Utopía

Por Ariel Esteban Ramos

El pochoclo es un plato que se come frío, así que recién ayer vi Glass, que cerraría esta trilogía de M. Night Shyamalan (formada por Unbreakable y por Spilt). Al estilo de Tarantino o de Margaret Atwood (en las series sobre sus libros), el director hace un cameo en su propia criatura, supongo que para dar la cara por lo que estamos a punto de ver. Quien se queje de esos largos silencios que se van secando en un anticlímax tras otro no conoce a este director que aprovecha al extremo la faceta taciturna del veterano Bruce Willis –y pensar que en Moonlighting era un joven simpático que hablaba como un loro. Tempus fugit… et vincit. Antes de romper el vidrio en pedacitos, una loa a la gran plasticidad de James McAvoy, con ese cuerpo difícil, tan medium size, y esa voz que no es naturalmente extraordinaria (a años luz de Benedict Cumberbatch, por ejemplo), hace milagros. Mis respetos. 

Una interpretación rapidita, con fritas, comenzaría y terminaría con las mismas dos preguntas que planteaban “X-Men” y “Los increíbles”: 1) En este mundo que invita a festejar la diferencia y a la vez es alérgico a las jerarquías ¿tengo derecho a ser especial y a decirle mi verdad al mundo? Al extremo: ¿hasta dónde es aceptable la individualidad?; 2) ¿Qué mundo es mejor: el escenario de los enfrentamientos de estos destacados individuos, héroes y villanos, o la apacible utopía horizontal? Como sea que se respondan ambas preguntas, la emergencia de lo individual es inevitable, aun contra las peores circunstancias. 

Respuesta fácil a la primera pregunta: “Todos somos personas únicas y extraordinarias, es fantástico que existamos y el mundo debe enterarse”. Sale marcha del orgullo súper. Pero momento, que los villanos son arquetipos de algo muy real, y ahí es donde la segunda pregunta mete la cuña. ¿No es mejor para la mayoría si todo está tranquilo? ¿No habría sido mejor no enterarnos de que Churchill, por ejemplo, era un líder incomparable para un país en guerra? ¿No era mejor la paz, sin un Hitler como antagonista y contrafigura? ¿Un mundo sin olas? En cuanto entramos en la historia, aunque reconozcamos la insuficiencia de cualquier interpretación meramente heroica, las preguntas toman otro orden de responsabilidad. Y la responsabilidad es siempre individual.


En esta película, al final la posta se sabe: los “súper” salen del placard. ¿Es conveniente abrir esta caja de Pandora de la verdad individual? La respuesta la dan la elección de planos y la música: cuando todo sale a la luz, la tonalidad mayor no deja lugar a dudas. En este sentido, Glass no llega muy lejos. Su planteo moral no está a la altura de las preguntas planteadas ni de la ambigüedad esencial del mundo, algo de lo que la saga de X-Men sí se hacía cargo. Pero no termina acá: hay un segundo presente griego en Glass. Con temor a exagerar, es de orden metafísico: la cuestión del diseño o arquitectura última de la realidad, y la capacidad del hombre para leerla. Platón, como los Simpson, ya se planteó todos los problemas: ¿Quién o qué es el dueño de este circo en el que vivimos? ¿Dios? ¿La naturaleza? ¿El Bien? ¿Acaso… los hombres? Todas preguntas que rebasan las cuestiones morales la ciudad hacia lo ontológico, la ciudad celeste. Para poder dormir con estas ansiedades encima en la era pre-Prozac, la terapia filosófica de elección era contar algún mito, y Platón era un campeón. Ahí está el Timeo, con su blueprint del cosmos. Si ese relato o cualquier otro que postule un diseño general del cosmos es un cuento chino (o griego) o, por el contrario, es una lectura apropiada de la realidad, es un misterio indecidible. Para resolverlo, tendríamos que vernos desde arriba. Y ese es el recurso de Glass, villano estudioso de esa sabiduría antigua que se sedimenta en el Comic. Él puede leer esa realidad de nivel superior, puede ver a Planolandia desde el aire. Casey Cooke, la adolescente sufrida, lee un comic (oh, libro sagrado) que describe todo lo que es y será: “tal como estaba escrito”. 

Nuestras preguntas, entonces, podían dirigirse a la historia, al gran relato: ¿heroísmo u homeostasis social? Esta es la posición del gran inquisidor en Karamázov, y se queda entre los muros de la opción moral. Pero siempre hay alguien que salta bien alto: Glass, con la inteligencia del filósofo que conoce el mecanismo de la última realidad. Por eso los demás se transforman en piezas de un juego, que tampoco es el suyo. Así como el demiurgo no es exactamente Dios, él es solamente quien ve las ideas más claramente. En este caso se trata de las leyes inalterables del relato cuyas claves están, para quien sepa leerlas, en el universo del comic. Por eso, Glass es el único personaje que ve ambos tableros:

1) el del barro en donde ángeles, ideas y héroes se agarran a trompadas por la justicia, sea la esquizo-espartaquista de “los quebrados del mundo”, que representa la Bestia, o la yanqui estándar, encarnada por el vigilante de Willis. Dos justicias, dos utopías. Karl Mannheim decía que una utopía se revela como tal cuando lucha contra otro orden utópico que ya está actuando en el mundo.
2) El tablero metafísico, el metajuego en el que Glass se trasciende como único participante, más allá de su muerte. Integrándose en la arquitectura de esa realidad superior, llega a coincidir con la visión de otro griego, Anaximandro, que en su famosa sentencia decía que todas las cosas tenían su tiempo, y es justicia que mueran para que el juego continúe. Glass muere, pero con una sonrisa Jackson. Sabe que su triunfo es más grande; no sobre un miserable héroe en caballo blanco como Bruce Willis. El morocho no tiene músculos, que serían apenas un instrumento de fuerzas más elevadas. Victoria de filósofo, que impone el fluir del orden superior desde la silla de ruedas de la mente. Victoria de quien pudo entender mejor que los demás en este mundo de corpulentas apariencias cuál era el juego, quiénes eran las fichas y, por supuesto, cuándo y cómo moverlas. 

En el umbral de la muerte, nuestro villano le confiesa a su madre que se trata de una historia de origen. ¿Lo que acabamos de ver es una precuela de otras seis horas de silencios? Si de mi depende, cerremos acá.

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