en la memoria del cine está indisolublemente ligada a la película de Visconti. Hay mucho Bach en Una educación parisina (el personaje lo escucha, se lo utiliza una y otra vez, se habla de él), pero el tono (final) de la película lo pone Mahler, del cual se habla también, por supuesto. Pero más allá de las referencias (no creo que Visconti importe mucho acá), lo que importa de Mahler es Mahler: la música, su tono y la sensibilidad que deja flotando en el aire. Al final (como al principio) lo que importa no es la trama de códigos sino simplemente lo que les pasa a los personajes.

Es en esto donde Una educación parisina encuentra toda su fuerza: no importan las discusiones sobre si el cine debe tener o no un compromiso político, sobre si Bresson es mejor que Besson, lo que importa son los pequeños hechos que se van tramando en un periodo relativamente corto de tiempo (un par de años, digamos) y que van conformando un panorama de personajes provincianos (mis provincianos) que vinieron todos a París por una razón u otra, que buscan todos aprender o hacer una cosa o la otra, y a los cuales la vida va arrastrando para acá o para allá hasta que al final ya no queda nada de ese grupo compacto que parecía ser el símbolo de la pasión por el cine y que al final resultó ser apenas un punto de encuentro en el torrente de acontecimientos que va arrastrando a los personajes.

Como la vida misma, pero con música de Mahler.

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