Bacurau 
Brasil-Francia, 2018, 132′
Dirigida por Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles.
Con Sonia Braga, Udo Kier, Barbara Colen, Jonny Mars, Chris Doubek y Karine Teles.

Las cosas por su nombre

Por Federico Karstulovich


Cuánto tiempo más llevará para que el progresismo cinéfilo deje de forzar al cine de John Carpenter a decir cosas que no dice? Lamentablemente esta actitud de apropiación no sucede con el director de Sobreviven (la peor entendida de todas sus películas) sino que se extiende al vasto mundo del buenismo en el que los malos son malísimos, los buenos son buenísimos, la opresión siempre proviene del mismo lado del espectro político y los oprimidos siempre se reconocen en el opuesto. Como si de Griffith y Eisenstein para acá el cine no hubiera hecho otra cosa que construir oposiciones binarias. Prueben sino leer las delirantes conspiranoias marxistas que se han escrito en torno a Parasite recientemente y podrán confirmar lo que digo. Lo de Carpenter, por su parte, es particularmente irritante porque se trata de un director que históricamente a sabido dinamitar las diversas formas que tiene el poder de manifestarse, lo que lo acerca mucho más a una suerte de nihilista antes que a un progresista tradicional. Ni siquiera el marxismo que Slavov Zizek le adjudica en sus escritos y películas. Nada más lejano que la productiva revolucionaria del mundo marxista que el deprecio uniforme hacia todas las formas de poder más o menos consolidado en los films de Carpenter.

Pero…por qué estamos hablando de JC si la película que nos convoca es Bacurau? Entre otras cosas porque el largometraje de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles cumple con todos y los lugares comunes del forzamiento carpenteriano, a tal punto que he leído a críticos y cinéfilos convencidos de que estábamos frente a una fábula carpenteriana por excelencia. Y no, no solo no estamos frente a Fantasmas de Marte, ni a La cosa, ni frente a Sobreviven ni frente a Fuga de Nueva York. En todas y cada una de ellas, el poder es algo a develar, pero no es una verdad detentada. El artefacto revelador de la fascinación con el poder es lo que lo pone al desnudo. En el cine de aquel director, por lo tanto, el poder no es algo estable, unívoco ni pasible de una simple lectura ideológica. Por eso en Carpenter la violencia no se justifica jamás, sino que se la describe como aparato de resistencia frente a las opresiones de turno. Al mismo tiempo, en el cine de este director, la violencia es también un paliativo que puede terminar volviéndose en contra. El pacifismo en Carpenter es un humanismo, por eso no es raro ver que el resultado de la violencia siempre está cargado de melancolía, de tristeza y algo de resignación por la fascinación que ejerce la sangre.

Bacurau, desde esta perspectiva, amén de su ejercicio antropofágico de poner los ejes temporales en trance pero también las influencias culturales -que gusta mucho, porque mal entendido la atropofagia simula un discurso multicultural cool-, no podría estar más lejos de Carpenter. Por sus alegorías de manual? Bueno, algo de esto ya estaba en Glauber Rocha, es cierto, pero era el mismo Rocha quien subvertía la linealidad de lectura para llevar el asunto a otros terrenos bastante más problemáticos que una relación de doble entrada entre opresor y oprimidos. Por su uso lúdico de los géneros? Hasta cierto punto lo de lúdico. Porque si algo hace la película con esos géneros que atraviesa (algo del cine de aventuras, algo de terror, algo de western) es convertirlos en un material transparente, haciéndoles perder la opacidad. Y con su transparencia, perdemos matices. El pacto narrativo desde donde arranca Bacurau coquetea con esa vanguardia del sertao que alguna vez supo valerse de los géneros para (des)narrar los mitos locales. Pero lamentablemente se queda en los aspectos más elementales de la contraposición entre invasores-invadidos para sostener una suerte de fábula menor sobre el colonialismo, la entrega de parte de los gobernantes hasta las demandas de las potencias extranjeras y varios lugares comunes más que harían poner colorado al mismo Althusser. Y es que, acaso el mayor problema de todo esto, es que Bacurau se toma muy en serio a si misma. No hay en ella la menor fiesta, el menor sentido del humor o goce que tiene el gore, que aparece al finalizar, casi, como con cierta vergüenza. No, en Bacurau cuando hay fiesta es siempre en función de su irrespirable alegoría, que dicho sea de paso, retrasa 150 años y construye una perspectiva nefasta para la representación del latiinoamericanismo, precisamente porque achata de manera brutal cualquier tentativa de problematización (si bien hay algo de crítica solapada al goce violento de los vengadores, también hay una celebración de esa violencia al construir en héroes locales a visibles asesinos, como lo muestran las pantallas de televisión que consumen los lugareños).

La fiesta de la sangre, entonces, no es liberadora, sino que es culposa, maniquea, pobre, idealista. Curiosa paradoja la que presenta una película que se muestra visiblemente material, como si en el fondo el mundo representado fuera lo que menos le interesa, como si los géneros utilizados fueran solamente eso, un disfraz para la ocasión. Porque en definitiva ese parece ser el recurso con el que los géneros son vistos hoy en el cine de festival (Bacurau cumple con esa categoría): como un material subalterno capaz de hacer hablar al mundo de las ideas, no como un mundo autónomo. Como si el mundo ya hubiera nacido y muerto con todas las respuestas encima. Y lo único que faltara fuera alegorizar sus tensiones de clase para volverlas material explotable, for export. Lo peor de esta película es que, como siempre sucede, todo retorna. Y por algún extraño motivo, las alegorías sociológicas de manual están a la orden del día. Por eso gusta Bacurau, si, pero por eso también se entiende tan mal a Parasite o al mismo Carpenter. La revolución será domesticada, nunca libre.

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