Visages, villages
Francia, 2017, 90′
Dirigida por Agnès Varda y JR

Los ojos y los gestos

Por Fernando Luis Pujato

Casi diez años después de Las playas de Agnès (2008), un film entrañable pero con un cierto aire de experiencia folclórica en algunos pasajes -fui a Cuba y saqué fotos, estuve en una marcha feminista y protesté- y sobre todo en cuanto a que la omnívora y aplastante presencia de Jacques Demy lo acercaba más al póstumo homenaje de un inquietante fantasma que a la (auto) celebración fílmica de una existencia apasionante, la pequeña figura de Agnès Varda vuelve a insertar algunos recuerdos, muy pocos pero significativos, de su extensa vida dentro del cine pero sin que estos se conviertan en una pesada carga mortuoria que asfixie lo verdaderamente importante en este, hasta ahora, su último film. Y lo que realmente importa en Rostros y lugares es no ya otorgarle visibilidad a lo que sea pues ya sabemos que todo lo filmado y lo por filmar tiene un mínimo común denominador, precisamente su visibilidad (dixit Serge Daney) sino colectivizar la imagen, exponer en el espacio público fotos del ayer y sobre todo del hoy aún a sabiendas de su efímera existencia, como señala la voz en off de JR, el fotógrafo del que solo se conocen sus iniciales, al volver por la mañana junto a Varda a observar la gigantografía que habían pegado el día anterior en los restos de un bunker alemán de la segunda guerra mundial incrustado en una playa del sur de Francia y comprobar que ha sido borrada por la marea; lo que no ha sido borrado es el plano alejado de ambos caminando por el angosto y largo muelle de esa misma playa en medio de la bruma matinal.

Pero la aparente tensión que podría suponer balancearse constantemente entre fugaces y no tan fugaces momentos de perdurabilidad es tan solo esto, una apariencia. Porque aquí no importa si la foto de la camarera del bar posando sentada con una sombrilla sobrevivirá a ese verano donde se ha convertido en la persona más famosa del pueblo ni cuánto tardarán en desarmar la estructura de contenedores donde se encuentran las fotos de las tres esposas de los tres estibadores del puerto de Le Havre. No se trata del tiempo y del inevitable destino de una foto de papel pegada en cualquier superficie al aire libre sino de la única habitante de un ex barrio de carboneros que se niega a abandonar ese lugar de afectiva pertenencia y de sus lágrimas al mirar su figura adherida en las paredes de su casa, se trata del cartero regresando en bicicleta a su casa con el bolso vacío de cartas pero repleto de frutas y verduras regaladas por los campesinos, se trata, en fin, del encargado del campanario de una iglesia que heredó el oficio de su padre a los catorce años -y la serie de planos en contrapicado, donde este hombre de unos ¿cuarenta años? concentrado como un monje zen tira de las las cuerdas de tres campanas al mismo tiempo regulando el esfuerzo de modo que suenen con distintos tonos, tiene una potencia extraordinaria. Son estas anécdotas e historias, vehiculizadas a partir de las fotos y desplegadas en un abanico multicolor por las formas del cine, claro, quizá lo más valioso del film de Varda y JR porque quizá, justamente, vayan más allá de su alcance inmediato.

Dirigida por una cineasta de casi noventa años de edad que cada tanto debe acudir a un oftalmólogo para colocarse unos gotas pues su visión se ha vuelto borrosa con el correr del tiempo y por un joven fotógrafo de treinta y tres años de edad que invariablemente calza un sombrero y unos anteojos oscuros, esta suerte de road movie desestructurada, que comienza en el sur de Francia para luego, en su último tramo, plegarse sobre sí misma, solo puede catalogarse como documental debido a una comodidad expositiva pues claramente desde su inicio la ficción desborda aquella o cualquier otra categorización. Y si hay algo conmovedor en este film, atravesado como está por la pasión y el afecto pero también por el profesionalismo, ese algo no es precisamente, o no es tan solo, el momento en el cual JR se quita finalmente sus oscuros anteojos ante los ojos fatigados de Varda y la imagen que nos devuelve la pantalla es un rostro envuelto en sombras. Ese algo se encuentra en el plano de ambos sentados de espaldas uno junto al otro sin tocarse y de derecha a izquierda respectivamente, como a lo largo de todo el film, solo que en este plano final el cuerpo de JR, imperceptiblemente, se inclina levemente hacia el cuerpo de Varda, casi rozando su hombro; el hálito de una caricia. Ojos. Gestos. Rostros. Lugares. La delicia en el mirar.

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