Viudas (Widows)
EE.UU.- Reino Unido, 2018, 129′
Dirigida por Steve McQueen.
Con Viola Davis, Colin Farrell, Michelle Rodriguez, Elizabeth Debicki, Carrie Coon, Cynthia Erivo, Brian Tyree Henry, Daniel Kaluuya, Jacki Weaver, Lukas Haas, Robert Duvall y Liam Neeson.

La impostación como marca registrada

Por Rodrigo Martín Seijas

No deja de ser raro que recién en Viudas Steve McQueen y Viola Davis hayan llegado a trabajar juntos. Al fin y al cabo, ambos representan una perspectiva artística similar: el realizador viene construyendo una filmografía que se pretende polémica y ambiciosa, pero que en esencia es tan políticamente correcta que llega a lo perezoso (12 años de esclavitud, detrás de sus manierismos formales, es la cima de la complacencia hollywoodense); y la actriz, desde hace aproximadamente una década, con sus performances sobreactuadas e impostadas, viene dejando claro que quiere ser una especie de reversión femenina de Sidney Poitier. Ambos encarnan una representatividad tan solemne como limitada de lo que el Hollywood blanco quiere conocer de la cultura afroamericana. Ý es por eso que no es raro que se hayan unido para un film que podría haber sido tranquilamente un thriller oscuro y algo juguetón, pero que termina siendo un alegato socio-político recargado, obvio y poco efectivo.

Las tensiones, esa contradicción entre lo que pudo haber sido el film y lo que termina siendo, pueden encontrarse en la misma autoría del guión -basado en una miniserie británica de los ochenta- escrito a cuatro manos por McQueen y Gillian Flynn, la autora del libro en que se basó Perdida, aquella gran película dirigida por David Fincher. Si el primero pone sobre la mesa esa discursividad pesada y sentenciosa, la segunda aporta los giros constantes que juegan con el inverosímil y la credibilidad del espectador. Da para pensar qué hubiéramos tenido si este film lo dirigía Fincher: posiblemente un disparate que jugara con lo sórdido y el retorcimiento de lo genérico, en el que los choques entre lo femenino y lo masculino se dieran esencialmente desde lo corporal y narrativo. Pero no, lo que tenemos es un relato que es muchos relatos, que nunca tiene bien claro qué quiere ser y hacia dónde ir, en un constante tironeo interno.

Porque el núcleo narrativo de Viudas es simple: un grupo de mujeres se encuentran con que sus respectivos maridos ladrones murieron en un asalto que salió mal y que hay un grupo de mafiosos reclamando una deuda, con lo que se ven obligadas a unirse para llevar a cabo ellas mismas un nuevo golpe. Pero si todo estaba servido para una heist movie (películas de atracos planificados) en clave femenina –y ahí es donde se nota la pluma de Flynn, con los trucos y vueltas de tuerca-, McQueen quiere presumir de feminista y dejar bien en claro que esta es una historia de empoderamiento, subrayando que el personaje de Elizabeth Debicki siempre fue un objeto de deseo y no más que eso, pero que está dispuesta a tomar el destino en sus manos; el de Davis se hacía la distraída con los negocios ilegales de su marido pero ahora ella toma el toro por las astas; el de Michelle Rodriguez, como ella misma dice, quiere que sus hijos sepan que no se quedó sentada sin hacer nada; el de Cynthia Erivo es una laburante tan honesta y leal que hasta quiere que la dueña de la peluquería en la que trabaja no le deba nada a nadie; y las encarnadas por Jacki Weaver y Carrie Coon son mujeres que cumplen con los mandatos machistas, y por eso merecen ser despreciadas.

Sin embargo, la acartonada y tribunera discursividad feminista no le basta a McQueen: también pretende hablar sobre los choques paterno-filiales y la corrupción presente en la política más urbana, a través de la subtrama que involucra a los personajes interpretados por Colin Farrell y Robert Duvall; y las diferencias raciales y de clase desde la voluntad de ascenso que impulsa al mafioso que encarna Brian Tyree Henry. De ahí que Viudas sea un film de robos pero también un drama familiar y moral, y un thriller político, y a la vez poco y nada de eso, porque el realizador, tan preocupado por bajar línea y construir un discurso que interpele a todos los sectores biempensantes, pierde de vista lo más importante: los personajes, que salvo excepciones –Debicki y Rodriguez les otorgan dignidad a los suyos desde una economía gestual y corporal- quedan reducidos a meros vehículos del habla.

Desde el lenguaje –que puede expresarse mucho más allá de la palabra- Viudas tiene poco para decir y hasta luce hueca, queriendo reemplazar ese vacío por la intensidad. Ahí es donde entra en juego los ya habituales desbordes de Davis, que llegan a extremos en una escena donde les dice a sus compañeras de crímenes que esto es cosa seria y no hay lugar para chistes. En un punto esta posición es entendible: hay veces que la tragedia y el horror son ineludibles, que la pérdida marca todo y no se la puede ignorar, por lo que hay que hacerse cargo de la oscuridad que impera. El problema es cuando lo sombrío es forzado y sobreactuado, aún cuando había espacio para lo lúdico y humorístico. Eso se nota demasiado en el cine de McQueen y el tono actoral de Davis, que no cejan en su empeño de decirnos que el mundo es una cagada, que es un lugar duro y podrido, marcado por la impunidad y con escasas chances para los más débiles. Está bien, ya quedó claro, ya entendimos, pero no vendría mal un cine un poco menos impostado y facilista.

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