Breve historia del planeta verde 
Argentina-Alemania-Brasil-España, 2019, 75′
Dirigida por Santiago Loza.
Con Romina Escobar, Paula Grinszpan, Luis Sodá, Elvira Onetto, Anabella Bacigalupo y Léo Kildare Louback.

Los otros

Por Carla Leonardi

Despiertan los tres protagonistas, a los cuales la cámara sigue en su cotidianidad. Se trata de personajes solitarios y singulares, como tantos que habitan la gran ciudad, pero a la vez hermanados en esta presentación. Por un lado Tania (Romina Escobar), una chica trans, trabajadora sexual, que se despierta con su desavillé de seda rosa y un antifaz para dormir con estampado de la parte de los ojos de una criatura entre animal y extraña. Por otro Daniela (Paula Grinszpan), una joven de aire melancólico, como lo refleja su ambiente de tono azul y su mirada lánguida, que aún está soltera y sin hijos. Por último, Pedro (Luis Sodá), un joven que goza al ritmo de la música durante las noches y sobre el cual no sabemos mucho más.

La película de Loza no escatima referencias sobre la idea periférica de su película, acaso algo que a esta altura ya es histórico dentro del fantástico: la operatoria de pensar a cualquier alteridad a lo humano como perfecta parábola de otras alteridades a la norma cis-hetero-masculina. Si, como se imaginarán, los tres protagonistas claramente rompen con los estereotipos culturales tradicionales del deber ser de un hombre y una mujer: Tania trascendiendo su cuerpo biológico masculino y asumiendo una identidad de género como mujer, Daniela, rompiendo con el formato clásico de mujer pensado en relación a un hombre y a un hijo y Pedro, con el hombre interesado por una mujer, en tanto encuentra una voluptuosidad multiforme en la danza, en ese borde donde la música se vuelve cuerpo y materialidad.
Si, los tres dan cuenta de diversas encarnaciones del goce de la alteridad, ese que trasciende los límites de la normativa dominante. Quien da cuenta del estereotipo del goce tradicional, dominante, es la pareja de Tania, quien le sigue rondando, y hasta acosando, a pesar de que ella le ha puesto todos y cada uno de los límites necesarios. Esa figura no está ahí porque si, sino que supone el perfecto (y necesario para la película también) contrapunto a la alteridad mencionada previamente.  

En algún momento Tania recibe un llamado que le informa de la muerte de su abuela. Sus dos amigos de la infancia la acompañan hasta el pueblo donde vivía la anciana. Allí los recibe quien fuera la cuidadora y casera de la abuela en sus últimos años, los del deterioro físico previo a la muerte. Concluida ya su tarea, la señora los hará pasar al sótano de la casa. Es allí donde se revelará el maravilloso secreto oculto de la abuela: un extraterrestre frezado, quien fuera su compañía durante toda la vida y a quien supo cuidar y criar con la misma dedicación con la que lo hizo con su nieta. De ahí en más Tania asume una deuda: cumplir con la ultima voluntad de su abuela y llevar a la criatura extraña y debilitada al lugar donde la encontró.

Lo interesante es que frente a este punto de partida, particularmente con el relato que hace la cuidadora de los días que la abuela pasó con el extraterrestre, Loza no opta por el recurso al flashback tradicional. Ese pasado se articula a partir de un registro de fotografías en blanco y negro, que capturan diversos momentos compartidos. Esta decisión, al emplear el blanco y negro y el estatismo de la fotografía, congela el tiempo. Eso es el pasado, desde ya. Pero a la vez ese extraterrestre no deja de interpelar al presente, por eso la figura en si misma termina resultando apta para restituirnos a la idea de alteridad que planteábamos al inicio. De ahí que el modo en el que el director construye esa irrupción tiene mucho más de proceso de revisión de modos de representación cultural antes que de exposición de un anatema (de hecho en el presente la corrección política prácticamente no habilita esa posibilidad de representación: hoy hasta el cine más mainstream construye la alteridad como ventaja y no como expulsión)

Haciéndose cargo del ultimo deseo de la abuela,  los tres amigos reúnen provisiones, colocan al extraterrestre en una valija con hielo y se adentran entonces en un viaje maravilloso, que trasformará sus vidas para siempre. Al mismo tiempo el viaje no deja de tener algo de producción en pequeña escala de un imaginario de cierto cine de los ochentas, como si se tratara de una versión lo-fi de modos de representación que reconocemos en películas como E.T. (Steven Spielberg, 1982) o Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986).  A su vez nos conmociona, con la insensibilidad, la soledad e incomprensión que experimentan los protagonistas por parte del entorno social, como lo evidencian las risas y las miradas de desprecio de los hombres que los vean llegar en los distintos puntos de paraje y más plenamente en la golpiza a Pedro, cuando baile sumido en un trance en el bar (pero también en el cruel acontecimiento de la infancia del robo, desnudo y quema de las muñecas con las que jugaban los tres, por parte de otros chicos de la escuela).

Resulta inevitable, a partir de cierto punto, no hacer evidente el plan de Loza, quien no cesa de remarcarlo: en todo momento se produce un constante cuestionamiento a la idea tradicional de una virilidad de tipo machista que se asocia y se sustenta en la violencia sobre cualquier persona vulnerable, pero en particular aquella que ostente alguna diferencia ya sea por su condición sexual, física o identitaria. Por eso resulta emocionante el momento en el que los protagonistas invocan los versos del poema ¡Piu Avanti! de Almafuerte, como grito de guerra para doblegar la maldad del mundo. En definitiva, no por previsible menos emocionante es ese saber que descubren los protagonistas (y también los espectadores), que termina siendo el saldo final de este recorrido iniciático. 

Al avanzar en el viaje a pie, Tania comienza a experimentar dolores intensos e intermitentes, mientras que la criatura extraterrestre en principio moribunda poco a poco va a cobrando cierta energía y vitalidad. Cuando lleguen al final del recorrido un halo mágico de luz lo envolverá junto a Tania, elevándolos en el aire. La alegoría no se hace esperar en Loza y retorna, como para recordarnos dónde estamos parados. Así y todo, más allá de las claras alusiones a la comunidad LGTB, que se expresan en los colores que evocan la bandera que la identifica, la película de Loza tiene la virtud de transcender esta única lectura. Y quizás esa universalidad sea precisamente la que evite la chatura de la interpretación unidireccional. Al fin y al cabo es cuestión de hacerse una pregunta: quién no se ha sentido alguna vez el raro, el incomprendido, el olvidado o el débil?

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