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Tiempo de lectura: 4 minutosVendrá la muerte y tendrá tus ojos

Por Carla Leonardi

Chile, 2019, 88′
Dirigida por José Luis Torres Leiva
Con Amparo Noguera, Julieta Figueroa

Elegía de un amor

Ana (Amparo Noguera) y Maria (Julieta Figueroa) se aman. De eso no hay dudas como lo muestra la ternura con que se acarician, se miran y se besan, abrazadas y recostadas juntas en una hamaca paraguaya en la escena del comienzo. En medio de este marco de exaltación amorosa, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos nos invita a pensar qué clase de amor es el que enlaza a estas dos mujeres. ¿Se trata de un amor pasión, del amor romántico o de uno advertido del imposible estructural que lo habita? 

En la segunda escena, María invita a Ana a conducir su auto con los ojos cerrados bajo su guía. Lo que propone María es que Ana se entregue en el terreno sin garantías y sin referencias que es el amor. Porque amar supone adentrarse en la experiencia de lo inesperado y de lo no sabido, porque saber y amor están en las antípodas. Ana titubea al comienzo y no sin temor, cierra sus ojos y arranca el auto bajo la orientación de la candorosa voz de María. Y ambas nos muestran en esta escena, que la entrega amorosa es un acto de fe, un salto al vacío que sólo puede realizarse bajo la confianza de que estamos amarrados por el amor del otro. 

La siguiente escena, en el bar, donde suena ‘Dicha feliz’ de Virus, da cuenta de los momentos felices en este enlace amoroso establecido con el paso de los años y al mismo tiempo hace ingresar a él, la desgracia. María sale del bar y rompen en llanto desconsolado. La escena que sigue en el hospital y la conversación posterior entre Ana y su hermana nos hacen saber que María padece una grave enfermedad, sin remisión y en fase terminal, y que ha decidido dejar de probar otras alternativas de tratamiento. Las dos mujeres se mudan a una casa en el bosque para vivir los últimos momentos de su amor, para acompañarse mutuamente, para enfrentar juntas el incognoscible vacío de la muerte.       

En este contexto de esta historia de amor que conlleva la muerte asistida de una de las amantes, Torres Leiva evita el derrotero fácil de la lacrimoginia y el patetismo drámatico efectista. La muerte está presente sobrevolando la escena y el tratamiento que hace de ella el director no la niega defensivamente y tampoco se hace de la agonía un espectáculo obsceno. Torres Leiva sabe que de la muerte nada puede decirse y entonces la cercana mortalidad de María está aludida, se desprende de la propia lírica de las imágenes sin nombrarla nunca directamente. Porque la experiencia de lo que no puede decirse, sin embargo puede contornearse y transmitirse a través de la poesía. De ahí que de pronto ponga en boca de María el recitado del poema Hijas del viento de Pizarnik que da cuenta del miedo y de la profunda soledad de quien está pronto al abismo donde desfallecen las palabras. 

De allí que irrumpa también el onirismo lírico de ciertas ficciones dentro de la ficción que apuntan a tocar lo imposible del amor. En la primera historia se trata del desencuentro en la amorosa ternura entre un anciana del mundo civilizado y una joven que ha crecido en la naturaleza; como si se tratara de la discordia estructural entre la palabra y la cosa, entre dos modos de goce diferentes. La anciana dice: “Yo no quiero cambiarte”, “Mi libertad es tu libertad”. Se trata entonces de un amor que no es tonto, que sabe algo de lo imposible de la complementariedad y que entonces se brinda libremente, sin afán de posesión o domesticación y puede hacer de esa otredad esa vía por la cual ser testigo de una experiencia del goce perdido por la entrada en las convenciones de la cultura.    

El segundo relato es la ficción que María construye entorno a la imagen de una foto de su tío. Se trata del amor homosexual entre un hombre de familia y un joven adonis, efímero en su encuentro pero duradero en el recuerdo. Se trata de un amor prohibido e idealizado, que permanece como secreto, ese que el tío de María no ha dicho a nadie y que se revela en los últimos momentos antes de morir, pero que sin embargo no termina de decirse totalmente porque permanece para siempre en el misterio el nombre del amado. En la cuestión secreto, de lo que no puede decirse, hay una relación con el vacío de representación propio de lo femenino.

Estas pequeñas ficciones de la desarmonía amorosa permiten ir situando que la muerte de María no está colocada en la trama de ficción por mero regodeo de un director que busca afectar dramáticamente al espectador, sino que está en función de acercar amor y muerte, como dos nombres de lo imposible de saber y como posibilidad de que el amor dignifique y dulcifique lo doloroso de la muerte.

El propio título del film pone amor y finitud, amor y dolor en un mismo plano. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos es un poema de Cesare Pavese, que está dedicado a la actriz estadounidense Constance Dowling, de cuyo desengaño amoroso no pudo reponerse, pasando luego al suicidio. Pero ahí donde Pavese da cuenta del amor imposible, torturado y sufriente (como el del joven Werther de Goethe) que termina en la fatalidad; Torres Leiva, a contramano, apunta a cernir con sus microficciones encantadas, con la historia de amor de María y Ana, lo imposible estructural que habita en la dicha del amor. El amor participa por su estructura de lo insabido, del vacío y de la finitud.  

Torres Leiva se apoya en el lirismo que brota de los cuerpos, del paisaje, de la ensoñación y de la melodiosa cadencia de las palabras para deconstruir entonces el ideal del amor romántico. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos rompe con la ficción del dos que hacen un Uno sin fisuras hasta la eternidad. Pero nos regala la experiencia de un amor advertido de su finitud y de sus incertezas,  de un amor que amalgamando eros y tánatos, avanza decidido con ternura hacia su ultimo aliento vital. El amor duele por estructura (que no es lo mismo que duela por sufrimiento tortuoso) y este dolor puede conjugarse con dimensión de explosiva del goce del amor, como bien lo muestran María y Ana. El amor es un acontecimiento del decir, una experiencia que toca al cuerpo con una temporalidad limitada, una elección incierta que se relanza cada vez, de ahí que nada sea más acertado que ese final con la canción de Rafaella Carrá que nos dice que “En el amor todo es empezar”.

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