Undine

Tiempo de lectura: 3 minutosUndine

Por Marcos Rodríguez

Undine 
Alemania, 2020, 90′
Dirigida por Christian Petzold
Con Paula Beer, Franz Rogowski, Maryam Zaree, Jacob Matschenz

Lágrimas

Por Marcos Rodriguez

Debería haber sido una operación fría o dura: tomar un antiguo mito germánico y hacer con él una película contemporánea. Si alguien podía hacerlo, es Christian Petzold, tal vez uno de los mejores directores del mundo mundial hoy en actividad. Por otro lado, Petzold ya había practicado operaciones similares antes: tengo entendido que había recurrido a la mitología germánica para Etwas Besseres als den Tod, esa obra maestra, y también algo similar con su película anterior, Transit (una historia de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Marsella de hoy en día), de la cual además repite pareja de protagonistas y química absoluta. En el caso de Undine la cosa es un poco más extrema, porque al recurrir al folklore, lo que terminamos por tener es una especie de drama burgués de sentimientos sazonado con toques sobrenaturales: lo cotidiano como capa permeable por la que actúan fuerzas que no entendemos, que nos gobiernan, que nos arrastran. El melodrama se vuelve cósmico y, a través de las resonancias de lo profundo, los sentimientos tal vez más pedestres (el amor, esa cosa) alcanzan el absoluto, que es en definitiva lo que los hace ser lo que son.

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Undine arranca con una escena de ruptura: Johannes le acaba de decir (está elidido) a Undine que la deja por otra, al parecer de forma bastante brusca, inesperada y durante una pequeña pausa que tiene ella en el trabajo. Todo bastante banal, excepto por las lágrimas de Paula Beer, que estalla de fotogenia. Ella se llama así, directamente: Undine. No hay sutilezas o intención de ocultar: Petzold desempolvó los libros de historia, arrancó un cuento viejo y lo trajo a Berlín en el siglo XXI. Es parte de la forma en la que opera Petzold: lo absolutamente explícito. Es por eso que llama a su protagonista como la llama y que nos muestra las imágenes acuáticas que no buscan la ambigüedad sino otra cosa. Uno podría ver perfectamente Undine sin conocer el mito de Ondina (de hecho, no tengo demasiado claro qué se supone que hace esta criatura del agua) y, es más, podría ver perfectamente Undine sin saber siquiera que está basada en un mito: lo que encontraría entonces es una película perfecta, pulida, un melo sobrenatural tal vez un tanto desconcertante, pero no por eso menos potente (al contrario).

Es esa explicitud la que puede hacer temer el costado más frío de esta operación: estamos jugando un juego pautado por reglas duras, reglas ajenas al cine, por un cálculo: voy a hacer una película contemporánea que cuente un mito antiguo, sin explicarlo, sin encontrarle un sentido. Sin embargo, por obra del arte de Petzold, es precisamente esa explicitud  lo que lo pone a salvo del cálculo y la frialdad: nos invita a participar sabiendo de entrada a lo que nos atenemos. No hay artificios, canchereadas o piruetas: Undine se comporta como un ser mitológico y es a partir de esa lógica que se construye todo. Sin el deber de tener que darle una explicación a todo (esa manía del cine malo), Petzold puede entregarnos a lo que el mito tiene de verdadero.

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Petzold recurre al mito no porque considere que el cine no es suficiente, porque quiere decir algo importante, porque el prestigio de lo polvoriento sea mejor que la fuerza de lo vivo. Por el contrario, su fe en el cine es tal que sabe que el cine soporta mucho más de lo que normalmente le exigimos: no hace falta que los personajes se comporten como creemos que deberían comportarse (como creemos que nos comportamos nosotros) para que podamos identificarnos con ellos. No hace falta que actúen según las normas del realismo, no hace falta que tengan una “psicología” como la nuestra, mucho menos hace falta que sus acciones y su entorno se puedan decodificar con claves claras (por citar un ejemplo malo con el que Undine tendría algunos puntos de contacto: La forma del agua). Hay mucho más. Puede haber mucho más.

Lo extraordinario del gran Petzold es que sabe todo esto, que ama el cine, que construye artefactos extraños, que juega y que nos entrega siempre un mundo poblado de personajes que respiran, que palpitan como el corazón de ese cine que no busca conmovernos sino emocionarnos (si es que sirven esas dos palabras para definir cosas bien diferentes). El modernista, el rupturista, el alemán de Petzold se convirtió en el gran clásico del cine del siglo XXI: no un momificador de formas, un profeta de lo muerto, sino un tipo lleno de fe (en el cine, en sus actores), un creador de formas fluidas, un explorador, un desestabilizador y, al final, alguien que sigue buscando formas nuevas de hacernos llorar.

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