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Tiempo de lectura: 4 minutosBernarda es la patria

Carla Leonardi

Bernarda es la patria 
Argentina, 2020, 72′
Dirigida por Diego Schipani
Con Willy Lemos, Verónica Llinás, Fernando Noy

Yo es otro

Por Carla Leonardi

El prólogo nos presenta pequeños recortes de testimonios en plano fijo de las vivencias de algunos de los protagonistas y asiduos participantes de la movida under del transformismo en la primera parte de los años 80, que tuvo su epicentro en el Parakultural y que continuaría en Cemento. Se dibuja así un panorama de temáticas como el rechazo o la negación de las sexualidades disidentes a la heteronormativa en el seno de las familias mas tradicionales,  la represión social sufrida por las diversidades sexuales (aún en democracia) y, finalmente, la creatividad liberadora a través de la teatralidad, el acto performativo.

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Bernarda es la Patria, cuarto largometraje del realizador argentino Diego Schipani -coproducido junto a Albertina Carri, quien también participó del guión-, es un documental que bascula entre el experimento y el ensayo, entre el pastiche y el collage. Así desde la fragmentación del comienzo, poco a poco se van componiendo y entretejiendo tres lineas narrativas: el rescate testimonial de la escena transformista under en los años 80, las experiencias personales en torno al trauma de la sexualidad y el backstage previo al montaje de una nueva versión, en clave queer, de La casa de Bernarda Alba (Federico García Lorca, 1936) en el Teatro Margarita Xirgú. El centro magnético en torno al cual orbitan y se reúnen estas tramas es la magnética figura de Willy Lemos. 

Actor, coach de actores, artista carismático como pocos, a lo largo del documental Lemos interpreta y fluye entre diversos roles. Willy relata sus experiencias de abuso infantil intrafamiliar, recorre los recuerdos de los duros inicios de su carrera (que se evocan también mediante fragmentos de material en VHS y fotografías de archivo) y mientras tanto, se transforma en mujer a partir del vestuario y el maquillaje tras bambalinas. Es espectador y asesor (junto a Verónica Llinás y Fernando Noy) de las audiciones para a los personajes de la obra teatral  y a la vez le pone cuerpo de manera desgarradora al papel de la tiránica Bernarda. Esta transmutación permanente, que le no fija a un estereotipo vinculado a la apariencia biológica o a las costumbres del género, es ya una toma de posición política que apunta a romper con el binarismo esencialista en materia de sexo. 

La película encuentra todas sus resonancias poéticas a partir del contraste entre el pasado y el presente, que confluyen en la nueva versión del clásico de Lorca que ensaya Lemos. La gran Willy, mutando en Bernarda, pasa la letra en una sala de máquinas, delante de un cartel que dice “Hombres trabajando”, delante de una iglesia y en el hoy estacionamiento que fuera en otro tiempo el memorable Cemento, con todo su histrionismo e irreverente desparpajo. 

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Es claro que en el contexto de este documental que parte de evocar a las drag queens del under de los 80, la elección de Lorca y de esa obra en particular no es casual. Censurado y asesinado por el franquismo debido a su homosexualidad, Lorca se convierte en símbolo capaz de evocar la persecución y represión de las sexualidades disidentes por parte de la policía en nuestro país, tanto durante el proceso como durante los primeros años de democracia. 

Al mismo tiempo, La casa de Bernarda Alba no es una obra cualquiera, ya que retrata la España tradicional de raigambre fuertemente patriarcal. Asumiendo el lugar de mando que ocupaba antes el esposo (ahora fallecido), Bernarda impone a su hijas un estricto luto de 8 años durante el cual las confina a tareas de costura. La obra se juega en medio de la tensión entre el encierro y la censura hacia el deseo femenino y los anhelos profundos de libertad. La poética del documental logra actualizar ese interjuego de fuerzas encontradas tanto en la evocación de los años 80 como en el presente. 

En la primera parte de los ochenta, en el marco de una sociedad patriarcal que rechazaba lo femenino que tanto horror produce (no sólo el que puede encarnar una mujer sino también los aspectos femeninos que pueda encarnar un hombre), en el marco de la primera liberación que supuso el advenimiento de la democracia (donde la segregación de las minorías continuaba presente por el pánico a la llamada “Peste rosa”), nada más lógico que el “como si” teatral que ofrecía la clandestinidad del under, apropiado resquicio catártico donde poder manifestar libremente aquella subversión de los sexos que debía permanecer oculta en la vida pública. Aquí se hace evidente entonces, el valor de rescatar a la movida under ochentosa al ser un digno bastión de resistencia a la opresión patriarcal.  

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Por otra parte, con respecto a la historia de abuso padecida en la infancia, Willy Lemos dice “lo femenino me salvó la vida”, en contraposición al destino de su hermana de quien nos dice que está internada en un psiquiátrico. En la relación entre sexo, goce y performatividad es donde el teatro adquiere la potencia política: una mirada otra de lo femenino y de las diversidades sexuales propuesta como solución singular antes que como estigma injuriante. 

Obviamente los avances en materia de derechos de las diversidades sexuales -al menos si miramos en retrospectiva hacia la época de Lorca o de los años ochenta- han sido muchos. Rescatar la historia tiene entonces un doble valor. Por un lado, visibilizar que somos efectos y deudores de una historia. Si hoy se puede representar una obra teatral que rompa el binarismo de los géneros sin provocar grandes escándalos nada de esto hubiera sido posible sin la lucha de muchos otres (que hoy ya no están), que tuvieron la valentía de ser fieles a si mismo es contextos mucho más adversos. 
Por otro lado el mero hecho de repasar la historia permite dar cuenta de aquello que todavía falta recorrer. Al día de hoy, persiste el rechazo y la segregación hacia el colectivo LGTTBQ+ en diversos ámbitos. Al día de hoy, siguen siendo objeto de burla y escarnio y en la mayor parte de los casos continúan confinados en el ámbito de la prostitución o reducidos al mundo del espectáculo, sin poder desarrollarse plenamente como sujetos en sociedad. Bernarda es la patria, entonces, no se reduce al mero homenaje nostálgico, sino que afirma con convicción que la lucha por defender la otredad continúa.

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