Una mujer fantástica
Chile-Estados Unidos-Alemania-España, 103′
Dirigida por Sebastián Lelio.
Con Daniela Vega, Francisco Reyes, Luis Gnecco, Aline Kuppenheim, Nicolas Saavedra, Amparo Noguera, Nestor Cantillana, Alejandro Goic, Antonia Zegers, Sergio Hernandez.

La adorable revoltosa

Por Tomás Carretto

“La vida es aterradora, pero el arte no lo es”
Daniela Vega

Con el mismo desparpajo de esas películas clase B, en esta historia -escrita a dos manos entre Lelio y el crítico de cine Gonzalo Maza- las acciones dramáticas se suceden sin preámbulos, directo a los bifes. Con algunas pocas escenas y diálogos es suficiente para introducir personajes y llegar al nudo del asunto. La protagonista de la película -que arranca con planos abrumadores de las Cataratas del Iguazú musicalizados por el gran Matthew Herbert- es Marina (Daniela Vega) una chica trans que pareciera ser la hija cinéfila de dos padres: el cine de Pedro Almodovar y el de Martín Rejtman. Esa mezcla original en dosis quirúrgicas crea un contrapeso en el que se cuida muy bien que un tono no bastardee al otro, evitando la amenaza latente de los estereotipos; es así que Marina, como si fuese una criatura hawksiana, tiene por un lado la revoltosidad de las mujeres almodovarianas y por otro la ternura inocente y torpe (adorable) de los personajes de Rejtman. Esta particularidad estética (que no es la única en la película de Lelio) crea una sinergia singular no sólo a nivel del personaje sino también de la historia. Porque, en el fondo y en la superficie, Una mujer fantástica sigue el molde de un melodrama hecho y derecho (y pasan cosas terribles, lúgubres, conmovedoras) con enigmas propios del género, aunque la historia sepa dejar un poco de lado la artificiosidad cliché de lo queer y lo fem tan exacerbada por el manchego (rompiendo a lo Rejtman las construcciones dramáticas o al menos atendiendo a jugar con las expectativas y traicionarlas) acotando la parodia y centrándose en los tiempos propios de los personajes, con un registro documental y empático de estos y centrándose en Marina como centro del universo vital.

Al mismo tiempo tenemos una segunda operación, que es inversa: se le quita a lo Rejtmaniano lo costumbrista que un poco es la trampa de su cine, y como en una sinfonía que va creciendo en intensidad y emotividad se llega a la cota del cuento moral político que el film plantea sin atajos. Marina, con su nobleza y ese afán de pelear por lo que es suyo, lleva el peso de la historia, sin prisa y sin pausa, elevando su voz -cada vez menos conciliadora- hacía su objetivo, de la mano de pequeños actos heroicos (a modo de réplicas, acciones, y gestos). Como si fuese Hilary Swank en Million Dollar Baby (2004) –recordemos, la misma Swank que hizo Boys don´t cry (1999)-, Marina ejercita su bronca con trompadas al aire o a una pera de cuero, tan desobediente de los mandatos como la Marlene Dietrich de Marruecos (1930), película en donde ésta también jugaba con la ambigüedad, pero desde otro registro. La pareja de Marina, el afable Orlando (quizás un homenaje al personaje de la novela de Virginia Wolff antes que al film de Sally Potter (1993) con Tilda Swinton, su majestad andrógina), es un hombre maduro y enamorado que vive su amor sin prejuicios. Una historia de amor en código propio en donde el género no es más que una circunstancia, sin ser un rasgo condicionante de la identidad (y los deseos fundantes) del individuo, pero cuya construcción cultural genera un estigma abrumador difícil de superar (jugado en el contexto de una sociedad conservadora). Es ese estigma cultural -siguiendo la senda planteada por el libro de Wolff, que hábilmente hace todo un recorrido histórico y por las diferentes culturas para evidenciar su peso- el que se desencadena cuando Marina se queda sin Orlando y el mundo idílico construido por ambos desaparece. Orlando muere y Marina no puede acudir siquiera a su entierro. No sólo eso: es acusada –desde el prejuicio- por la policía y la familia de Orlando de haber querido matarlo. Se la insta a despojarse de todas sus pertenencias (incluido su perro) y abandonar el hogar que compartían. Marina, como la Orlando de Wolff y de Potter es una persona que pierde abruptamente sus derechos. Solo puede acceder a despedirse del cuerpo de Osvaldo (fuera de la ceremonia) en la trastienda.

Es importante aclarar que tampoco se trata de «un film de denuncia» (o al menos no estrictamente, más allá de la situación de desamparo legal que se evidencia) porque las múltiples capas que tiene, impiden caer en el didactismo y encerrar la película en un compartimiento estanco, como sucede quizás con gran parte del (otro) cine chileno. De una sociedad (la chilena) históricamente conservadora (y con sus grietas políticas irresueltas) y cuyo cine ha tendido a funcionar como campo de batalla ideológico (un drôle de guerre) en perfecto contraste a la simulación protocolar de los desayunos entre Piñera y Bachelet. Un cine que va de la propaganda más desaforada y negacionista del poder de directores como Patricia Riggen (Los 33), con toda su pirotecnia desvergonzada, al  allendismo amargo y huérfano de los Guzmán y los Littín para terminar en ese “buenismo” bien-intencionado de los jóvenes de izquierda como Andrés Wood (Machuca) y Pablo Larraín (No, Tony Mareno) que sin embargo no le encuentra una salida a sus propios estereotipos. Como la propia naturaleza de Marina (lo trans) Una mujer fantástica está en el medio de esa grieta estética. Y no porque sea políticamente ambigua, sino porque entiende que el cine es bastante más potente que la propaganda o la denuncia. Acá también está presente como enunciaba Raúl Ruiz en su Palomita Blanca (1973) “¿Qué pasaría si una niña de la clase dominada llega a andar con alguien de la clase dominante?” pero lo lleva adelante con un giro novedoso que revoluciona los cimientos de una sociedad anquilosada.
Como ya lo prefiguraba con Gloria (2013), Lelio se introduce en terrenos inexplorados de la sexualidad y la identidad. “Soy lo mismo que vos” le dice Marina al medroso y pusilánime hijo de Orlando y lo desacomoda por completo. Porque es fácil diferenciarse del otro, demonizarlo, cuando la grieta es política o por la Universidad de Chile y Colo Colo. Ahora bien: ¿Qué pasa cuando esos límites auto-asumidos se empiezan a mover? El hijo de Orlando se siente atraído por Marina pero no se lo puede permitir. Entonces después de arrinconarla contra un rincón termina insultándola y diciendo al aire “Qué vergüenza mi padre”. Marina pone en la superficie aquello que no se quiere aceptar. El velo que devela el propio monstruo. La síntesis entre lo bello y lo feo. La fuerza arrolladora que emerge y que ya no está estigmatizada por el fantasma mortal del HIV frente al desamparo estatal y la coacción marginal del obligado bajofondo.

La mirada de la película de Lelio (cargada de libertad expresiva y valentía para su propio contexto de partida) estéticamente no hace alarde de ningún purismo: tiene la irreverencia pop de los 80 (suena varias veces la música de The Alan Parsons Project), los sintetizadores, las trompetas, las flautas y violines (una partitura de Herbert –increíble- llena de matices), las luces de colores, la publicidad…Puede remitir al mismo tiempo al cine de Almodovar (al que como una fruta a punto de pudrirse le saca todas sus partes rancias), pero también por qué no a Isabel Sarli (¿se acuerdan de India (1960) de Armando Bo?) o Hilary Swank. Como vimos en la también elogiable Desearás al hombre de tu hermana (Diego Kaplan, 2017) el futuro del cine latinoamericano está en estas formas del camp. Ya de por sí es una de las noticias más felices del año que le haya ganado el Oscar extranjero a la aberrante The Square (2017) de Ruben Ostlund y su anticine atroz. El futuro de Marina (el personaje) parece estar en uno de esos no-lugares: el escenario (su vocación) o las Cataratas del Iguazú, una de las “maravillas del mundo” (recordemos la definición de Todorov de lo “maravilloso”: “lo maravilloso evoca un universo ingenuo y por momentos deslumbrante donde lo sobrenatural tiene derecho a existir”), en el que la fuerza abrumadora de la naturaleza permite que lo onírico cristalice todo aquello que la cultura niega. Por último, el futuro de Daniela Vega (la actriz y mujer trans) –después del triunfo que significó la película, que aceleró debates que ya se creían perdidos- lo decidirán ahora los políticos desayunantes. Después de tantas dilaciones inexplicables es probable que este año se voten en el Congreso las demoradas leyes de identidad de género y matrimonio igualitario. En ese sentido, todavía estamos frente a una película con final abierto.

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