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Tiempo de lectura: 3 minutosAraña

Amilcar Boetto

Araña 
Chile, 2019, 105′
Dirigida por Andrés Wood
Con Mercedes Morán,  María Valverde,  Marcelo Alonso,  Felipe Armas,  Pedro Fontaine, Caio Blat,  Gabriel Urzúa

Los brotes discursivos

Por Amilcar Boetto

Vi Araña. Y comencé a asociar ideas.

1. Las pulsiones subyugadas por la autoimposición biempensante -con el escrúpulo de pensarse como denuncia- fueron perseverantemente señaladas por la crítica local en el film Dark Waters (Todd Haynes, 2019). El notable director estadounidense parecía encerrado en y por su propio discurso, con la manifiesta imposibilidad de preguntarse sobre el proceso de descubrimiento de la verdad. El californiano no olvidaba, sin embargo, que no se puede denunciar nada sin que las escenas cuenten con un desarrollo tonal determinado. Por más fuertes que sean las palabras, el discurso no tiene espesor sin efecto sentimental.

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2. Araña ha sido defendida por ciertos sectores críticos argentinos, a pesar de que su testarudo discurso ni siquiera está apoyado en la autoconciencia que si expresaba un director como Todd Haynes -que, digan lo que le digan, si algo sabe hacer es manipular al espectador-. Vayamos a la película de Wood. Pensemos, por ejemplo, aquella escena donde se presenta al personaje de Gerardo, en la que la desidia vence al drama, porque la puesta en escena, así como la marcación actoral, evitan el progreso hacia el enojo del personaje. Bien por el contrario, este se plantea como una irrupción en un clima que tampoco se siente tan calmado. Esa irregularidad lejos está de plantear sistema, todo está lejos de plantear sistema, siquiera un sistema de irregularidades.

3. Problema. Cuando el discursillo es tan claro y tiene tan pocos interrogantes se hace difícil enfrentarse al acontecimiento que implica un rodaje. Es que la presencia de lo que se quiere decir corrompe la interpelación que provoca lo imprevisto, peligro con el que todo director se enfrenta. Sin embargo, Wood no evidencia su discurso. Con vehemencia intenta situarse en el punto de vista de sus criaturas que, más tardíamente en el metraje, caracterizara como fascistas dementes. No hay transparencia en un buen sentido, no está todo tan masticado. La ambivalencia no es ajena. Si hay algo de lo que Wood no puede jactarse, así como tampoco cierta tendencia del cine latinoamericano, es que el cine le importe más que la política.

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4. La crítica «contenidista» (esa que privilegia y legisla ideología mediante si una película es deleznable o digna de nuestra celebración en tanto reconozcamos en ella un posicionamiento político afín al nuestro) elogia a Araña por la relación que establece entre la violencia actual hacia los inmigrantes y la violencia del pasado, en que la violencia política engendra males difíciles de contender y bestias fascistas que corrompen a la juventud. Los contenidistas asumen que el realismo de Wood impacta y que por eso es importante e incuestionable, que su desarrollo empático logra una denuncia hacia la intolerancia. Como podremos ver, la película fue recibida tal cual y como Wood quería que se fuera leída.

5. La tan valorada representación de la mugre del Chile actual, con la brillantez y sutileza de ralentis estilizados, paradójicamente vuelve a la película una expresión material cargada de un peso discursivo importante. Ni Vincere ni Buongiorno, Notte de Marco Bellocchio sufrían de este problema, acaso porque en su personalización de la política había algo mucho más verdadero que en un movimiento de cámara. No hace falta dar muchas vueltas al respecto para entender que la tan celebrada imagen del Chile actual despersonaliza el relato. Entenderá bien el lector que cuando algo se despersonaliza lo que emerge es, precisamente, la cara verdadera del discurso, la idea sociológica antes que la experiencia cinematográfica.

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6. Araña no es Tierra Arrasada, claro que no. Pero si la ficción de Wood parece querer ocultar el discurso, por sus rendijas -provocadas por una falta de conciencia cinematográfica- se le escapa toda la salsa. O quizás la intención haya sido siempre la de querer querer ocultar el discurso a medias, para que ni el más ingenuo descrea de la pose biempenesante de su autor. Con su crítica al fascismo, como debe ser, coincido. Pero, como alguna vez señaló Angel Faretta en los años 80, muy atinadamente por cierto, aquellos que tratan de decirnos lo que ya sabemos como si fuera genial es a quienes más tenemos que temer.

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