Astrogauchos 
Argentina, 2019, 78′
Dirigida por Matías Szulanski
Con Ezequiel Tronconi, Laura Laprida, Alberto Suárez, María Eugenia Rigón, Alejandro Jovic, Débora Nishimoto y Verónica Intile.

Industria nacional

Por Carla Leonardi

La voz en over nos sitúa. El director de Asuntos Aeroespaciales de la Universidad de Buenos Aires, el astro-físico Emilio Castillo fue invitado a un programa de televisión en el año 1966, donde planteó que Argentina tiene potencial para ser una potencia en la conquista del espacio, capaz de lograr la llegada del hombre a la luna antes que Estados Unidos y que se debería crear un Ministerio especial conducido por él mismo para cumplir con ese objetivo. Este es el comienzo de Astrogauchos (2019), ficción en clave de comedia y sátira del realizador argentino Matías Szulanski. Estructurada narrativamente en tres capítulos y un epílogo, que siguen una temporalidad lineal desde el año 1966 al 1969 en plena dictadura del General Onganía, la película construye un código, que es el de la sátira, que siempre ha sido un arma adecuada para el humor político.

En el Capitulo 1, la esposa de su mejor amigo oficia de contacto para que el joven físico Emilio Castillo (Ezequiel Tronconi) presente ante las autoridades su proyecto espacial y para ello creen el Ministerio de Asuntos Aereoespaciales. Desde el momento en que reciba la llamada telefónica ratificando su propuesta, aunque con la condición de que sea vice-ministro, -quedando como ministro un burócrata pariente del dictador- la puesta en escena identifica a Emilio con el color rojo de la pasión tanto en la vertiente de quien lleva adelante la acción (con sus dudas y sus insistencias por ver avanzar el proyecto en el que depositó tantos años de trabajo) como en la del héroe solitario que sufre diversas traiciones a lo largo de ese derrotero. Esta primera parte estéticamente recrea el clima de la época desde el vestuario, las locaciones y la música retro, y está narrada empleando los recursos del noir (luces focalizadas, claro-oscuros, humo de cigarrillo), capturando la atmósfera de lo turbio de aquellos años de dictadura, como así también el clima de espionaje en materia aeroespacial en el contexto de guerra fría. 

La frustración en sus ambiciones sumerge a Emilio en el alcohol y a la par observamos los esfuerzos de Laura (Laura Laprida), su esposa, por reconfortarlo y rescatarlo con cuidados de tipo maternal. Aquí es interesante el paralelo entre los planos detalles con montaje acelerado y reiterado del preparado del jugos de naranja por parte de Laura y de las sucesivas rondas de alcohol pedidas al barista, dando cuenta del carácter rutinario de estas situaciones en la vida de Emilio. Será Damián, su mejor amigo, entonces, quien lo convenza de aceptar el proyecto. Aquí tanto el duelo en el frontón como el dueto de instrumentos realizados con las mismas raquetas y sus voces, anticipa una rivalidad masculina por ver quién es más macho en la disputa por una mujer. 

El capítulo 2 dará cuenta de todo el aparato de burocracia y de propaganda. Acá los colores del vestuario se vuelven más estridentes y el clima es cada vez más estrambótico y kafkiano, no casualmente evocando el estilo de Wes Anderson. Emilio es el viceministro de Asuntos Aeroespaciales y dirige desde el exterior la construcción de un cohete, porque la militarización no le permite entrar al depósito donde se estaría materializando. Se multiplican secretarias, empleados preocupados por el asado y ascensoristas ociosos. Nada parece estar avanzando. El plano que lo sitúa caminando sobre el piso ajedrez del ministerio da cuenta del científico encerrado en su propio laberinto, como un peón insignificante que se puede utilizar, pero del cual se puede prescindir en cualquier momento. El encuentro de Emilio con Luis (Alberto Suárez), el ministro de Asuntos Aeroespaciales, da cuenta para el espectador de la farsa y del encierro de la rata en su propia trampa. Los fondos se invierten en historietas y películas donde los gauchos luchan contra los salvajes paraguayos del espacio como propaganda de una Argentina unida contra el invasor extranjero (siendo aquí el Martín Fierro la referencia al ser nacional) a la vez que industrializada, potente y victoriosa, al fundarse en los mitos nacionales. Pero al mismo tiempo el proyecto es fuente de lucro para la estafa a través de fantásticos emprendimientos inmobiliarios en la luna. 

En cuanto a la relación con su esposa, los planos que no respetan la frontalidad y resultan incómodos para el espectador, dan cuenta del desencuentro en este vínculo. Desconcentrado por sus preocupaciones laborales, Emilio no puede acabar al tener relaciones con Laura y quiere situarla como una compañía en su trabajo, despojándola de su actividad como contadora. La mujer es situada con carácter maternal y también como la muñeca callada y quieta que lo acompaña. En tanto muñeca, es mucho más posible de controlar, que bancarla con sus propias aspiraciones y deseos. El mundo teórico e ideal en el que vive Emilio, lo aleja de la carnalidad con Laura. Su impotencia para sostener a una mujer, se cifra también en el parche en el ojo de Laura. Marcarla en el cuerpo es castrarla. Este acto da cuenta del horror a lo femenino y de la operación de convertir a la mujer en madre, en muñeca de compañía o en incapacitada. Emilio dirá que la lesión en el ojo fue accidental pero Laura se lo hará pagar. En este punto, Laura es un personaje que evoca a Elle Driver en Kill Bill de Tarantino, lo cual anticipa sus artes como conductora en la relación, en vez de la mosquita muerta en la que se la intenta transformar.  

La encerrona trágica del protagonista se hace evidente cuando Emilio tenga que presentar públicamente un prototipo de cohete con un deadline de dos semanas. Para colmo, en caso de fracaso, le esperará la cárcel. En esta situación estresante, el realizador inserta una secuencia onírica en blanco y negro donde el resto diurno de la película de propaganda que le contara Luis, se entremezcla con sus profundos temores inconscientes. En ese momento onírico las extraterrestres salvajes guaraníes, lo seducen sin límite alguno, siendo capaces de matarlo, cortandole la cabeza con un hacha. Esta secuencia da cuenta de la angustia de pérdida, tanto frente a una mujer, como frente a la maquinaria burocrática y totalitaria, que no deja títere con cabeza. Pero al mismo tiempo se vincula con el final, dando cuenta de las teorías del artificio fílmico del alunizaje. 

En Astrogauchos, Matías Szulanski se anima a transitar desde la sátira y el humor inteligente, apoyado en el absurdo, cuestiones vinculadas a las políticas de Estado en materia económica. Por eso pone en juego el escabroso juego de poder entre la dictadura militar, que derrocha con fines de propaganda, y la pata cívica de los capitales privados de la oligarquía, antes ganadera, y que ahora apunta al desarrollo industrial. En medio de ellos es el científico queda posicionado como el perejil, como un simple peón en un tablero de ajedrez, que no podrá aspirar ni siquiera a redención alguna. Se hace evidente, que esto funciona como comentario al escaso reconocimiento que tienen los científicos en nuestro país y a la relación entre proyecto de país con respecto a las pregnantes ideas acerca del ser nacional. Lo más perturbador es que la mayor parte de estas ideas trasciende la época puntual en que se ancla la película.

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