Venganza (Cold Pursuit)
EE.UU., 2019, 118′
Dirigida por Hans Petter Moland.
Con Liam Neeson, Laura Dern, Tom Bateman, Tom Jackson, Emmy Rossum, Domenick Lombardozzi, Julia Jones y John Doman.

Los 90, de vuelta

Por Sergio Monsalve

Los noventa vuelven con una fuerza inusitada a partir de una serie de largometrajes revisitadores y reivindicadores del humor negro. Viendo la cantidad de filmes, alrededor de los mismos temas, descubro una agradecida avalancha de incorrección política ante el establecimiento del canon superado de la academia en los últimos años. 

El Oscar niega el apogeo de la verdadera comedia ácida y anárquica. Por tal motivo, premian la risa enlatada de la condescendiente Green Book en lugar de coronar a la más arriesgada El infiltrado del KKKlan, por hablar de cintas afines con el tópico racial. Condenan a la La Favorita a irse prácticamente de vacío en la noche de las estatuillas, concediéndole apenas el reconocimiento a la actriz Olivia Colman. 

La censura y la reprobación al trabajo del griego Yorgos Lanthimos responde a su manera de recrear una época pretérita, desde una visión cercana a la del Peter Greenaway obsceno, pecaminoso e indecente de finales de los ochenta, cuando la deconstrucción genérica empezaba a radicalizarse en el mainstream, tras ser aupada en los corrillos del indie postgeneración dorada de Hollywood. 

Los Coen vienen de ahí, Tarantino construyó la casa de los proscritos hermanos Weinstein, Robert Rodríguez impuso su modelo iconoclasta de producción antisistema sin presupuesto, conocimos la irreverencia de tantos chicos de la pandilla de Harmony Korine; renegados e injustamente ignorados por el cónclave conservador de Los Ángeles. 

No resulta una coincidencia el hecho de disfrutar de la espléndida Can You Ever Forgive Me, a raíz de su desplante en la temporada de los galardones. La nueva película de Marielle Heller transcurre en el tiempo posmoderno donde regresan las obras contestarías de último cuño. 

Así pues, entramos a Venganza por el trámite de cubrir la premieré de la semana, y salimos con la sorpresa de reencontrarnos con una de las tendencias subversivas del momento: desarmar y rearmar un filón con los recursos de un pasado reciente. 

El sagaz director del filme, Hans Peter Molland, rodó una versión de su cinta original, pero ahora con actores anglosajones y un ángulo de adaptación norteamericano. La incorporación de Liam Nesson provee el chiste de amenazar con parodiar inclementemente su franquicia Taken, para en realidad exponer su consciente defunción en una autopsia audiovisual, claramente influida por la escritura de Fargo

En efecto, la pantalla va dibujando el cementerio, con crucecitas incluidas, de los rostros y semblantes con los que crecimos en el cine indie. El protagonista conduce y maneja una desvergonzada barredora de nieve, como el camión de la ópera prima de Spielberg. La potencia de la máquina es símbolo del brutal y sádico engranaje de los gags diseñados por el autor. 

El público, mal acostumbrado a la dieta del buenismo de The Wife, se ofende en la sala por la absurda parquedad de la violencia de los personajes, que recuerdan a Guy Ritchie. La pantalla le hace un daño enorme a su audiencia al esconderle títulos como Venganza, cuyo feliz nihilismo proporciona mejor educación que una cadena de happy endings. 

La vida es, en palabras de Jordan Peterson, un calvario de frustraciones, reveses, desventuras y sacrificios. Por tanto, conviene enseñarlo y aprenderlo pronto. De lo contrario, seremos presas fáciles de los matones que nos pretenden dominar. 

Venganza habla de un asunto tan darwinista y libertariano, escapándole a cualquier coartada moral. Por su puesta en escena desfilan los arquetipos de un mundo extrañamente lynchiano y kafkiano, de seres fríos y letales que esconden un ingenuo gran corazón. 

Como subtexto, aflora la intención de desmitificar a la supuesta integración de los colores y las etnias. La incomunicación sigue siendo obvia y evidente, provocando una suerte de guerra civil no declarada por el control del territorio y la explotación de las drogas. Toda una metáfora del destino western de nuestra civilización. 

El retorno a los noventa, en guiños y orientaciones, constata que vivimos en un limbo entre la industrialización del siglo XX y un tercer milenio que no termina de consolidarse como proyecto. Un invierno distópico aunque gozoso. 

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